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Los Actores de Cañaveral de Pasiones al Desnudo

6266 palabras

Los Actores de Cañaveral de Pasiones al Desnudo

El sol de Veracruz caía a plomo sobre el cañaveral, ese mar verde y alto que se mecía con el viento como si guardara secretos milenarios. Yo, Fernanda, la protagonista de Cañaveral de Pasiones, sentía el sudor resbalando por mi espalda mientras grabábamos la escena clave. Diego, mi coprotagonista, el galán que volvía locas a las fans, me tomaba de la cintura con esa fuerza fingida que el guion pedía. Pero neta, su toque era eléctrico, como si el calor del campo se nos metiera en la piel.

¿Por qué carajos me acelera tanto este wey? —pensé mientras él susurraba el diálogo—. Es solo actuación, Fernanda, no seas pendeja. Pero su aliento caliente en mi cuello... ay, wey.

La directora gritó ¡corte! y todos aplaudieron. Habíamos clavado la toma. Diego no me soltó de inmediato; sus dedos se demoraron en mi cadera, un roce que me erizó la piel. Olía a tierra húmeda, a caña fresca y a ese sudor masculino que me ponía las pilas. "Buen trabajo, Fer", me dijo con esa sonrisa pícara, los ojos cafés brillando bajo el sombrero charro que usaba para el personaje.

"Tú tampoco estás tan mal, galán", le contesté, guiñándole un ojo. Los demás del crew recogían cables y equipo, pero nosotros nos quedamos ahí, en medio del cañaveral, como si el mundo se hubiera parado. "Oye, ¿vamos a refrescar-nos un rato? Este calor está cabrón". Él asintió, y sin decir más, nos adentramos en el laberinto de tallos altos, lejos de las cámaras y los actores de Cañaveral de Pasiones que éramos en público.

El aire era espeso, cargado del dulce aroma de la caña madura. Las hojas rozaban mis brazos desnudos, un cosquilleo que me recordaba lo viva que estaba. Caminamos en silencio, el corazón latiéndome como tambor de banda. Diego iba adelante, su camisa blanca pegada al torso por el sudor, marcando cada músculo. Qué chingón se ve el cabrón, pensé, mordiéndome el labio.

Encontramos un claro donde la caña formaba una especie de nido natural. Nos sentamos en la tierra blanda, sacamos una agua de coco que traía en mi mochila. El líquido fresco bajó por mi garganta como un bálsamo, pero no apagaba el fuego que sentía adentro. "Fer, ¿sabes qué? Desde el primer día de grabaciones, te veo y me dan ganas de...", empezó él, mirándome fijo.

"¿De qué, Diego? Dime, no seas rajón". Mi voz salió ronca, el deseo ya trepando por mi vientre.

Él se acercó, su rodilla tocando la mía. "De comerte a besos, de sentirte de verdad, no como en el pinche guion". Sus palabras me prendieron. Lo jalé por la camisa y lo besé, un beso hambriento, con lengua que sabía a coco y a pasión contenida. Sus labios eran suaves pero firmes, su barba de tres días raspándome la piel en delicioso piquete.

Esto es real, no actuación. Su lengua enredándose con la mía, su mano en mi nuca... órale, qué rico.

Las manos de Diego bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido ligero que usaba para la escena. La tela cayó, dejando mis pechos al aire, los pezones endurecidos por el viento y la excitación. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "Eres preciosa, Fer. Neta, me traes loco". Sus dedos trazaron círculos en mi piel, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Yo no me quedé atrás. Le quité la camisa de un tirón, revelando ese pecho moreno, velludo justo lo necesario. Lo empujé suave contra la tierra, montándome a horcajadas. El roce de su pantalón contra mi ropa interior húmeda me hizo jadear. "Te quiero adentro, Diego. Ya no aguanto". Él sonrió, esa sonrisa de galán que ahora era solo para mí, y desabrochó su cinturón. Su verga saltó libre, dura, palpitante, con una gota de pre-semen brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su grosor. Qué mamalona, pensé, acariciándola lento, oyendo sus gemidos roncos.

Me quité la tanga, el aire fresco lamiendo mi panocha mojada. Me posicioné sobre él, frotándome contra su punta, lubricándonos mutuamente. El olor a sexo se mezclaba con el de la caña, embriagador. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme, estirándome en la forma más deliciosa. "¡Ay, wey! Qué chido se siente", grité, comenzando a moverme.

Él me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, guiando mis caderas. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, piel contra piel sudorosa. El sol filtrándose entre las cañas nos bañaba en oro, el sudor goteando de su frente a su pecho. Lamí una gota salada, saboreando su esencia. Sus embestidas subían, profundas, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. "Más fuerte, Diego, dame todo", le pedí, clavándole las uñas en los hombros.

Esto es lo que necesitaba. No el drama de la novela, sino esta conexión cruda, este placer que me parte en dos.

El ritmo se aceleró, mis pechos rebotando con cada vaivén, sus manos pellizcando mis pezones. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hasta la garganta. Él gruñó: "Me vengo, Fer, no aguanto". "Yo también, carnal, ¡juntos!". Explosamos al unísono, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, mientras su semen caliente me inundaba. Grité su nombre, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores.

Nos quedamos así, unidos, jadeando. El viento susurraba en la caña, como aplaudiendo nuestro secreto. Diego me besó el cuello, suave ahora. "Eso fue... épico, mi reina". Yo reí bajito, aún sintiendo las réplicas en mi cuerpo. "Simón, pero no le digas a nadie. Somos los actores de Cañaveral de Pasiones, pero esto queda entre el cañaveral y nosotros".

Nos vestimos lento, robándonos besos y caricias. Caminamos de regreso al set, el sol bajando, tiñendo todo de rosa. En el pecho me quedaba una calidez nueva, no solo física. Por primera vez, el galán de la telenovela era mío de verdad, y el cañaveral guardaría nuestro fuego.

De vuelta con el crew, actuamos normal, pero cada mirada suya me recordaba el sabor de su piel, el latido compartido. Quién sabe qué pasará en la próxima escena, pensé con una sonrisa pícara. La pasión no acababa con el corte; apenas empezaba.

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