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Diario de una Pasion Online Latino

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Diario de una Pasion Online Latino

Querido diario, hoy empecé esto que no sé cómo va a terminar pero que ya me tiene con el corazón latiendo a mil. Todo comenzó en esa app de chats latinos, de esas donde la gente busca plática sin compromiso pero que a veces se pone bien intensa. Yo, Ana, 28 años, soltera y harta de las salidas fallidas en la CDMX, me metí por curiosidad. Y ahí estaba él: Marco, un moreno de Guadalajara, 30 tacos, con una foto que mostraba unos ojos cafés profundos y una sonrisa que prometía travesuras. Qué chido, pensé, este wey parece saber lo que hace.

Le mandé un hola casual, de esos que no esperas respuesta, pero el pendejo contestó al tiro. "Hola guapa, ¿qué onda en la capital? Yo aquí en la perla tapatía extrañando calor humano". Neta, su forma de escribir me erizó la piel. Empezamos a platicar de todo: de tacos al pastor versus carnitas, de la neta de la vida en México, y poco a poco la cosa se calentó. Me contó que era emprendedor, que le gustaba el gym y que andaba buscando alguien con quien desahogarse sin dramas. Yo le seguí la corriente, sintiendo un cosquilleo en el estómago cada vez que vibraba mi cel.

Entrada 1: La chispa inicial
Sus palabras me llegan como un susurro caliente al oído. "Imagínate mis manos en tu cintura, Ana, mientras te beso el cuello". Ay, wey, si supieras cómo me mojo solo de leerte. Mañana más.

Los días siguientes fueron puro fuego virtual. Cada noche, antes de dormir, nos conectábamos. Él describía cómo me quitaría la blusa despacito, rozando mis pezones con los dedos hasta ponérmelos duros como piedras. Yo le respondía con detalles de mi cuerpo, de cómo mis caderas se movían solas pensando en su verga tiesa. Olía a mi propio aroma entre las piernas, ese olor dulce y salado que delata lo cachonda que estoy. El sonido de mis dedos tecleando rápido, el pulso acelerado en las sienes, todo se mezclaba en una tensión que no me dejaba pegar ojo.

Una noche, después de una sesión donde me hizo correrme solo con sus instrucciones –"tócate el clítoris despacio, imagina mi lengua ahí, chupándote como a un elote"- , le propuse vernos. "Ven a la CDMX, Marco. Quiero sentirte de verdad". Él no lo pensó dos veces: "En un vuelo, mi reina. Prepárate para que te rompa". El deseo era mutuo, palpable, como el calor que sube del pavimento en verano.

El día llegó. Yo me arreglé como para una boda: falda corta negra que marcaba mis nalgas redondas, top escotado que dejaba ver el valle de mis tetas, y un perfume de vainilla que me hacía oler a postre. En el aeropuerto, lo vi bajar del avión. Alto, musculoso, con jeans ajustados que no dejaban duda de lo bien dotado que estaba. Sus ojos me devoraron al instante. "Ana, carnal, estás más rica en persona", me dijo con esa voz grave, tapatía, que me puso la piel de gallina.

Entrada 2: El encuentro
Lo abracé y sentí su dureza contra mi vientre. Olía a jabón fresco y hombre sudado del viaje. Mi coño palpitaba ya, pidiendo acción.

Nos fuimos directo a mi depa en Polanco, un lugar chido con vista al skyline. En el Uber, su mano ya estaba en mi muslo, subiendo lento, rozando la piel suave hasta llegar al encaje de mis calzones. "Estás mojada, ¿verdad?", murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a menta. Asentí, mordiéndome el labio, mientras el tráfico nos daba tiempo para besarnos. Sus labios carnosos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a deseo puro. Gemí bajito, el sonido ahogado por el motor del coche.

Al entrar al depa, no perdimos tiempo. Me empujó contra la pared, sus manos grandes amasando mis tetas por encima del top. "Quítatelo todo, déjame verte", ordenó con voz ronca. Me desvestí temblando de anticipación, mis pezones erectos al aire fresco de la habitación. Él se sacó la playera, revelando un pecho tatuado con un águila mexicana, abdomen marcado que olía a sudor masculino. Bajó los jeans y ahí estaba: su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un pinche cañón listo para disparar.

Me arrodillé, atraída por su olor almizclado, ese aroma terroso de excitación. La tomé en la boca, saboreando la piel salada, el pre-semen dulce en la punta. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. "Qué chingona chupas, Ana. Así, más hondo". El sonido de mi saliva chorreando, sus caderas empujando suave, todo me volvía loca. Me levantó, me llevó a la cama y me abrió las piernas. Su lengua en mi clítoris fue el paraíso: lamidas largas, succiones que me hacían arquear la espalda, oliendo mi jugo que goteaba en las sábanas.

"Te voy a follar hasta que grites mi nombre", prometió, posicionando su verga en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Empezó a bombear, primero lento, rozando mi punto G con maestría, luego más rápido, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el aire, mis tetas rebotando con cada embestida.

Entrada 3: El clímax
Sus ojos fijos en los míos, vi el fuego latino en ellos. "Córrete conmigo, mi amor", jadeó. Y lo hice, explotando en olas de placer que me dejaron temblando, mi coño apretándolo como un puño.

Se corrió dentro, chorros calientes que me inundaron, prolongando mi orgasmo. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, pieles brillantes de sudor. Él me besó el cuello, mordisqueando suave. "Eres increíble, Ana. Esto no termina aquí".

Desayunamos al día siguiente en la terraza, tacos de barbacoa de un puesto cercano, riéndonos de lo rápido que pasó todo. Hablamos de volvernos a ver, de planes en Guadalajara, de esta pasión que empezó online y se volvió real. Mi cuerpo aún dolía rico, recordándome cada roce, cada gemido.

Entrada final: El afterglow
Diario de una pasión online latino, qué viaje. Marco se fue, pero su esencia queda en mí. Neta, valió la pena cada kilómetro. ¿Volverá? Lo espero con ansias, con el coño latiendo de nuevo.

Ahora, sola en la cama con su olor en las sábanas, sonrío. Esta conexión latina, pura y ardiente, me ha despertado algo nuevo. Mañana le escribo. Quién sabe qué más nos espera.

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