Dibujar Es Mi Pasión Meme En Tu Cuerpo
Yo siempre he dicho que dibujar es mi pasión meme, neta, lo pongo en todos lados: en mi Insta, en mis libretas, hasta en el espejo del baño pa recordármelo cada mañana. Vivo en un departamentito chiquito en Coyoacán, rodeada de lienzos, pinceles y ese olor a trementina que me pone creativa. Soy Carla, veintiocho pirulos, y mi vida es un desmadre de trazos y sombras hasta que llegó Marco.
Lo conocí en la tiendita de materiales de arte, la de la esquina con la placita. Yo andaba buscando carboncillo grueso, el que deja marcas bien prietas, y él estaba ahí, revisando óleos como si supiera de verdad. Alto, moreno, con brazos que se marcaban bajo la playera ajustada y una sonrisa que te hacía cosquillas en el estómago. ¿Qué wey tan guapo? pensé mientras lo veía de reojo.
—Órale, carnala, ¿tú también dibujas? —me soltó de repente, con esa voz grave que vibraba en el aire.
—Neta que sí, dibujar es mi pasión meme —le contesté riendo, sacando mi libretita pa mostrarle un bosquejo rápido que acababa de hacer de un gato callejero.
Se acercó, su olor a jabón fresco y un toque de sudor del día me llegó directo al cerebro. Sus ojos se clavaron en el papel, y luego en mí. Hablamos un rato de técnicas, de cómo el carboncillo se siente como una caricia áspera sobre la piel del papel.
¿Y si le pido que pose pa mí?se me ocurrió, y antes de pensarlo dos veces, lo invité a mi estudio. —Ven, te muestro mis chingaderas —le dije, y él, con una ceja arqueada, aceptó.
En el estudio, el sol de la tarde se colaba por las ventanas altas, pintando todo de dorado. Le ofrecí un mezcalito de los buenos, de Oaxaca, que quema suave en la garganta y afloja las inhibiciones. Nos sentamos en el sillón viejo, rodeados de mis dibujos eróticos —sí, wey, dibujo cuerpos desnudos, curvas que se retuercen de placer, porque el arte sin pasión no es nada.
—¿Quieres que te dibuje? —le pregunté, mordiéndome el labio sin querer.
Marco se rio, se quitó la playera despacio, dejando ver ese pecho moreno, músculos que se contraían con cada respiración. —Chido, pero hazme justicia, ¿eh? —dijo, acomodándose en la posa nudos, jeans abajo un poco, mostrando el bultito que ya se notaba.
Agarré el carboncillo, mi mano temblaba un poquito. El aire se sentía pesado, cargado de ese silencio que precede a la tormenta. Empecé por sus hombros anchos, el trazo áspero raspando el papel como si fuera su piel. Lo veía fijamente: el sudor perlado en su clavícula brillando bajo la luz, el subir y bajar de su pecho, el olor a hombre mezclado con el mezcal. Mi corazón latía fuerte, pinche calor, pensé, mientras sentía un cosquilleo entre las piernas.
Pasaron minutos que parecieron horas. Él no se movía, pero sus ojos me devoraban. —¿Te gusta lo que ves? —preguntó con voz ronca.
—Mucho —admití, dejando el carboncillo. Me acerqué, mi rodilla rozó la suya. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave. Le pasé los dedos por el brazo, trazando las líneas que acababa de dibujar. Él gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel.
Acto dos del desmadre: la tensión explotó. Marco me jaló hacia él, sus manos grandes en mi cintura, apretando justo donde duele rico. Nuestros labios se chocaron, besos hambrientos, lenguas enredadas con sabor a mezcal y deseo. Sabe a gloria, carajo, pensé mientras le mordía el labio inferior. Me quitó la blusa con urgencia, sus palmas callosas rozando mis pezones, que se pusieron duros como piedras.
—Eres chingona dibujando, pero yo quiero que me dibujes con tu cuerpo —murmuró contra mi cuello, lamiendo el sudor salado. Me recargó en la mesa de trabajo, papeles y pinceles volando al suelo con ruido sordo. El aire olía a nosotros: almizcle de excitación, trementina pegajosa, piel caliente.
Le bajé los jeans, su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La toqué despacio, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero duro. Él jadeaba, —Así, mami, agárrala fuerte. Yo me mojé tanto que sentía el chorrito resbalando por mis muslos. Me abrió las piernas, sus dedos explorando mi concha empapada, rozando el clítoris con círculos perfectos. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes del estudio.
Me volteó, mi culo en pompa sobre la mesa, y entró de un empujón lento, centímetro a centímetro. ¡Pinche madre, qué rico! Llenándome hasta el fondo, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. El ritmo empezó suave, como un trazo fino, luego furioso, como carboncillo salvaje. Sudor goteando de su frente a mi espalda, mezclándose, oliendo a sexo puro. Mis uñas clavadas en la madera, gritando —¡Más fuerte, wey, chíngame duro!
Internamente, era un torbellino:
Esto es mejor que cualquier dibujo, su cuerpo es mi lienzo vivo, cada embestida un trazo de placer. Él me volteó de nuevo, cara a cara, piernas enredadas. Nuestros ojos conectados, respiraciones sincronizadas. Me penetró profundo, su mano en mi clítoris frotando sin piedad. El orgasmo me pegó como un rayo, olas de fuego desde el vientre explotando en gritos ahogados, mi concha apretándolo como un puño.
Marco se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente inundándome, resbalando pegajosa por mis muslos. Colapsamos juntos, pieles pegadas, corazones galopando al unísono.
En el afterglow, yacíamos en el sillón, envueltos en una sábana ligera. El sol se ponía, tiñendo el cuarto de rojo pasión. Él me acariciaba el pelo, yo trazaba círculos perezosos en su pecho con el dedo. —Dibujar es mi pasión meme, pero esto... esto lo supera todo —le susurré, riendo bajito.
—Neta, carnala, eres mi musa ahora —respondió, besándome la frente. Sentí una paz chida, como si hubiera cerrado un ciclo perfecto: del lápiz al cuerpo, del deseo al éxtasis. Afuera, el bullicio de Coyoacán empezaba, pero adentro, solo existíamos nosotros, con el olor a sexo impregnado en el aire y la promesa de más trazos por venir.