Poemas de Pasion y Seduccion en la Piel
La noche en el DF estaba calientita como un tequila reposado, con ese aire que huele a tacos al pastor y jazmines del Zócalo. Yo, Ana, acababa de salir de mi chamba en una galería de Polanco, con el cuerpo cansado pero el alma pidiéndome algo más vivo. Caminaba por la Reforma cuando vi el cartel: "Noche de Poesía Erótica en el Café La Luna". Órale, pensé, neta que me late la poesía que te eriza la piel. Entré sin pensarlo dos veces.
El lugar estaba a reventar de gente chida, luces tenues y humo de cigarros electrónicos flotando como niebla sensual. Me senté en una mesita al fondo, pedí un mezcal con sal y limón, y esperé. Entonces subió él al escenario. Se llamaba Diego, moreno alto, con ojos que parecían prometer travesuras y una sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas sin querer. Vestía una camisa negra entreabierta, dejando ver un pecho tatuado con versos. Empezó a recitar poemas de pasión y seducción, su voz grave como un ronroneo de jaguar.
Tu piel es verso que quema,
labios que muerden el alma,
enreda mis dedos en tu fuego,
sedúceme hasta el amanecer.
Sus palabras me recorrieron como caricias invisibles. Sentí un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por mis muslos. Neta, este wey sabe cómo meterse en la cabeza... y en otras partes. Al bajar del escenario, nuestras miradas se cruzaron. Me guiñó un ojo y se acercó, con un trago en la mano.
—¿Te gustó? —me dijo, sentándose sin permiso, pero con esa confianza que te hace querer más.
—Sí, carnal, me pusiste la piel de gallina —respondí, mordiéndome el labio—. Esos poemas de pasión y seducción son puro fuego.
Hablamos un rato, de arte, de la ciudad que nunca duerme, de cómo la vida en México te obliga a buscar placer en los detalles. Diego era de Coyoacán, artista freelance, y olía a colonia cara mezclada con sudor fresco. Su risa era contagiosa, y cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba chispas directo a mi centro. ¿Qué pedo, Ana? ¿Ya te traes caliente?, me dije a mí misma, pero no pude evitar invitarlo a mi depa en la Condesa, que estaba cerca.
En el Uber, la tensión era palpable. Su muslo pegado al mío, el silencio cargado de promesas. Llegamos y subimos las escaleras riendo, como si fuéramos viejos amantes. Mi depa era chiquito pero padre, con plantas y velas aromáticas a vainilla. Puse música de Natalia Lafourcade bajita, y saqué una botella de vino tinto.
—Recítame más —le pedí, sentándome en el sillón, cruzando las piernas para que viera el borde de mi falda.
Diego se paró frente a mí, ojos brillando. Empezó otro poema, su voz más íntima, como si hablara solo para mí.
Desnúdate en mis palabras,
deja que mi lengua trace rimas en tu cuello,
pasión que gotea como miel ardiente,
seducción que abre tus flores secretas.
Me quedé sin aliento. El vino sabía dulce en mi boca, pero su mirada era más embriagadora. Se acercó, arrodillándose entre mis piernas, sus manos subiendo por mis pantorrillas. Consiente, Ana, esto es tuyo, pensé, y lo jalé por la camisa para besarlo. Sus labios eran suaves pero firmes, lengua explorando con maestría, saboreando a mezcal y deseo. Gemí bajito cuando mordió mi labio inferior, un ¡ay, wey! escapando de mi garganta.
La cosa escaló rápido pero con calma, como buena salsa mexicana. Lo empujé al sillón y me subí encima, sintiendo su dureza contra mí a través de la tela. Desabotoné su camisa, lamiendo su pecho salado, oliendo su piel masculina que me volvía loca. Está cañón este morro, internalicé mientras él me quitaba la blusa, exponiendo mis senos al aire fresco. Sus manos eran mágicas, pellizcando pezones hasta ponerme jadeante.
—Te quiero toda —murmuró, voz ronca, mientras bajaba mi falda y calzón en un movimiento fluido.
Yo no me quedé atrás. Le desabroché el pantalón, liberando su verga tiesa, gruesa y lista. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que irradiaba. Qué chulada, pensé, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. Diego gruñó, enterrando dedos en mi pelo, pero sin forzar, solo guiando con placer mutuo.
Nos movimos al cuarto, cuerpos enredados, dejando un rastro de ropa. La cama crujió bajo nuestro peso. Él me recostó con gentileza, besando cada centímetro: cuello, senos, ombligo, hasta llegar a mi sexo húmedo. Su lengua era poesía viva, lamiendo pliegues, chupando clítoris con ritmos que me hacían arquear la espalda. ¡Madre mía, no pares! grité, piernas temblando, olores a excitación llenando el aire —mío dulce y almizclado, el suyo terroso.
El build-up fue delicioso. Lo volteé, montándolo despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Suspiré profundo, ajustándome a su tamaño, paredes internas apretándolo. Empecé a mover caderas, lento al principio, círculos que rozaban mi punto G. Diego gemía "¡Qué rico, nena!", manos en mis nalgas guiando el ritmo. Sudor perlando nuestras pieles, slap-slap de carne contra carne, respiraciones entrecortadas como versos rotos.
La intensidad subió. Me clavó desde abajo, embestidas profundas que me hacían ver estrellas. Cambiamos posiciones —de lado, él atrás, cucharita caliente donde podía susurrarme al oído:
Eres mi poema vivo,
pasión que explota en gemidos,
seducción que me ata a ti.
Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió entera, jugos empapando sábanas, grito ahogado en su hombro. Él siguió, prolongando mi placer con dedos en mi clítoris. Luego, con un rugido gutural, se vino dentro, calor inundándome, cuerpos convulsionando juntos. Puro éxtasis.
Quedamos tirados, pegajosos y satisfechos, el ventilador zumbando sobre nosotros. Diego me acarició el pelo, besando mi frente.
—Eres increíble, Ana —dijo, voz suave.
—Tú tampoco estás tan pendejo —bromeé, riendo bajito.
Nos quedamos así, charlando de tonterías, de poemas pendientes, de volver a vernos. La noche mexicana nos envolvió en su abrazo tibio, y supe que esos poemas de pasión y seducción no eran solo palabras: eran el inicio de algo chingón. Me dormí con su brazo alrededor, el corazón latiendo en paz, el cuerpo recordando cada roce.