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La Pasion de Cristo 2 Padre de Familia

6897 palabras

La Pasion de Cristo 2 Padre de Familia

Pedro era el típico padre de familia mexicano de barrio fino en la colonia Roma, con su casa de dos pisos, jardín bien podado y un trabajo estable en una empresa de publicidad. A sus cuarenta y dos años, todavía conservaba ese porte atlético de cuando jugaba futbol en la uni, pero la rutina del matrimonio con Isabella lo había enfriado un poco. Isabella, su esposa de treinta y ocho, era una morra de esas que quitan el hipo: curvas pronunciadas, piel morena como chocolate, ojos negros que prometían travesuras y un culo que ni en sueños se le olvidaba. Tenían dos chavos ya grandes, estudiando en la uni, así que las noches eran suyas.

Esa noche de viernes, después de una cena con tacos al pastor que olían a gloria —ese aroma ahumado del trompo que les traía el taquero de la esquina—, se recargaron en el sofá de la sala. El aire estaba cargado de jazmín del jardín y un toque de tequila reposado que Pedro acababa de servir. Isabella se acurrucó contra él, su mano rozando su muslo con esa caricia casual que siempre le erizaba la piel.

Órale, carnal, esta noche quiero que seas mi Cristo resucitado, pensó Pedro, recordando esa película que tanto le gustaba, La Pasion de Cristo. Pero en su mente retorcida, ya imaginaba una secuela bien cabrona.

Neta, Pedro, ¿te acuerdas de La Pasion de Cristo? —dijo ella con voz ronca, mordiéndose el labio—. Pues yo quiero la parte dos, pero contigo como el padre de familia que me salva con su... pasión.

Pedro sintió un cosquilleo en la verga, que se empezó a poner dura al instante. El corazón le latía fuerte, como tamborazo en una fiesta. La miró, oliendo su perfume de vainilla mezclado con el calor de su cuerpo. —¿Qué wey? —rió él, pero su voz salió entrecortada—. ¿Quieres que te haga sufrir como en la película?

—No, pendejo —susurró ella, trepándose a horcajadas sobre sus piernas—. Quiero que me hagas gozar como si fueras mi dios personal. La Pasion de Cristo 2 Padre de Familia, así le vamos a llamar a esta noche.

El beso que siguió fue como un rayo. Sus labios se devoraron, lenguas enredadas con sabor a tequila y salsa picante. Pedro metió las manos bajo su blusa, sintiendo la piel suave y cálida de su espalda, bajando hasta apretar esas nalgas firmes que tanto adoraba. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en su pecho y le aceleró el pulso. El sofá crujió bajo su peso, y el aire se llenó del olor almizclado de su excitación creciente.

Acto primero cerrado, la tensión ya ardía. Pedro la cargó en brazos —fuerte como toro— y la llevó al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La recámara olía a sábanas frescas de lavanda, luz tenue de la lámpara de noche pintando sombras en sus cuerpos.

La tiró suave sobre la cama king size, y se quitó la playera, mostrando el pecho velludo y marcado. Isabella lo miró con hambre, lamiéndose los labios. —Ven, mi rey, mi padre de familia pecador —dijo, quitándose el brasier con un movimiento lento, liberando unos senos pesados, pezones oscuros ya duros como piedras.

Pedro se abalanzó, chupando uno mientras masajeaba el otro. El sabor salado de su piel, el gemido ronco que salía de su garganta —¡Ay, cabrón!—, todo lo volvía loco. Sus manos bajaron a la falda, deslizándola con el tanga, revelando la panocha depilada, ya brillante de jugos. Olía a deseo puro, ese musk dulce que lo mareaba.

Esto es mejor que cualquier película, neta. La Pasion de Cristo 2 con este padre de familia como protagonista, se dijo, mientras su verga palpitaba contra los jeans.

Isabella lo volteó, dominándolo con esa fuerza juguetona que siempre lo sorprendía. Le desabrochó el cinturón, bajando los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. —Mira qué chingona —rió ella, envolviéndola con la mano, masturbándolo lento. El roce era eléctrico, piel contra piel caliente, venas latiendo bajo sus dedos expertos.

Él jadeaba, oliendo su cabello mientras ella bajaba la cabeza. La boca de Isabella era fuego líquido: labios suaves envolviendo la cabeza, lengua girando alrededor, succionando con fuerza. ¡Qué rico, wey! Pedro arqueó la espalda, manos enredadas en su melena negra, el sonido húmedo de chupada llenando la habitación. Su olor, mezcla de sudor y feromonas, lo tenía al borde.

Pero no quería acabar aún. La levantó, besándola con furia, saboreando su propia esencia en su lengua. La puso a cuatro patas, admirando el culo redondo, la raja húmeda invitando. Metió dos dedos, sintiendo el calor apretado, los jugos chorreando por su mano. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo: —¡Métemela ya, pendejo! Hazme tuya como en tu pasión.

La tensión subía como volcán. Pedro se posicionó, la cabeza de su verga rozando los labios hinchados. Empujó lento, centímetro a centímetro, sintiendo cada pliegue apretarlo, el calor envolviéndolo como guante de terciopelo mojado. Isabella gritó de placer, uñas clavadas en las sábanas. Él empezó a bombear, ritmo pausado al principio, piel chocando con palmadas resonantes, sudor perlando sus cuerpos.

Esto es el cielo, carnal, pensó Pedro, viendo cómo sus senos se mecían, oliendo el sexo en el aire denso. Aceleró, bolas golpeando su clítoris, ella masturbándose al mismo tiempo. Los gemidos se volvieron gritos: —¡Más duro, mi Cristo! ¡Fóllame como padre de familia salvaje!

El clímax se acercaba. Pedro sentía las bolas apretadas, el orgasmo bullendo. La volteó boca arriba, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo. Ojos en los ojos, almas conectadas. El sudor goteaba de su frente a sus tetas, salado en su lengua cuando lo lamió. Ella convulsionó primero, panocha contrayéndose en espasmos, chorros calientes empapando las sábanas. —¡Me vengo, cabrón! ¡Sí!

Pedro no aguantó. Empujó una última vez, verga hinchada explotando chorros de leche espesa dentro de ella, gruñendo como bestia. El placer lo cegó, pulsos interminables, cuerpos temblando unidos.

Se derrumbaron, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Isabella lo abrazó, besos suaves ahora, tiernos. El cuarto olía a sexo consumado, sábanas revueltas testigos. Pedro acarició su espalda, sintiendo su respiración calmarse contra su pecho.

Esto fue La Pasion de Cristo 2 Padre de Familia, la mejor secuela de mi vida. Mañana repetimos, neta, pensó, con una sonrisa satisfecha.

Durmieron entrelazados, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches de pasión redentora. Pedro, el padre de familia, había resucitado en brazos de su diosa.

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