Pasión de Gavilanes Capítulo 83 Fuego en la Sangre
La noche caía sobre el departamento en la colonia Roma, con ese calor pegajoso de la Ciudad de México que se colaba por las ventanas entreabiertas. Yo, Sofía, me recosté en el sillón de cuero negro, con las piernas cruzadas y un vaso de mezcal helado en la mano. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a las tortillas calentándose en la comal. Encendí la tele, ansiosa por Pasión de Gavilanes capítulo 83. Esa novela me tenía loca, con sus venganzas y amores prohibidos que me aceleraban el pulso cada martes.
La pantalla se iluminó con la hacienda de los Reyes, el viento susurrando entre los cafetales. Juan Darío y Rosalba se miraban con esa intensidad que quema, sus cuerpos tensos como alambres.
"¡No puedo resistir más, mi amor!"gritaba él, y ella respondía con un jadeo que me erizaba la piel. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el mezcal bajando ardiente por mi garganta, dulce y ahumado. Me acomodé el short de algodón, que ya se sentía húmedo contra mi piel morena.
La puerta se abrió de golpe. Era Alejandro, mi carnal, mi todo. Alto, con esa barba de tres días que tanto me gustaba raspar con los dientes, y una playera ajustada que marcaba sus pectorales. Traía olor a cerveza y tabaco de la cantina con los cuates. Órale, qué chulo se veía bajo la luz ámbar del foco.
—Neta, Sofi, ¿otra vez con la novela? —rió, tirando las llaves en la mesa. Su voz grave retumbó en mi pecho.
—Ven, wey, justo Pasión de Gavilanes capítulo 83. Mira cómo se avientan —le dije, palmeando el sillón a mi lado.
Se acercó, su presencia llenando el cuarto como un imán. Se sentó pegadito, su muslo rozando el mío, cálido y firme. El roce envió chispas por mi espina. En la tele, Juan besaba a Rosalba con furia, sus manos devorando su blusa. El sonido de sus labios chocando, húmedos y urgentes, se mezcló con el zumbido del ventilador.
—Pinche novela caliente —murmuró Alejandro, su aliento caliente en mi oreja. Su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. Sentí el pulso latiendo ahí, traicionero.
Mi mente divagaba. ¿Por qué esta escena siempre me prende tanto? Es como si fueran nosotros, con ese fuego que no se apaga.
Acto primero: el deseo inicial. Nuestras miradas se cruzaron mientras los amantes en pantalla se arrancaban la ropa. El corazón me martilleaba, el mezcal olvidado en la mesa. Alejandro me jaló hacia él, su boca capturando la mía. Sabía a chela y a hombre, áspero y dulce. Su lengua exploró, bailando con la mía, mientras sus dedos se clavaban en mi cadera. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso.
Nos separamos un segundo, jadeantes. En la tele, Rosalba arqueaba la espalda, sus pechos subiendo y bajando. Pasión de Gavilanes capítulo 83 era puro fuego, y nosotros ardíamos con ellos.
—Estás mojadita ya, ¿verdad, mi reina? —susurró Alejandro, su voz ronca como grava. Su mano subió más, rozando el borde de mis panties. El tacto era eléctrico, mi piel erizándose.
—Pos claro, pendejo. Tú me traes así siempre —respondí, mordiéndome el labio. Lo empujé contra el sillón, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de los jeans. Dura como piedra, palpitante.
El escalo: la tensión subiendo. Le quité la playera de un tirón, exponiendo su torso bronceado, marcado por horas en el gym. Olía a sudor limpio y loción de sándalo. Mis uñas arañaron su pecho, dejando surcos rojos. Él gruñó, sus manos amasando mis nalgas, apretando la carne suave.
—Quítate eso, Sofi. Quiero verte —ordenó, pero suave, con esa mirada que me derrite.
Me paré un momento, el cuarto girando un poco por el mezcal. Me deslicé el short y la blusa, quedando en bra y tanga negra de encaje. Mis tetas llenas se alzaban con cada respiración, pezones duros como balines. Alejandro se lamió los labios, ojos oscuros de hambre.
Volví a montarlo, frotándome contra su bulto. El roce era delicioso, mi clítoris hinchado rozando la tela áspera. Gemidos escapaban de mi garganta, mezclándose con los de la novela. Juan ya tenía a Rosalba desnuda, lamiendo su cuello, bajando a sus pechos. Qué envidia, pensé.
Alejandro desabrochó mi bra, liberando mis chichis. Las tomó en sus palmas callosas, pellizcando los pezones. Dolor placeroso que me arqueó la espalda. Bajó la boca, chupando uno, la lengua girando húmeda y caliente. Saboreé el sudor salado de su nuca mientras le clavaba las uñas.
—¡Ay, cabrón! No pares —supliqué, mi voz quebrada.
Sus dedos se colaron en mi tanga, encontrando mi coño empapado. Deslizó uno adentro, luego dos, curvándolos contra ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chorreante de mi humedad llenó el aire, obsceno y excitante. Mi cadera se movía sola, cabalgando su mano. El olor a sexo se alzaba, almizclado y dulce, mezclándose con el jazmín.
Lo besé con furia, mordiendo su labio inferior. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mano, apretando, sintiendo el pulso furioso. Él siseó, caderas alzándose.
—Métetela ya, Sofi. No aguanto —rogó.
Pero yo quería jugar. Me deslicé al piso, de rodillas entre sus piernas. El sillón crujió. Lamí la punta, salada y suave. Luego lo engullí, mi boca caliente envolviéndolo. Chupé despacio, lengua girando, garganta relajándose para tomarlo hondo. Sus manos enredadas en mi pelo, guiando sin forzar. Gemía fuerte, "¡Qué rico, mi amor!"
En la tele, el clímax de Pasión de Gavilanes capítulo 83: Juan embistiendo a Rosalba, sus gritos de placer ecoando. Nosotros íbamos por el mismo camino.
La liberación: el pico. Me subí de nuevo, quitándome la tanga de un jalón. Posicioné su verga en mi entrada, resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Madre santa! El placer era cegador, mi clítoris frotando su pubis.
Cabalgue salvaje, tetas rebotando, sudor chorreando por mi espalda. Él embestía arriba, fuerte, profundo. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el zumbido de la tele. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante.
—¡Me vengo, Alejandro! —grité, mi coño contrayéndose alrededor de él, leche caliente saliendo.
Él rugió, clavándome más hondo, su semen explotando dentro, cálido y espeso. Colapsamos juntos, temblando, piel pegajosa de sudor.
El afterglow. La novela terminó con créditos rodando, pero nosotros quedamos enredados en el sillón. Su pecho subía y bajaba bajo mi mejilla, corazón galopando. Besé su piel salada, inhalando su olor a sexo y amor.
—Pinche Pasión de Gavilanes capítulo 83, nos prendió cañón —rió bajito, acariciando mi espalda.
—Sí, pero contigo es mejor —susurré, mi mano bajando a su verga, aún semi-dura. Round dos después, pensé con picardía.
Nos quedamos así, en calma, el ventilador secando nuestro sudor, la noche envolviéndonos. Ese fuego no se apagaba nunca; era nuestro, eterno como las novelas que tanto amábamos.