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Manantial de Pasiones

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Manantial de Pasiones

Ana respiró hondo, el aire fresco de las montañas de Oaxaca le llenaba los pulmones con un aroma a tierra húmeda y flores silvestres. Había escapado del caos de la Ciudad de México, de las juntas eternas y el tráfico infernal, buscando paz en este rincón olvidado. El manantial de pasiones, como lo llamaban los locales, era un secreto bien guardado: un pozo natural de agua termal rodeado de vegetación exuberante, donde el vapor subía en espirales danzantes bajo el sol del mediodía. Sus pies descalzos pisaban la grava suave, y el sonido del agua borboteando la invitaba como un susurro seductor.

Se quitó el vestido ligero, quedando en ropa interior, y se metió al manantial. El agua tibia la envolvió como un abrazo amante, acariciando su piel con miles de burbujas diminutas. Qué chingón se siente esto, pensó, cerrando los ojos mientras flotaba. El calor subía por sus piernas, relajando cada músculo tenso. De repente, oyó un chapoteo cerca. Abrió los ojos y ahí estaba él: Javier, el cuate que cuidaba el lugar. Alto, moreno, con músculos forjados por el trabajo en el campo, y una sonrisa que iluminaba todo.

—¿Qué onda, güey? ¿Primera vez aquí? —dijo él, con voz grave y juguetona, mientras se acercaba nadando con brazadas firmes.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Neta, está bien bueno el carnal. —Sí, carnal. Vine a desconectarme un rato. Tú eres el guardián de este paraíso, ¿verdad?

Javier rio, salpicándola con agua. —Algo así. Este manantial es especial, ¿sabes? Dicen que despierta pasiones dormidas. —Sus ojos oscuros la recorrieron sin disimulo, deteniéndose en las gotas que perlaban su clavícula.

El corazón de Ana latió más rápido. Nadaron juntos, charlando de la vida en el pueblo, de cómo él había dejado la ciudad por esta tranquilidad. Cada roce accidental —su mano en su cintura al ayudarla a flotar, su pierna rozando la de ella— enviaba chispas por su cuerpo. El vapor olía a azufre suave mezclado con jazmín silvestre, y el sol filtrándose entre las hojas creaba un mosaico dorado en el agua.

¿Por qué me late tan fuerte? Es como si este lugar me estuviera encendiendo por dentro. No quiero que pare.

Salieron del agua para secarse al sol, tendidos en una roca plana cubierta de musgo suave. Javier le ofreció una mango madura, el jugo dulce chorreando por sus dedos mientras ella mordía. Él lamió el exceso de su propia mano, mirándola fijo. —Estás preciosa así, toda mojada y brillante.

Ana se sonrojó, pero el deseo la invadió. Se acercó, rozando sus labios con los de él en un beso tentativo. Javier respondió con hambre, su lengua explorando la de ella, saboreando el mango y la sal del agua. Sus manos grandes subieron por su espalda, desabrochando el sostén con destreza. Ella jadeó contra su boca, el aire fresco endureciendo sus pezones al instante.

—¿Quieres que pare? —preguntó él, voz ronca, deteniéndose para mirarla a los ojos.

—Ni madres, sigue. Te quiero ya —respondió ella, tirando de su short.

El segundo acto de su encuentro fue un torbellino de sensaciones. Javier la recostó sobre la roca tibia, besando su cuello mientras sus dedos trazaban caminos ardientes por su vientre. Ana arqueó la espalda, el musgo cosquilleando su piel desnuda. Él bajó la boca a sus senos, chupando un pezón con succión suave, haciendo que ella gimiera alto. ¡Ay, cabrón, qué rico! El sonido del manantial borboteando se mezclaba con sus respiraciones agitadas, y el olor a tierra mojada se intensificaba con el almizcle de su excitación.

Ana exploró su cuerpo, bajando la mano a su verga dura, palpitante bajo sus dedos. La acarició despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba. Javier gruñó, mordisqueando su oreja. —Me vas a volver loco, nena. Eres puro fuego.

Se voltearon, ella encima, montándolo con las rodillas hincadas en el musgo. Lo guió dentro de ella, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El agua del manantial salpicaba cerca, refrescando sus cuerpos sudorosos. Ana se movió despacio al principio, sintiendo cada roce interno, el roce de su clítoris contra su pubis. Javier agarró sus caderas, guiándola en un ritmo que aceleraba, sus embestidas profundas y precisas.

El sol quemaba su piel, el viento traía el canto de pájaros lejanos, y el sabor salado de su sudor cuando ella se inclinó a besarlo. Esto es el manantial de pasiones de verdad, un chorro interminable de placer, pensó Ana mientras el orgasmo se acumulaba como una ola. Javier aceleró, sus dedos en su trasero, apretando. —Ven conmigo, mi reina —susurró.

La tensión creció hasta explotar. Ana gritó, su concha contrayéndose en espasmos alrededor de él, olas de éxtasis recorriéndola desde el centro hasta las puntas de los dedos. Javier se tensó debajo, eyaculando con un rugido gutural, su semen caliente llenándola. Se quedaron unidos, temblando, el agua del manantial lamiendo sus pies como aplauso silencioso.

Después, yacieron abrazados, el afterglow envolviéndolos en una paz profunda. Javier le acarició el cabello, oliendo a flores y sexo. —Esto fue chido, ¿verdad? Como si el manantial nos hubiera bendecido.

Ana sonrió, besando su pecho. Neta, vine por paz y encontré un volcán. —Más que chido, amor. Me hiciste sentir viva de nuevo.

Se metieron de nuevo al agua, lavando sus cuerpos con caricias lentas. El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, mientras charlaban de volver a verse. Ana sabía que este no era un adiós; el manantial de pasiones había despertado algo eterno en ellos. Al vestirse, intercambiaron números, promesas susurradas. Caminó de regreso al pueblo con piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción, el aroma a él pegado a su piel.

En su mente, el eco del placer perduraba: el tacto áspero de sus manos, el sabor de su boca, el sonido de sus gemidos mezclados con el agua. Oaxaca ya no era solo un escape; era el comienzo de algo ardiente, un manantial que no se secaría jamás.

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