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Pasión por Cristo Pasión por la Humanidad

6932 palabras

Pasión por Cristo Pasión por la Humanidad

En el corazón de la Ciudad de México, donde las campanas de la iglesia repicaban como un latido eterno, yo, Ana, encontraba mi refugio. Cada domingo, después de la misa en la Catedral Metropolitana, me ponía mi vestido floreado y corría al centro comunitario de Coyoacán. Ahí, entre risas de niños y el aroma a tamales recién hechos, entregaba mi pasión por Cristo y mi pasión por la humanidad. Servía platos calientes, jugaba con los pequeños y escuchaba las historias de familias que luchaban por un futuro mejor. No era caridad fría; era fuego en las venas, el mismo que Jesús nos legó.

Aquel día, el sol caía a plomo sobre los patios empedrados. El sudor me perlaba la frente mientras organizaba las donaciones.

¿Por qué late tan fuerte mi corazón hoy?
me pregunté, limpiándome las manos en el delantal. Entonces lo vi: Javier, el nuevo voluntario. Alto, con piel morena como el chocolate de Oaxaca, ojos negros que brillaban como obsidianas y una sonrisa que podía derretir el asfalto. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos, y sus manos, grandes y callosas, cargaban cajas con una facilidad que me dejó sin aliento.

—Órale, Ana, ¿me das una mano con esto? —dijo con esa voz grave, ronca como el tañido de una campana baja.

Tragué saliva, sintiendo un calor que no venía del sol. —Sí, claro, wey. Pásame una.

Trabajamos codo a codo. Sus brazos rozaban los míos accidentalmente, enviando chispas por mi piel. Olía a jabón fresco mezclado con el sudor masculino, un perfume que me hacía girar la cabeza. Hablamos de todo: de la misa del padre Miguel, de cómo Cristo nos llama a amar al prójimo. —Es mi pasión por Cristo, carnal —le confesé mientras apilábamos latas—. Y mi pasión por la humanidad. Sin eso, ¿qué somos?

Él se detuvo, mirándome fijo. Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara. —Yo siento lo mismo, Ana. Pero a veces, esa pasión quema tanto que duele.

El resto del día fue una danza sutil. Cada mirada suya era un roce invisible; cada risa compartida, un pulso acelerado. Al atardecer, cuando los últimos voluntarios se fueron, quedamos solos cerrando el centro. El aire se llenó del aroma a jazmines del jardín vecino y el eco distante de un mariachi en la plaza.

—Ana, ¿sabes? Eres como un ángel, pero con curvas de demonio —murmuró Javier, acercándose. Su aliento cálido me rozó la oreja.

Mi corazón tronó.

Esto es pecado, ¿verdad? No, es humano. Es pasión.
Lo miré a los ojos. —No seas pendejo, Javier. Pero... ven, ayúdame con esto último.

En la salita de atrás, entre mesas apiladas y el olor a madera vieja, nuestras manos se encontraron. No fue accidente. Sus dedos fuertes envolvieron los míos, y de pronto, me jaló hacia él. Nuestros cuerpos chocaron: su pecho duro contra mis senos suaves, que se endurecieron al instante bajo la blusa. Gemí bajito cuando sus labios capturaron los míos. Sabían a menta y a deseo puro, un beso hambriento que me dejó las piernas temblorosas.

Qué rico besas, mamacita —susurró, mordisqueando mi labio inferior. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con una posesión tierna.

Lo empujé contra la mesa, invirtiendo roles. —Cállate y siente, cabrón —le dije, riendo entre jadeos. Le arranqué la camiseta, revelando un torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello negro. Lamí su piel salada, saboreando el sudor que brillaba bajo la luz tenue de la bombilla. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

Acto dos: la escalada. Javier me levantó como si no pesara nada, sentándome en la mesa. Desabotonó mi blusa con dedos temblorosos, exponiendo mis tetas llenas, pezones rosados erectos como botones de rosa. —Dios mío, qué chingonas —masculló, chupando uno con avidez. Su lengua caliente giraba, succionaba, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que empapaba mis panties.

Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la verga dura como hierro palpitando bajo la tela. La saqué, gruesa, venosa, con la cabeza hinchada reluciente de precum. —Métemela, Javier. Quiero sentir tu pasión —rogué, mi voz ronca de necesidad.

Pero él se arrodilló primero. Rasgó mis panties con un tirón juguetón, exponiendo mi concha depilada, hinchada y mojada. Su aliento caliente me erizó la piel. Lamida lenta desde el ano hasta el clítoris, saboreándome como un mango maduro.

¡Ay, Virgen santa, esto es el paraíso!
Grité cuando metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su lengua danzaba en círculos. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos altos rebotando en las paredes.

La tensión crecía como una tormenta. Lo jalé del pelo, obligándolo a levantarse. —Fóllame ya, wey. No aguanto más.

Él obedeció, posicionando la punta en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso. —¡Qué prieta estás, Ana! —gruñó, embistiendo hondo. Nuestras pelvis chocaban con palmadas rítmicas, sudor resbalando entre nosotros. Agarré sus nalgas musculosas, clavando uñas, urgiéndolo más rápido.

Cambiámos posiciones: yo encima, cabalgándolo en la mesa crujiente. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba sobre su verga, sintiendo cómo me llenaba hasta el útero. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con nuestro sudor. Esto es mi pasión por Cristo hecha carne, por la humanidad en su forma más pura: el amor físico.

Él se incorporó, chupando mi cuello mientras yo giraba las caderas. —Voy a venirme, amor —jadeó.

—Adentro, lléname —ordené, mi orgasmo explotando primero. Olas de placer me sacudieron, mi concha contrayéndose alrededor de él como un puño. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en luces blancas. Javier rugió, eyaculando chorros calientes que me inundaron, prolongando mi clímax.

Acto final: el afterglow. Colapsamos en el suelo, jadeantes, piel pegajosa contra piel. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. Acaricié su cabello revuelto, oliendo a sexo y a nosotros. —Javier, esto... fue como unir mi pasión por Cristo con mi pasión por la humanidad. Tú eres parte de eso ahora.

Él levantó la vista, ojos brillando. —Y tú la mía, Ana. No es pecado; es bendición.

Nos vestimos entre besos lentos, risas cómplices. Salimos a la noche estrellada de Coyoacán, tomados de la mano. Las campanas repicaron de nuevo, pero ahora sonaban a celebración. En mi alma, el fuego ardía más vivo: devoción divina, amor humano, pasión eterna. Mañana volveríamos al centro, pero con un secreto que nos unía más que nunca.

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