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Atrapada en Cadenas de Pasion

6494 palabras

Atrapada en Cadenas de Pasion

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín en flor, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la playa privada de esa villa lujosa. Yo, Ana, había llegado con mis amigas para un fin de semana de escape, pero desde que crucé la puerta del jardín iluminado con antorchas, mis ojos no se despegaban de él. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chulo por todos lados, estaba recargado en la barra improvisada, sirviéndose un tequila reposado. Neta, el wey era un pinche sueño andante, con camisa de lino abierta hasta el pecho, mostrando piel bronceada que invitaba a tocar.

Me acerqué con mi vestido rojo ceñido, sintiendo cómo la brisa jugaba con el dobladillo, subiéndolo un poquito para dejar ver mis muslos. Órale, Ana, no te rajes, me dije mientras pedía un margarita. Nuestras miradas chocaron, y él levantó su vaso en un brindis silencioso. "Qué onda, preciosa. ¿Vienes a romper corazones o nomás a bailar?", me soltó con esa voz ronca que me erizó la piel. Reí, coqueta, y le contesté: "Depende del ritmo, guapo. Si es bueno, rompo lo que sea".

La música ranchera fusionada con reggaetón empezó a sonar, y él me tomó de la mano sin pedir permiso, pero con un guiño que lo hacía todo consensual, todo deseado. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina. Olía a colonia fresca con un toque de mar, y cada roce de su cadera contra la mía mandaba chispas directas a mi entrepierna.

¿Por qué carajos me siento tan viva con este desconocido? Esas cadenas de pasión que mencionó en un comentario, como si leyera mi mente...
Porque sí, en medio del baile, murmuró al oído: "Siento que nos atan cadenas de pasión desde el primer vistazo". Sus palabras me mojaron al instante.

La tensión crecía con cada copa, cada mirada cargada. Mis amigas ya andaban en su rollo, así que cuando él sugirió "vamos a un lugar más tranquilo", asentí, el pulso acelerado latiéndome en las sienes. Subimos las escaleras de la villa hacia su habitación, una suite con balcón al mar, velas parpadeando y una cama king size cubierta de sábanas de satén negro. En la pared, cadenas decorativas de terciopelo colgaban como arte erótico, rojas y suaves al tacto. "Son cadenas de pasión", dijo él, rozando una con los dedos. "Para atar lo que no quieres soltar". Mi corazón tronó. Sí, pendejo, átame a ti.

Empezó lento, besándome el cuello mientras sus manos exploraban mi espalda, bajando el zipper del vestido con deliberada lentitud. La tela cayó al piso con un susurro, dejándome en lencería de encaje negro que compré pensando en noches como esta. Él se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y un vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su pantalón. Lo besé con hambre, saboreando el tequila en su lengua, salado y dulce. Sus manos amasaron mis senos, pulgares rozando pezones que se endurecieron como piedras bajo su toque. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.

"¿Quieres jugar con las cadenas?", preguntó, ojos brillantes de deseo mutuo. "Sí, Javier, átame. Hazme tuya", respondí, empoderada en mi entrega. Me llevó a la cama, y con ternura envolvió mis muñecas en esas cadenas de terciopelo, asegurándolas al cabecero. No dolían, solo restringían lo justo para avivar el fuego. Estaba expuesta, vulnerable pero excitada como nunca, mi piel erizada por la brisa del ventilador y su mirada devorándome. Él se arrodilló entre mis piernas, besando desde los tobillos hasta los muslos internos, donde el aroma de mi excitación lo recibió. "Hueles a paraíso, mamacita", gruñó, lamiendo la piel sensible.

La anticipación me tenía al borde. Su lengua llegó a mi centro, separando los labios con maestría, saboreándome como si fuera el mejor postre. Chupó mi clítoris con succiones suaves que me arquearon la espalda, el roce de las cadenas recordándome mi rendición voluntaria. Qué rico, wey, no pares. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras su boca no cejaba. El sonido húmedo de su festín se mezclaba con mis jadeos y el lejano romper de olas. Sudor perlaba su frente, goteando sobre mi vientre, cálido y salado cuando lo lamí después.

Pero quería más, necesitaba sentirlo dentro. "Libérame, Javier, fóllame ya", supliqué, y él obedeció, soltando las cadenas con un clic que vibró en mi pecho. Me volteó boca abajo, elevando mis caderas, y se posicionó detrás. Su verga, dura y gruesa, rozó mi entrada, untándose en mis jugos. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Ay, carajo, qué apretadita!", exclamó, y yo respondí con un gemido gutural. Empezó a bombear, profundo y rítmico, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto al crujir de la cama y nuestros alaridos.

Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos mientras follábamos. Sus manos en mis caderas, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas que mañana recordaría. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y embriagador. Sentía cada vena de su miembro pulsando dentro de mí, cada contracción de mis paredes apretándolo. "Ven conmigo, Ana, déjate llevar por estas cadenas de pasión", jadeó, y eso me catapultó. El orgasmo me golpeó como una ola gigante, contrayéndome alrededor de él, milking su verga hasta que él rugió, llenándome con chorros calientes que se desbordaron por mis muslos.

Colapsamos enredados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Él me besó la frente, desatando las cadenas por completo, masajeando mis muñecas con dulzura. "Eres increíble, preciosa. Esas cadenas nos unen más que cualquier cosa". Yo sonreí, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El mar susurraba afuera, las velas parpadeaban bajas, y un afterglow tibio nos envolvía.

No sé si será solo esta noche, pero neta, valió cada segundo de esta pasión encadenada.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más. Caminé de regreso a mi habitación con piernas temblorosas, el eco de placer latiendo en mi cuerpo. Aquellas cadenas de pasión no eran de terciopelo, eran de deseo puro, y me tenían atrapada para siempre en su hechizo.

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