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Sentimiento Pasion en la Piel

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Sentimiento Pasion en la Piel

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas y el dulce aroma de las flores de nochebuena que adornaban las terrazas. El ritmo de la cumbia retumbaba desde el beach club, haciendo que mis caderas se movieran solas mientras caminaba por la arena tibia. Yo, Ana, de treinta y dos años, había llegado sola esa semana para desconectar del ajetreo de la Ciudad de México. No buscaba nada serio, solo un poco de diversión, pero el aire cargado de verano me hacía sentir viva, como si mi cuerpo gritara por algo más.

Lo vi desde la barra, bailando con un grupo de amigos. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que iluminaba su rostro bajo las luces neón. Su camisa blanca pegada al pecho por el sudor, pantalones ajustados que marcaban sus muslos fuertes. Qué chulo, pensé, mientras pedía un michelada con limón fresco que me refrescaba la garganta. Nuestras miradas se cruzaron y no pude evitar sonreír. Él se acercó, oliendo a colonia masculina y brisa del mar.

¿Qué onda, preciosa? ¿Bailas o nomás vienes a ver?
—me dijo con voz grave, extendiendo la mano.

Le tomé la mano, su piel cálida contra la mía, y nos metimos en la pista. Sentimiento pasion puro, eso era lo que brotaba en mi pecho mientras sus caderas rozaban las mías al ritmo del bajo. Sudor perlando su cuello, el sabor salado del mar en su piel cuando accidentalmente me acerqué demasiado. Me llamaba Luis, originario de Guadalajara, aquí de vacaciones con carnales. Hablamos poco, pero sus ojos decían todo: deseo crudo, honesto.

La música se volvía más lenta, una ranchera sensual que nos pegó más. Su mano en mi cintura baja, dedos fuertes trazando círculos en mi espalda desnuda. Sentí mi corazón latiendo como tambor, el calor subiendo por mis piernas.

¿Y si lo invito a caminar? ¿Y si dejo que esta noche sea mía?
El conflicto interno me mordía: llevaba meses sin un toque así, sin sentirme mujer deseada. Pero Luis no presionaba, solo bailaba, susurrándome al oído:

Eres fuego, Ana. Me estás volviendo loco.

Salimos del club caminando por la playa, la arena fresca bajo mis pies descalzos, olas rompiendo suaves como caricias. La luna llena pintaba el agua de plata, y el viento traía olor a coco de los vendedores ambulantes. Nos sentamos en una cabaña abandonada pero limpia, con redes de pesca colgadas como cortinas. Ahí, bajo las estrellas, el beso llegó natural. Sus labios carnosos, su lengua explorando la mía con sabor a tequila y menta. Gime bajito cuando le mordí el labio inferior, sus manos subiendo por mis muslos, arrugando mi vestido corto.

¿Quieres que pare?
—preguntó, voz ronca, ojos fijos en los míos.

Ni madres, sigue, wey. Te quiero ya.
—le respondí, tirando de su camisa.

El medio acto se encendió como pólvora. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa torpe. Su cuerpo desnudo brillaba a la luz lunar: pectorales duros, abdomen marcado por horas en el gym, y abajo, su verga erecta, gruesa, palpitante. La mía, piel canela suave, pechos llenos con pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Me recostó en la arena suave, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando justo lo suficiente para que jadee.

El olor de su excitación me invadió, almizcle masculino mezclado con mi propio aroma dulce de mujer lista. Bajó la boca a mi entrepierna, lengua caliente lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris como si fuera un mango maduro. Qué rico, cabrón, pensé mientras arqueaba la espalda, arena pegándose a mi piel húmeda. Mis dedos enredados en su pelo negro, guiándolo más profundo. Gemí fuerte, el sonido ahogado por las olas, mi primer orgasmo subiendo como marea, contracciones dulces sacudiéndome entera.

Pero no paró. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su verga rozando mi entrada mojada.

Esto es sentimiento pasion de verdad
, me dije, mientras empujaba contra mí, llenándome centímetro a centímetro. Gruñó al entrar, mis paredes apretándolo como guante. Ritmo lento al principio, sus bolas golpeando mi culo suave, manos en mis caderas tirando de mí. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, piel contra piel resbalosa. Aceleró, follándome duro, mis tetas balanceándose, pezones rozando la arena áspera que mandaba chispas de placer.

Internalmente luchaba con la intensidad:

¿Por qué se siente tan bien? ¿Por qué con él todo es tan jodidamente perfecto?
Le pedí más, volteándome para montarlo. Sus ojos devorándome mientras cabalgaba, mis caderas girando, clítoris frotándose contra su pubis. El sabor de su piel en mi boca cuando lo besé, salado y adictivo. Sus manos en mi culo, abriéndome, dedo rozando mi ano en círculos tentadores. Grité su nombre, orgasmos encadenados, mi jugo chorreando por sus muslos.

Luis se tensó debajo de mí, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí profundos. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y arena. El afterglow fue puro éxtasis: su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, olor a sexo flotando en el aire nocturno. Me acarició el pelo, besos suaves en mi sien.

Eres increíble, Ana. Esto fue... no sé, algo más que una noche.

Nos vestimos riendo, arena por todos lados, prometiendo vernos al día siguiente. Caminamos de regreso, manos entrelazadas, el mar susurrando aprobación. En mi mente, el sentimiento pasion no se apagaba; ardía lento, prometiendo más. No era amor, pero era vida, pura y vibrante. Mañana, otra playa, otro beso. Por ahora, me sentía empoderada, mujer completa, lista para lo que viniera.

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