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El Despertar de la Flor de la Pasion

7244 palabras

El Despertar de la Flor de la Pasion

El sol de mediodía caía a plomo sobre el jardín de la hacienda en las afueras de Morelia, Michoacán, tiñendo de oro las hojas verdes y haciendo que el aire vibrara con el zumbido de las abejas. Tú, con tu vestido ligero de algodón floreado pegándose a la piel por el calor húmedo, caminabas entre los rosales y las bugambilias, buscando un respiro del bullicio de la casa. Hacía años que no volvías a este lugar, la finca de tu familia, pero algo en el aroma terroso y dulce te hacía sentir viva, como si el suelo mismo te susurrara secretos.

De repente, lo viste: un brote exótico que no recordabas, una flor de la pasion que tu abuela solía mencionar en sus cuentos. Sus pétalos rojos intensos, como labios hinchados de deseo, se abrían desafiantes bajo el sol, liberando un perfume embriagador, una mezcla de jazmín salvaje y miel caliente que te invadió las fosas nasales. Te acercaste, inhalando profundo, y un cosquilleo recorrió tu espina dorsal, bajando hasta tu vientre. ¿Qué chingados es esto? pensaste, mientras tus pezones se endurecían contra la tela fina del sostén.

—Órale, güeyita, ¿ya la encontraste? —dijo una voz grave y juguetona a tus espaldas.

Te volviste y ahí estaba Alejandro, el jardinero de la hacienda desde que eras morrita. Alto, moreno, con el pecho ancho marcado por la camiseta sudada que se le pegaba al torso musculoso, y unos ojos negros que brillaban como obsidiana. Llevaba una pala al hombro y una sonrisa pícara que te hizo tragar saliva.

—Alejandro... neta, no te había visto. ¿Esta flor es nueva?

Él se acercó, rozando tu brazo con el dorso de su mano callosa, y el contacto envió una chispa eléctrica por tu piel. —Es la flor de la pasion, carnala. Dicen que solo brota cuando hay fuego en el aire. Mi abuelita juraba que su aroma despierta lo que uno trae guardado bien adentro. ¿Sientes cómo te prende?

Su aliento cálido olía a tabaco y tierra fresca, y tú asentiste, sintiendo el pulso acelerarse entre tus piernas. Habíais jugado de niños entre estos jardines, pero ahora, con treinta años encima, él era un hombre hecho y derecho, y tú una mujer que había dejado atrás un matrimonio fallido en la ciudad. La tensión creció como una tormenta lejana, el zumbido de las abejas mezclándose con el latido de tu corazón.

¿Y si me dejo llevar? Solo una vez, aquí, donde todo empezó. Neta que lo deseo, su cuerpo fuerte contra el mío, sus manos explorándome...

Acto seguido, él tomó una pétalo de la flor y lo rozó contra tu cuello, dejando un rastro húmedo y perfumado. El aroma te mareó, intensificando cada sensación: el roce áspero de su piel, el calor que subía por tus muslos. —Prueba —murmuró, acercando el pétalo a tus labios.

Lo lamiste, y el sabor dulce y picante explotó en tu lengua, como néctar prohibido. Tus ojos se encontraron con los suyos, y sin palabras, sus bocas se unieron en un beso voraz. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, saboreando el pétalo compartido mientras sus manos te ceñían la cintura, atrayéndote contra su dureza evidente bajo los jeans gastados.

El beso se profundizó, tus uñas clavándose en su espalda, el sonido de sus respiraciones jadeantes ahogando el canto de los pájaros. Te apartaste un segundo, mirándolo con ojos nublados de lujuria. —¿Estás seguro, wey? Esto no es un juego de niños.

Él rio bajito, su voz ronca. —Neta que sí, preciosa. Te he visto crecer, pero ahora eres una mujer que me vuelve loco. Dime que pare y paro, pero chíngame si no te mueres por sentirme dentro.

La promesa en sus palabras te empoderó, y tomaste su mano, guiándolo hacia un rincón sombreado bajo un sauce llorón, donde el musgo mullido cubría el suelo como una alfombra natural. Allí, con el perfume de la flor de la pasion aún flotando en el aire, te quitaste el vestido, revelando tu cuerpo desnudo salvo por las bragas de encaje. Él gruñó de aprobación, sus ojos devorándote: los pechos plenos, la curva de tus caderas, el triángulo oscuro entre tus piernas ya húmedo.

—Estás de hija, mamacita —susurró, arrodillándose para besar tu ombligo, bajando lentamente. Sus labios trazaron senderos de fuego por tu vientre, y cuando llegó a tus muslos, los separó con gentileza, inhalando tu aroma almizclado mezclado con el de la flor. Su lengua lamió la tela de las bragas, haciendo que gemieras alto, el sonido reverberando en el jardín vacío.

Te quitó las bragas con dientes, y su boca te encontró, chupando tu clítoris hinchado con maestría. El placer te recorrió como un rayo, tus caderas moviéndose contra su rostro, el sabor salado de tu excitación en su lengua. Sí, así, no pares, cabrón, pensaste, enredando los dedos en su cabello negro y revuelto. Él introdujo dos dedos gruesos, curvándolos dentro de ti, tocando ese punto que te hacía ver estrellas, mientras su pulgar masajeaba tu entrada trasera con delicadeza, preguntando permiso con la mirada. Asentiste, y el doble estímulo te llevó al borde.

Pero querías más. Lo empujaste al suelo, desabrochando sus jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con pre-semen en la punta. La tomaste en tu mano, sintiendo su calor y dureza, y la lamiste desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y masculina. Él jadeó, —¡Puta madre, qué rica chupas! —, y tú lo montaste, guiándolo dentro de ti centímetro a centímetro.

El estiramiento fue exquisito, llenándote por completo, sus pelotas contra tu culo. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes internas, el slap-slap de piel contra piel uniéndose al coro de la naturaleza. Sus manos amasaron tus tetas, pellizcando pezones, mientras tú acelerabas, el sudor perlando vuestros cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

La intensidad creció: él te volteó, poniéndote a cuatro patas, embistiéndote profundo desde atrás, una mano en tu clítoris, la otra en tu pelo tirando suave. —¡Dime que te gusta, mi reina! —gruñó, y tú gritaste, —¡Sí, fóllame más fuerte, Alejandro, no pares!

El orgasmo te golpeó como un tsunami, contrayendo tu coño alrededor de él en espasmos, leche caliente salpicando tus nalgas mientras él se corría dentro, rugiendo tu nombre. Colapsasteis juntos, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono, el perfume de la flor envolviéndoos como una bendición.

Minutos después, yacíais mirando el cielo a través de las ramas, su brazo alrededor de tu cintura, dedos trazando círculos perezosos en tu piel. —Esto fue chingón, ¿verdad? —murmuró él, besando tu hombro.

Tú sonreíste, sintiendo una paz profunda, el deseo saciado pero con un rescoldo prometedor. —Más que chingón, carnal. La flor de la pasion sabía lo que hacía. ¿Volveremos mañana?

Él rio, atrayéndote para otro beso lento. —Todos los días que quieras, mi flor. Aquí, en este jardín, somos libres.

El sol bajaba, tiñendo el cielo de rosa, y tú supiste que habías despertado algo eterno, un fuego que la flor había avivado para siempre.

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