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Abismo de Pasion Cap 12

6139 palabras

Abismo de Pasion Cap 12

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de Alejandro brillara como si estuviera untada en miel. Hacía meses que no lo veía, desde que ese pleito tonto nos separó, pero aquí estaba él, de pie en mi sala, con esa camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y esos jeans que le quedaban como pintados. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y neta, el aire se sentía espeso, cargado de ese olor a colonia masculina mezclada con su sudor fresco.

¿Por qué carajos vine? —pensé mientras lo veía quitarse la chamarra—. Porque lo extraño demasiado, wey. Porque este abismo de pasion cap 12 que llevo dentro me está comiendo viva.

Me acerqué despacio, mis sandalias de tacón taconeando suave en el piso de madera. Él me miró con esos ojos cafés intensos, como pozos sin fondo, y sonrió de lado, esa sonrisa pícara que siempre me derretía. "Sofía, mi reina", murmuró, su voz ronca como tequila reposado. Extendió la mano y rozó mi brazo desnudo, enviando chispas por mi piel. Sentí el calor de sus dedos, ásperos por el trabajo en su taller de motos, pero tan gentiles. Mi blusa de tirantes se sentía de pronto demasiado apretada, mis pezones endureciéndose contra la tela fina.

"¿Qué haces aquí, Ale?", le pregunté, fingiendo indiferencia, pero mi voz salió temblorosa, traicionándome. Él se rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho. "Vine a pedirte perdón, carnalita. Y a recordarte lo que nos perdimos". Sus dedos subieron por mi brazo hasta mi cuello, acariciando la curva sensible. Olía a él, a hombre de verdad, a tierra mojada después de lluvia y a deseo puro. Me mordí el labio, sintiendo el pulso acelerado en mi garganta.

Lo empujé suave contra el sofá de piel, pero él me jaló conmigo, cayendo los dos en un enredo de piernas y risas. Sus labios encontraron los míos en un beso que empezó lento, explorando, saboreando el sabor salado de mi gloss de cereza. Su lengua se coló, danzando con la mía, y gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Manos por todos lados: las suyas en mi cintura, amasando mi carne suave; las mías en su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. El roce de su barba incipiente en mi mejilla era delicioso, rasposo y excitante.

Nos separamos jadeantes, mirándonos con pupilas dilatadas. "Te extrañé tanto, Sofi", susurró, su aliento caliente en mi oreja. Bajó la cabeza y besó mi cuello, chupando suave hasta que arqueé la espalda, un ¡ay, wey! escapando de mis labios. Sus manos se metieron bajo mi falda corta, rozando mis muslos internos, tan cerca de mi centro que sentí la humedad crecer entre mis piernas. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco.

Esto es el principio del fin —pensé—, pero qué chingón fin.

Lo desabotoné la camisa con dedos torpes, exponiendo su torso moreno, marcado por tatuajes que contaban historias de su vida callejera pero sin dramas oscuros. Lamí su piel salada, saboreando el sudor fresco, mientras él gemía y me apretaba las nalgas. "Quítate eso, mamacita", gruñó, jalando mi blusa. La tela rasgó un poco, pero qué importaba; quedé en bra de encaje negro, mis tetas heavies subiendo y bajando con cada respiro agitado.

Me levantó en brazos como si no pesara nada —fuerte, mi Ale— y me llevó al cuarto, tirándome en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Se quitó los jeans de un tirón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La miré con hambre, lamiéndome los labios. "Ven acá, pendejo", le dije juguetona, abriendo las piernas. Él se arrodilló entre ellas, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre tembloroso.

Su lengua llegó a mi chocha, separando los labios húmedos con delicadeza. Gemí fuerte cuando lamió mi clítoris, círculos lentos que me hicieron retorcer. "¡Órale, sí!", grité, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. Saboreaba mis jugos, chupando con avidez, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto a mis jadeos. El placer subía como ola, tenso, mi cuerpo arqueándose, piel erizada por el aire acondicionado fresco contrastando con su calor.

Pero no quería correrme aún. Lo jalé arriba, besándolo para probarme en él, salado y dulce. "Fóllame ya, cabrón", le supliqué, guiando su verga a mi entrada. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. "Estás tan chingona, tan apretada", jadeó, empezando a moverse, embestidas lentas que profundizaban el abismo.

Nos volteamos, yo arriba ahora, cabalgándolo como reina. Mis caderas giraban, sintiendo su pinga golpear mi punto G, chispas de placer explotando. Sudor nos cubría, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas. Él amasaba mis tetas, pellizcando pezones duros, y yo rayaba su pecho con uñas, dejando marcas rojas. El olor a sexo impregnaba todo, almizcle y sudor, embriagador. Mis pensamientos eran puro fuego:

Este es nuestro abismo de pasion cap 12, el más profundo, donde nos perdemos para encontrarnos.

La tensión crecía, mis muslos temblando, su respiración entrecortada. "Me vengo, Sofi, neta", gruñó, sus manos clavándose en mis caderas. "¡Conmigo!", grité, acelerando, el orgasmo rompiéndome en olas que me cegaron. Él se tensó debajo, llenándome con chorros calientes, su gemido ronco vibrando en mi piel.

Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono. Su verga aún dentro, suave ahora, pero conectándonos. Besos perezosos, lenguas lentas. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. "No te vayas más", murmuró, acariciando mi espalda húmeda.

Sonreí contra su cuello, saboreando su sal. "Nunca, mi amor. Este abismo es nuestro hogar". El sol se ponía, tiñendo todo de púrpura, y en ese afterglow, supe que abismo de pasion cap 12 era solo el comienzo de algo eterno, lleno de más noches como esta, piel con piel, alma con alma.

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