Abismo de Pasión Capítulo 62
La brisa salada del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa privada de la villa. El sol del atardecer teñía el cielo de naranjas y rosas, y el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena blanca me llenaba de una paz que no sentía desde hace meses. Yo, Sofía, había llegado aquí huyendo del caos de la ciudad de México, pero en realidad, lo que buscaba era a él. Alejandro. Mi carnal, mi vicio, el hombre que me hacía temblar con solo una mirada.
Lo vi recostado en una hamaca, con el torso desnudo brillando bajo el sudor ligero, sus músculos definidos por años de surfear esas mismas olas. Llevaba unos shorts ajustados que marcaban todo lo que yo recordaba tan bien. Neta, güey, pensé, ¿por qué demonios lo dejé ir? Habíamos terminado hace seis meses por pendejadas, celos tontos y el estrés del trabajo, pero aquí estábamos, reunidos por una invitación casual de unos amigos en común. O eso decía él. Yo sabía que era destino.
Me acerqué despacio, mis pies hundiéndose en la arena tibia. El olor a sal y a su colonia varonil, esa mezcla de madera y cítricos, me golpeó como un puñetazo al corazón. “Órale, Sofi, ¿ya llegaste?”, dijo con esa voz ronca que me ponía la piel chinita. Se incorporó, y sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por la humedad del aire, sin bra ni nada debajo. Sentí su mirada quemándome.
“Sí, carnal. No pude resistirme a este paraíso… ni a ti”, respondí juguetona, sentándome a su lado. Nuestras piernas se rozaron, y un chispazo eléctrico subió por mi muslo. Él sonrió, esa sonrisa pícara que prometía problemas. “¿Sabes qué? He estado pensando en ti todo el pinche día. En cómo te besaba aquí”, murmuró, rozando mi cuello con los labios. Su aliento caliente me erizó el vello. El deseo inicial era como una ola creciendo, lenta pero imparable.
Esto es el principio del abismo de pasión capítulo 62 de mi vida, pensé. Donde todo se desborda y no hay vuelta atrás.
La tensión crecía mientras charlábamos de tonterías, pero sus manos no paraban quietas. Me masajeaba los hombros, bajando despacio por mi espalda. Sentía sus dedos fuertes, callosos por el sol, presionando justo donde dolía. “Estás tensa, mi reina. Déjame cuidarte”, susurró. Asentí, cerrando los ojos. El sonido de las gaviotas y el mar se mezclaba con mi respiración acelerada. Olía a coco de mi crema solar y a su sudor masculino, una combinación que me volvía loca.
Nos levantamos y caminamos hacia la villa, una casa de ensueño con piscina infinita y vistas al Pacífico. Adentro, el aire acondicionado era un alivio fresco contra nuestra piel caliente. Él sacó una botella de tequila reposado, de esos buenos de Jalisco, y sirvió dos shots. “Por nosotros, Sofi. Por no ser pendejos otra vez”, brindó. El líquido quemó mi garganta, dulce y ahumado, despertando cada nervio. Nos besamos entonces, por primera vez en meses. Sus labios suaves pero exigentes, su lengua explorando mi boca con hambre. Saboreé el tequila en él, mezclado con su esencia única.
El beso se profundizó, y sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido. “Estás mojada ya, ¿verdad?”, gruñó contra mi oído. Sí, lo estaba. Mi cuerpo respondía a él como siempre, un río de calor entre las piernas. Lo empujé hacia el sofá de cuero blanco, que crujió bajo nuestro peso. Me quité el vestido de un jalón, quedando desnuda frente a él. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. “Eres una diosa, Sofía”, dijo, quitándose los shorts. Su verga erecta saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí.
En el medio de esta locura, mi mente divagaba. Esto no es solo sexo, es el abismo de pasión capítulo 62 que tanto soñé escribir en mis noches solas. Donde el corazón y el cuerpo se funden en uno. Lo monté despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso, el roce de su piel contra la mía, sudorosa y resbaladiza. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su pecho. Él agarró mis caderas, guiándome en un ritmo lento al principio, torturante.
“Más rápido, Alejandro, no seas mamón”, le pedí, y él obedeció, embistiéndome con fuerza. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su frente al mío, salado en mis labios cuando lo besé. Olía a sexo puro, a feromonas y tequila. Mis pechos rebotaban con cada movimiento, y él los atrapó con la boca, chupando mis pezones duros como piedras. Placer eléctrico bajaba directo a mi clítoris, hinchado y sensible.
La intensidad subía como una tormenta. Cambiamos posiciones; me puso de rodillas en el sofá, entrando por atrás. Sus manos en mi culo, abriéndome, el ángulo perfecto para tocar ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. “¡Qué rico te sientes, Sofi! Tan apretada, tan mía”, rugió. Yo arqueaba la espalda, empujando contra él, perdida en el fuego. Mis pensamientos eran un torbellino: Esto es empoderador, yo lo quiero tanto como él a mí. No hay juegos sucios, solo puro deseo mutuo.
Sentía cada vena de su verga rozándome, el calor de sus bolas golpeando mi piel. El clímax se acercaba, mis piernas temblaban. “Vente conmigo, carnal”, le supliqué. Él aceleró, una mano bajando a frotar mi clítoris en círculos rápidos. Explosión. Mi orgasmo me sacudió como un maremoto, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como animal.
Colapsamos juntos, jadeantes, enredados en el sofá. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo desbocado contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el aroma fresco de la villa. “Te extrañé tanto, mi amor”, murmuró, acariciando mi cabello revuelto.
Nos duchamos después, bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, explorando de nuevo, pero con ternura. Salimos envueltos en toallas, y nos acostamos en la cama king size con vista al mar. La luna iluminaba las olas, un soundtrack perfecto para nuestro afterglow.
Abismo de pasión capítulo 62 cerrado con broche de oro. Pero sé que habrá más capítulos, porque esto no termina aquí.
Conversamos en susurros sobre el futuro, riéndonos de nuestras pendejadas pasadas. “No más separaciones, ¿eh, güey?”, dije, acurrucada en su brazo. Él me apretó fuerte. “Nunca, Sofi. Eres mi todo”. El sueño nos venció así, con el sonido del mar arrullándonos, piel contra piel, almas en paz. Mañana sería otro día en este paraíso, pero esta noche, el abismo nos había consumido por completo, dejándonos renacidos en la pasión.