La Flor de la Pasion Fruto
El aire cálido de la tarde en mi finca cerca de Tequila olía a tierra húmeda y a algo más dulce, como un secreto madurando bajo el sol. Yo, Ana, de treinta años, con mi piel morena brillando de sudor, me agachaba entre las enredaderas de la flor de la pasion fruto. Esas plantas que mi abuela plantó hace décadas, con flores violetas que se abren como labios ansiosos y frutos colgando pesados, listos para estallar en jugo ácido y dulce. Neta, cada vez que tocaba una flor, sentía un cosquilleo en el vientre, como si la planta me susurrara promesas de placer.
Estaba sola ese día, o eso creía. Mi vestido ligero de algodón se pegaba a mis curvas, los pechos pesados moviéndose con cada paso. Limpiaba las hojas secas cuando oí el crujido de botas en la grava. Levanté la vista y ahí estaba él, Javier, el carnal vecino que siempre me guiñaba el ojo en el mercado. Alto, con músculos forjados en el campo, camisa entreabierta dejando ver ese pecho velludo que me hacía mojarme sin querer. Órale, qué chulo se ve hoy, pensé, mientras enderezaba la espalda para que mis tetas se marcaran bien.
"¿Qué onda, Ana? ¿Necesitas una mano con esas flor de la pasion fruto?" dijo con esa voz ronca, sonriendo picoso. Me acerqué, oliendo su aroma a hombre sudado y jabón fresco. "Pues sí, wey, estas enredaderas son unas pinches rebeldes", respondí juguetona, rozando su brazo al pasarle las tijeras. Nuestros dedos se tocaron un segundo de más, y sentí el calor subir por mi cuello. Él se arrodilló a mi lado, tan cerca que su aliento me hacía erizar la piel.
Trabajamos en silencio al principio, pero la tensión crecía como la savia en las plantas. Cada vez que él cortaba un tallo, su bíceps se flexionaba, y yo no podía evitar mirar. "Mira esta flor, Ana, está en su mero momento", murmuró, sosteniendo una abierta, pétalos vibrantes. La acerqué a mi nariz, inhalando ese perfume embriagador, mezcla de miel y algo salvaje. "Sí, huele a deseo puro", dije bajito, y nuestros ojos se clavaron. Su mano libre rozó mi muslo, accidental, pero no se apartó.
Pinche Javier, me tienes el corazón latiendo como tamborazo. ¿Y si le digo que lo quiero ahorita?
La brisa jugaba con mi falda, subiéndola un poco, y él tragó saliva. "Ana, neta que eres la más rica del pueblo", confesó, su voz temblando un poquito. Me volteé, presionando mi cuerpo contra el suyo. "¿Y tú qué esperas para probarme?" Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia en sequía, beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a café y menta. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el vestido que cayó como pétalos al suelo.
Desnuda bajo el sol filtrado por las hojas, mi piel ardía. Él me devoraba con los ojos, "Qué chingona estás, con esas nalgas redondas y tetas que piden ser chupadas". Lo jalé al suelo, sobre la manta que saqué rápido, riendo. "Ven, prueba el verdadero fruto". Tomé un flor de la pasion fruto maduro, lo partí con las uñas, y el jugo chorreó por mis dedos. Se lo llevé a la boca, él lamió lento, gimiendo "Está de poca madre, dulce y picante como tú". Vertí más jugo sobre mis pechos, el líquido tibio resbalando por mis pezones duros. Javier se lanzó, lengua ávida lamiendo cada gota, succionando fuerte hasta que grité de placer, mis caderas arqueándose.
El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de sus callos en mi piel suave, el olor almizclado de nuestra excitación mezclándose con el perfume floral, el zumbido de abejas lejanas como banda sonora. Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochándolo con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. "Qué mamalona, Javier", jadeé, acariciándola de arriba abajo, sintiendo el calor y la dureza que me hacía palpitar la panocha. Él gruñó, dedos hundiéndose en mi cabello mientras yo la chupaba, saboreando la sal de su piel, la punta goteando pre-semen dulce.
Pero quería más, lo empujé boca arriba. Montándolo despacio, froté mi clítoris hinchado contra su tronco, untándonos jugo de fruto por todos lados. "Chíngame ya, no seas pendejo", le rogué, y él obedeció, embistiéndome de un jalón. Entró profundo, llenándome hasta el fondo, mi interior apretándolo como guante caliente. Cabalgamos así, ritmos salvajes, piel contra piel chapoteando, mis tetas botando con cada golpe. Gritos ahogados, "¡Qué rico, cabrón!", "¡Muévete más, mi reina!". El sudor nos unía, resbaloso, y yo clavaba uñas en su pecho, dejando marcas rojas.
La tensión subía como tormenta, mi vientre contrayéndose alrededor de él. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas entre las plantas, follándome por detrás con furia consentida. Sus bolas chocaban contra mi culo, manos amasando mis nalgas. Tomó otro fruto, exprimiéndolo sobre mi espalda, el jugo chorreando hasta mi raja, lubricándonos más. Lamí tierra y placer, oliendo todo mezclado: fruta, sexo, tierra fértil. No aguanto, se me viene...
Es como si la flor de la pasion fruto nos bendijera, este placer es puro fuego mexicano.
"¡Me vengo, Ana!" rugió, y su verga se hinchó, chorros calientes llenándome mientras yo explotaba, olas de éxtasis sacudiéndome, piernas temblando, visión borrosa. Colapsamos juntos, él aún dentro, pulsando, yo apretándolo para sacarle todo.
Después, el afterglow fue como siesta perfecta. Acostados bajo las enredaderas, su brazo alrededor de mi cintura, fumando un cigarrito que sacó de quién sabe dónde. El sol bajaba, pintando todo dorado, y el aroma de las flores nos envolvía. "Neta, Ana, esto fue lo mejor que me ha pasado", murmuró besándome el hombro. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. "Y apenas es el principio, mi amor. Estas flor de la pasion fruto dan para muchas cosechas". Sentí paz, empoderada, sabiendo que mi cuerpo y deseo eran míos para compartir. El corazón latiendo calmado, piel pegajosa de jugos y sudor, prometiendo más tardes así en nuestra finca secreta.