Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Cap 92 Pasión Cap 92

Pasión Cap 92

7788 palabras

Pasión Cap 92

La Ciudad de México bullía esa noche con su eterna energía, las luces neón de la Roma parpadeando como promesas calientes. Yo, Karla, de veintiocho tacos, acababa de salir del gym con el cuerpo sudado y la piel erizada por el fresco de la noche. Llevaba unos jeans ajustados que me marcaban las curvas justito y una blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de mi brasier. Neta, hoy me siento cañona, pensé mientras caminaba hacia el bar de la esquina, ese antro chido donde siempre hay buena chela y mejor ambiente.

Allí estaba él, Diego, mi viejo amor de la uni, sentado en la barra con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Hacía como cinco años que no lo veía, pero el carnal seguía igual de guapo, con su barba recortada, camisa blanca arremangada mostrando unos brazos fuertes y olor a colonia cara que me llegó directo al alma. Nuestras miradas se cruzaron y ¡órale! el corazón se me aceleró como si estuviera en una carrera.

—¡Karla, güey! ¿Qué onda, princesa? —me dijo acercándose con un abrazo que duró un poquito más de lo normal. Su pecho duro contra el mío, el calor de su aliento en mi cuello. Olía a tequila y a hombre, ese aroma terroso que me ponía los vellos de punta.

Nos sentamos a platicar, recordando las locuras de juventud. La chela fría bajaba suave por mi garganta, refrescante contra el calor que empezaba a subir por mi vientre. Diego me contaba de su chamba en la agencia de publicidad, yo de mis desmadres en la oficina. Pero entre risas, sus ojos se clavaban en mis labios, en mi escote, y yo sentía su rodilla rozando la mía bajo la mesa.

Esto es como Pasión cap 92, esa novela erótica que leí la semana pasada, donde la prota se topa con su ex y todo explota en deseo
, se me pasó por la cabeza, haciendo que mis cachetes ardieran.

La tensión crecía chida, como un fuego lento. Su mano rozó la mía al pasarme la sal, y un chispazo eléctrico me recorrió el brazo hasta el centro de mis piernas. —Karla, neta te ves más rica que nunca —me susurró al oído, su voz ronca como grava mojada. Yo reí bajito, mordiéndome el labio. —Tú tampoco estás tan pendejo, Diego. Sigues sabiendo cómo hacerme cosquillas por dentro.

Acto seguido, sin pensarlo dos veces, salimos del bar tomados de la mano. El aire nocturno olía a tacos de la calle y jazmín de algún jardín cercano. Caminamos hasta su depa en la Narvarte, no muy lejos, riéndonos y tropezando un poco por las chelas. Al entrar, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Su sala era moderna, con luces tenues y una playlist de cumbia rebajada sonando bajito, vibrando en el piso.

Diego me jaló suave hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que empezó tierno pero se volvió hambriento. Sabía a tequila y menta, su lengua explorando mi boca con urgencia. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. ¡Qué chingón se siente esto! gemí en mi mente mientras él me quitaba la blusa, dejando al aire mi piel arrebolada. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, enviando ondas de placer que me humedecían entre las piernas.

—Te deseo tanto, Karla. Desde que te vi, no paro de imaginarte así, desnuda en mis brazos —murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave la piel sensible. Yo arqueé la espalda, presionando mis pechos contra su torso. El roce de su barba raspaba delicioso, un cosquilleo que me erizaba toda. Lo empujé hacia el sofá, desabrochándole la camisa con dedos temblorosos. Su pecho moreno y lampiño brillaba bajo la luz, con olor a sudor limpio y deseo puro.

Nos besamos de nuevo, más intenso, mientras yo me sentaba a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela, gruesa y palpitante. Pasión cap 92 en vivo y a todo color, pensé riendo por dentro, porque esto era mejor que cualquier libro. Mis caderas se movieron solas, frotándome contra él en un ritmo lento que nos arrancó gemidos. Diego metió las manos por mi espalda, desabrochó mi brasier y lo lanzó lejos. Sus labios bajaron a mis tetas, chupando un pezón con succión perfecta, lengua girando como un experto. El placer era agudo, como rayos directos a mi clítoris.

—¡Ay, Diego, qué rico! No pares, carnal —jadeé, enterrando las uñas en su cuero cabelludo. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi piel. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al cuarto. La cama king size nos recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a suavizante de lavanda. Me recostó despacio, quitándome los jeans y la tanga con reverencia. Quedé expuesta, mi coño depilado reluciendo de humedad, el aire fresco besando mis labios hinchados.

Diego se desnudó rápido, su polla saltando libre, venosa y tiesa, con la cabeza brillante de precum. ¡Madre mía, qué pedazo de verga! Me miró con ojos oscuros de lujuria. —Estás preciosa, Karla. Déjame probarte —dijo arrodillándose entre mis piernas. Su aliento caliente rozó mi monte de Venus antes de que su lengua lamiera desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. Saboreé mi propio aroma almizclado mezclado con su saliva. Lamía con hambre, succionando mis labios mayores, metiendo la lengua adentro como follándome con ella. Mis caderas se alzaban solas, persiguiendo su boca. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos y mis gemidos altos, eco en la habitación.

—¡Sí, así, chúpame el clítoris, pendejito caliente! —le ordené juguetona, tirando de su pelo. Él obedeció, frotando con el dedo mi entrada mientras su boca devoraba. El orgasmo me golpeó como un tren, mi cuerpo convulsionando, jugos saliendo a chorros en su cara. Grité su nombre, el placer cegador, pulsos en cada nervio.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas. Sus dedos abrieron mis cachetes, lengua lamiendo mi ano con ternura pervertida. Esto es nuevo, pero qué delicia, pensé gimiendo. Luego se posicionó detrás, su verga rozando mi coño empapado. —¿Quieres que te coja, mi reina? —preguntó con voz entrecortada.

—¡Cójeme ya, Diego! Fóllame duro —rogué, empujando contra él. Entró de un solo embiste, llenándome hasta el fondo. Su grosor estiraba mis paredes, fricción perfecta. Empezó a bombear lento, profundo, cada salida y entrada enviando chispas. El slap slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, el olor a sexo pesado en el aire. Agarró mis caderas, acelerando, follándome como animal. Yo me arqueé, tetas rebotando, sudor chorreando por mi espalda.

Cambié de posición, montándolo a mí. Su cara entre mis tetas mientras yo cabalgaba, controlando el ritmo. Sus manos amasaban mi culo, dedo metiéndose en mi ano juguetón. El placer subía otra vez, mi clítoris frotando su pubis. —¡Me vengo, Diego! —grité, explotando en oleadas, mi coño apretándolo como puño.

Él gruñó, volteándome para misionero. Folló salvaje unos segundos más, su verga hinchándose. —¡Me corro dentro de ti! —avisó. Sentí los chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, su corazón latiendo contra mi oreja como tambor. Besos suaves, caricias perezosas. —Eso fue épico, Karla. Como nuestra propia Pasión cap 92 —dijo riendo bajito. Yo sonreí, oliendo su cuello. Sí, y habrá más capítulos, pensé, sintiendo una paz chida y un cosquilleo de promesas futuras. La noche se cerraba con su brazo alrededor de mí, el mundo afuera olvidado en este nido de pasión.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.