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La Pasión de Cristo en TV Abierta

6952 palabras

La Pasión de Cristo en TV Abierta

Era una noche de Semana Santa en el DF, de esas que el calor se pega a la piel como un amante pegajoso. Marco y yo, Sofía, nos echamos en el sillón del depa, con el ventilador zumbando como un moscardón loco. La tele abierta sintonizada en La Pasión de Cristo, esa película que pasa cada año y que todos ven aunque finjan que no. El volumen bajo, pero las imágenes crudas se colaban en el aire denso. Jesús azotado, sudando sangre, los ojos llenos de un dolor que ardía. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, no por la fe, sino por algo más carnal, más prohibido.

Marco, mi carnalote desde hace dos años, se recargó en mí, su mano grande posada en mi muslo desnudo bajo la falda corta. Olía a su colonia barata mezclada con el sudor fresco de la tarde. ¿Por qué carajos esta película siempre me prende? pensé, mientras veía a María Magdalena llorar al pie de la cruz. Su devoción, ese amor inquebrantable, me hacía imaginar otras pasiones, las que se desatan en la oscuridad.

—Neta, Sofi, esta película es bien intensa, ¿no? —murmuró Marco, su aliento caliente en mi oreja, rozando el lóbulo con los labios.

—Sí, wey, me pone... no sé, ansiosa —respondí, girando la cara para mirarlo. Sus ojos cafés brillaban con la luz parpadeante de la tele. La escena de la flagelación retumbaba, los latigazos sonando como truenos secos. Mi piel se erizó, y no era por el fresco artificial del ventilador.

Acto primero: la chispa. Su mano subió un poquito más, dedos juguetones trazando círculos en mi piel suave. Yo apreté las piernas, sintiendo el calor subir desde el vientre. En la pantalla, Cristo cargaba la cruz, tambaleándose, músculos tensos bajo la sangre. Marco me jaló más cerca, su pecho firme contra mi espalda. Olía a hombre, a deseo contenido.

¿Y si esta noche pecamos como en la película? Solo que con placer en vez de dolor.
Mi mente volaba, imaginando su cuerpo sobre el mío, pesado, entregado.

La tensión crecía despacio, como el calor de un comal encendido. Besé su cuello, saboreando la sal de su piel. Él gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. La TV abierta seguía con La Pasión de Cristo, ahora Poncio Pilatos lavándose las manos, pero nosotros ya estábamos en otra estación. Sus labios encontraron los míos, beso lento al principio, lenguas danzando como en un tango callejero. Manos explorando: la mía bajo su playera, sintiendo los abdominales duros, el vello áspero que me raspaba las yemas. Él desabrochó un botón de mi blusa, exponiendo el encaje negro de mi brasier.

—Estás rica, nena —susurró, voz grave, mientras lamía mi clavícula. El sabor de su saliva tibia me hizo arquear la espalda. Afuera, el ruido de la ciudad: cláxones lejanos, un perro ladrando, pero adentro solo existíamos nosotros y el zumbido de la tele.

Me volteó sobre el sillón, su peso delicioso aprisionándome. Quitó mi falda con prisa juguetona, riendo cuando se enganchó en mis caderas. Yo lo ayudé, patadas impacientes. Desnuda de la cintura para abajo, sentí el aire fresco en mi sexo húmedo, palpitante. Él se arrodilló entre mis piernas, ojos fijos en mí como si yo fuera su diosa. Esto es mejor que cualquier pasión santa, pensé, mientras sus dedos separaban mis labios, rozando el clítoris hinchado. Un jadeo se me escapó, alto, ahogado por el sonido de los clavos en la cruz en la pantalla.

Acto segundo: la escalada. Marco lamió despacio, lengua plana y caliente recorriendo mi humedad. Sabía a mí, a excitación pura, ese sabor almizclado que lo volvía loco. Gemí, agarrando su cabello negro revuelto, tirando suave. La Pasión de Cristo en TV abierta era el fondo perfecto, el sufrimiento ajeno contrastando con nuestro placer egoísta. Él metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Mi cadera se movía sola, follándome su boca, sus dedos. El olor a sexo llenaba el aire, mezclado con el popote de palomitas olvidado en la mesa.

—Más, cabrón, no pares —supliqué, voz entrecortada. Él levantó la vista, sonrisa pícara, barbilla brillante.

—Te encanta sufrir un poquito, ¿verdad, Sofi? Como en la peli.

Reí, pero el riso se convirtió en un grito cuando aceleró. Mis paredes se contraían, el orgasmo acechando como una tormenta. Lo empujé, queriendo más, queriendo todo. Se quitó la ropa rápido, polla dura saltando libre, venosa, lista. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, pre-semen goteando. La acerqué a mi boca, saboreándola: salada, masculina. Chupé la cabeza, lengua girando, mientras él gruñía, manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras.

La intensidad subía. En la tele, Jesús en la cruz, gritando "¡Padre, perdónalos!". Nosotros gritábamos placer. Marco me penetró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Dios mío! pensé, no en oración, sino en éxtasis. Ritmo lento al principio, embestidas profundas que me hacían sentir cada centímetro. Sudor goteando de su frente a mi pecho, resbaloso, caliente. Sonidos: piel contra piel, chapoteos húmedos, nuestros jadeos sincronizados con los latidos de mi corazón desbocado.

—Te sientes chingona, tan apretada —jadeó él, acelerando. Yo clavé uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mi territorio. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis nalgas, guiándome, azotando suave. El sillón crujía, la tele parpadeaba olvidada. Olía a nosotros, a sexo crudo, a pasión desatada. Mi clítoris rozaba su pubis, chispas de placer cada vaivén.

Esto es mi cruz, mi pasión, y no quiero perdón.

El clímax se acercaba, tensión en espiral. Él se sentó, yo envuelta en sus brazos, besándonos feroz mientras follábamos. Sus bolas apretadas contra mí, señal de su propia liberación. Grité primero, orgasmo rompiéndome en olas, contracciones ordeñándolo. Él siguió dos embestidas más, rugiendo mi nombre, caliente dentro de mí, llenándome.

Acto tercero: el descendimiento al paraíso. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. La tele aún murmuraba el final de La Pasión de Cristo, resurrección lejana. Marco me acarició el cabello, besos tiernos en la sien. Sudor secándose, piel pegajosa uniéndonos. Saboreé el beso post-sexo, suave, con regusto a nosotros.

—Neta, Sofi, cada Semana Santa contigo es mejor que la anterior —dijo, riendo bajito.

—Sí, wey, La Pasión de Cristo en TV abierta siempre nos prende el mood —contesté, acurrucándome. Sentí su semen escurrir, recordatorio cálido. Afuera, la noche mexicana seguía su ritmo: mariachis lejanos, risas de vecinos. Adentro, paz satisfecha, cuerpos saciados. Esto es resucitar, pensé, mientras el sueño nos envolvía, listos para más pasiones terrenales.

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