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Gran Final del Abismo de Pasion

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Gran Final del Abismo de Pasion

El sol se ponía sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en las olas del Pacífico. Yo, Ana, acababa de llegar a esa villa rentada con vistas al mar, mi corazón latiendo como tambor de mariachi. Hacía meses que no veía a Marco, mi carnal en este juego de pasiones prohibidas por la distancia. Él estaba ahí, esperándome en la terraza, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Neta, carnal, ¿por qué tardaste tanto? me dijo, acercándose con ese paso chulo que siempre me ponía caliente.

Lo abracé fuerte, sintiendo su pecho duro contra mis tetas, el olor a sal marina mezclado con su colonia barata pero tan chingona. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo como si fuera suyo desde siempre.

Esto va a ser el gran final de nuestro abismo de pasión, Ana. Lo juro por la Virgen de Guadalupe.
Susurró en mi oído, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. El viento traía el rumor de las olas rompiendo, y el sabor salado del mar se pegaba a nuestra piel sudada por el calor de la tarde.

Entramos a la villa, un lugar chido con muebles de madera oscura y cortinas blancas que ondeaban como fantasmas. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, y brindamos por las noches que nos habíamos perdido. Hablábamos de todo y nada: de mi pinche trabajo en la ciudad, de sus aventuras como DJ en los antros de Guadalajara. Pero la tensión crecía, como la marea subiendo. Sus ojos se clavaban en mi escote, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. ¿Quieres que te prepare algo de cenar, o prefieres que te coma a ti primero? bromeó, y yo reí, pero mi cuerpo ya gritaba .

En el segundo acto de nuestra noche, la cosa se puso seria. Nos sentamos en el sofá de la sala, con la puerta abierta al mar. Marco me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y deseo puro. Su lengua exploraba mi boca, juguetona, mientras sus manos subían por mis muslos, rozando la piel sensible bajo mi falda corta. Sentía el calor de su verga endureciéndose contra mi pierna, y un jadeo se me escapó.

Marco, no mames, me estás volviendo loca.
Le dije, mordiéndome el labio.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. El aire fresco de la noche me erizaba la piel, contrastando con el fuego de su boca en mi cuello, bajando hasta mis tetas. Chupó un pezón con hambre, succionando fuerte, y yo arqueé la espalda, gimiendo como nunca. Olía a su sudor mezclado con el mío, un aroma almizclado que me hacía mojarme más. Sus dedos se colaron en mi calzón, encontrando mi clítoris hinchado, y empezó a frotar en círculos lentos. Estás chorreando, mi reina. Murmuró, y yo solo pude asentir, perdida en el placer que subía como lava.

Pero no era solo físico; en mi cabeza daban vueltas los recuerdos. Habíamos empezado esto hace un año, en una fiesta en Mazatlán, cuando él era el DJ y yo una desconocida bailando reggaetón. Desde entonces, cada encuentro era un abismo más profundo, un vicio que nos consumía. ¿Y si esto es lo último? Pensé mientras él me bajaba la falda, pero lo eché a un lado. Quería más, necesitaba ese gran final de abismo de pasión que prometía.

Lo empujé al sofá, montándome encima. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de ganas. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso acelerado bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como animal. ¡Órale, Ana, qué mamada tan chingona! Exclamó, enredando sus dedos en mi pelo. Yo la chupaba profundo, dejando que rozara mi garganta, el sonido húmedo de mi boca llenando la habitación junto al eco de las olas.

La intensidad subía. Me levantó como si no pesara nada –gracias a sus horas en el gym– y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves contra mi espalda desnuda. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, lamiendo hasta llegar a mi coño empapado. Su lengua era mágica, danzando sobre mi clítoris, metiéndose adentro, probando mis jugos dulces y salados. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas, el olor a sexo impregnando el aire.

No pares, pendejo, dame más.
Le rogué, y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos que me follaban al ritmo de su boca.

El conflicto interno me azotaba: ¿era solo lujuria o algo más? Marco no era de compromisos, y yo tampoco, pero en ese momento, con su cara enterrada entre mis piernas, sentía que podíamos caer juntos en ese abismo eterno. Orgasmos pequeños me sacudían, preparándome para el grande. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué rico, carnal, lléname! Grité, y él empezó a bombear, fuerte y profundo.

En el clímax, todo explotó. Nos movíamos como uno, piel contra piel resbalosa de sudor, el slap-slap de nuestros cuerpos uniéndose al rugido del mar. Sus bolas chocaban contra mi culo, sus manos apretando mis tetas, pellizcando pezones. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Más rápido, Marco, ¡dame el gran final de abismo de pasión! Le supliqué, y él aceleró, follándome como poseído. Sentí la ola venir, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, el placer cegador explotando en estrellas detrás de mis ojos cerrados.

Él se corrió segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeantes, el corazón tronando como trueno. El afterglow fue puro éxtasis: su peso sobre mí reconfortante, el olor a sexo y mar envolviéndonos, el sabor de sus besos post-orgasmo.

Esto fue épico, Ana. El gran final perfecto.
Dijo, acariciando mi pelo.

Nos quedamos así, mirando el techo mientras la luna salía. No hubo promesas, solo la certeza de que habíamos tocado el fondo de ese abismo y salido flotando. Mañana él volvería a su vida nómada, yo a la mía, pero esta noche era nuestra. El viento susurraba secretos al mar, y yo sonreí, satisfecha, sabiendo que el deseo siempre renace en México, tierra de pasiones infinitas.

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