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Frases de Lujuria y Pasión

6993 palabras

Frases de Lujuria y Pasión

La noche en el rooftop de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que invita a pecar. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban allá abajo como estrellas traviesas, y el aire olía a mezcal ahumado mezclado con el perfume dulce de las mujeres que bailaban al ritmo de cumbia rebajada. Yo, Valeria, acababa de cumplir treinta y cinco, con un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas como si fueran un mapa del tesoro. Me recargué en la barandilla, sorbiendo mi margarita, cuando lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble. Se llamaba Diego, carnal de un amigo, y sus ojos me devoraban sin disimulo.

¿Qué chingados me pasa? Este güey me mira como si ya me tuviera en su cama, y yo aquí sintiendo que mi piel se eriza solo con su mirada.
Me acerqué a la barra donde él pedía un trago, rozando su brazo "por accidente". –Órale, qué coincidencia, ¿no? le dije, con voz ronca de tanto humo y deseo contenido. Él se giró, oliendo a colonia fresca y algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

–Coincidencia nada, preciosa. Te vi desde que entraste y pensé: esa morra tiene fuego en los ojos –respondió, su aliento cálido rozando mi oreja. Empezamos a platicar, y de pronto, las palabras se volvieron frases de lujuria y pasión. No eran pendejadas vacías; cada una caía como una caricia prohibida. –Imagínate mis manos recorriendo tu espalda, bajando lento hasta donde el vestido termina – murmuró, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.

La música retumbaba, cuerpos sudados chocaban a nuestro alrededor, pero nosotros estábamos en nuestro propio mundo. Su mano rozó la mía al pasarme el vaso, y el toque fue eléctrico: piel contra piel, cálida, firme. Olía a su sudor limpio, mezclado con el limón de la bebida. –Quiero probar tus labios, Valeria, sentir cómo sabes a deseo puro – dijo, y yo reí bajito, pero mi pulso se aceleraba.

Neta, este vato sabe hablar. Cada frase me moja más, me hace imaginarlo encima de mí, gruñendo mi nombre.

El deseo crecía como una ola en el Pacífico, inevitable. Bailamos pegados, su cadera contra la mía, duro ya contra mi muslo. Sus labios rozaron mi cuello, susurrando: –Tu piel es seda caliente, nena, y yo quiero perderme en ella toda la noche. Gemí bajito, el sonido perdido en la multitud. El olor a su excitación me volvía loca, ese almizcle masculino que prometía placeres intensos.

Acto seguido, no aguantamos más. Tomamos un taxi, sus manos impacientes bajo mi falda en el asiento trasero. El chofer ni se inmutó –en esta ciudad, todo pasa–. Llegamos a mi depa en la Roma, un lugar chido con vistas al skyline y velas aromáticas que ya ardían. Apenas cerré la puerta, me empujó contra la pared, besándome con hambre. Sus labios sabían a tequila y urgencia, lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y feroz.

–Quítate eso, déjame verte toda – ordenó con voz grave, y yo obedecí, el vestido cayendo como una promesa rota. Quedé en lencería negra, pechos subiendo y bajando con cada respiro jadeante. Él se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue: pectorales firmes, abdomen marcado, y esa verga erecta, gruesa, palpitante.

Dios mío, qué pedazo de hombre. Quiero devorarlo entero, sentirlo llenándome hasta el fondo.

Me levantó en brazos, llevándome a la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio suaves como un susurro. Me tendió boca arriba, besando mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Sus manos amasaban mis tetas, pulgares rozando pezones duros como piedras preciosas. Gemí fuerte cuando su boca los capturó, chupando con succiones que enviaban descargas directas a mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, impregnando el aire.

Dime qué quieres, Valeria. Dime con tus frases de lujuria y pasión – exigió, su aliento caliente en mi ombligo. Yo arqueé la espalda, piernas abriéndose instintivamente. –Quiero tu lengua ahí abajo, Diego, lamiéndome hasta que grite tu nombre. Fóllame con la boca primero, hazme tuya. Él sonrió lobuno y descendió, nariz rozando mi monte de Venus depilado. Su lengua trazó mi raja húmeda, saboreando mis jugos con un gruñido animal. Lamer, chupar, succionar –cada movimiento era poesía erótica. Sentí su barba raspando mis muslos internos, el roce delicioso, mientras dos dedos entraban en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

El placer subía en espiral, mis caderas ondulando contra su cara. El sonido de mis gemidos llenaba la habitación, mezclados con el chapoteo obsceno de su boca en mi coño empapado. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose.

No pares, cabrón, estoy tan cerca... tus frases me encendieron, ahora tu lengua me va a explotar.
Exploté en un orgasmo brutal, piernas temblando, uñas clavadas en su espalda, gritando: ¡Sí, Diego, joder, qué rico!

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, nalgas en pompa, y su verga presionó mi entrada desde atrás. –Ahora sí, nena, te voy a follar como mereces – prometió, embistiéndome de un solo golpe. Lleno, estirado, perfecto. Cada estocada era profunda, sus bolas golpeando mi clítoris, ritmo salvaje como tambores aztecas. Agarró mis caderas, piel contra piel cacheteando, sudor goteando de su pecho a mi espalda.

Me giró de nuevo, misionero para vernos a los ojos. Sus embestidas se volvieron circulares, frotando mi punto G con maestría. –Eres una diosa, Valeria, tu coño me aprieta como guante de terciopelo caliente – jadeó, y yo respondí con mis propias frases de lujuria y pasión: –Más duro, amor, rómpeme, hazme sentir viva. El olor a sexo puro nos envolvía, testosterona y estrógeno bailando en el aire. Sus músculos se tensaban bajo mis uñas, pulsos latiendo al unísono.

La tensión creció hasta lo imposible, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él aceleró, gruñendo como fiera: –Me vengo, preciosa, adentro tuyo. Yo exploté primero, orgasmo múltiple que me dejó ciega, cuerpo convulsionando, jugos chorreando. Él se hundió profundo, chorros calientes inundándome, su peso colapsando sobre mí en éxtasis compartido.

Quedamos jadeando, enredados en sábanas revueltas y cuerpos exhaustos. Su beso post-coital fue tierno, labios suaves contrastando la pasión anterior. El skyline brillaba afuera, testigo mudo.

Estas frases de lujuria y pasión no fueron solo palabras; nos unieron en carne viva. ¿Vendrá más? Neta, quiero que sí.
Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón ralentizarse, oliendo nuestra mezcla íntima. La noche terminaba, pero el fuego apenas empezaba.

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