Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Amor Pasional y Amor Verdadero Entrelazados Amor Pasional y Amor Verdadero Entrelazados

Amor Pasional y Amor Verdadero Entrelazados

6924 palabras

Amor Pasional y Amor Verdadero Entrelazados

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Yo, Ana, acababa de llegar de un largo viaje por el país, con el corazón latiendo fuerte por él. Javier, mi carnal de toda la vida, ese macho que me conocía como nadie, me esperaba en la cabaña que rentamos junto al mar. Habíamos empezado como amigos, pero un día, en una fiesta en Guadalajara, todo cambió. Sus ojos cafés me atraparon, y desde entonces, cada encuentro era fuego puro.

Lo vi recostado en la hamaca, con su piel morena brillando por el sudor, la camisa abierta dejando ver ese pecho firme que tantas veces había lamido.

"Ven acá, chula, que te extrañé cañón",
me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Me acerqué, sintiendo la arena caliente bajo mis pies descalzos, el olor salado del mar mezclándose con su aroma a hombre, a loción de coco y algo más primitivo, como deseo crudo.

Nos besamos despacio al principio, sus labios suaves contra los míos, probando el salitre en su lengua. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el nudo de mi pareo. Qué rico se siente esto, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un calor que subía desde el vientre. Pero no era solo lujuria; era ese amor pasional y amor verdadero que nos unía, el que hacía que cada caricia doliera de tan intensa.

Entramos a la cabaña, el aire fresco del ventilador contrastando con el bochorno exterior. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, y me depositó en la cama king size, con sábanas blancas que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa, revelando esos abdominales que se contraían con cada respiración agitada. Yo me quité el bikini, sintiendo sus ojos devorándome, recorriendo mis curvas, mis pechos llenos, mi vientre plano y las caderas anchas que él tanto amaba agarrar.

¿Por qué me pones tan caliente, pendejo? me dije en silencio, mientras él se arrodillaba entre mis piernas. Sus dedos trazaron líneas de fuego por mis muslos internos, subiendo hasta rozar mi centro húmedo. Gemí bajito, el sonido ahogado por el rumor de las olas afuera. Olía a mar y a mi propia excitación, ese musk dulce que lo volvía loco.

"Estás mojada para mí, ¿verdad, mi reina?",
murmuró, y su aliento caliente contra mi piel me hizo arquear la espalda.

Empecé a perder el control en ese momento, pero Javier era experto en alargar el juego. Me besó el ombligo, lamiendo el sudor salado, bajando despacio hasta llegar a mi clítoris hinchado. Su lengua era mágica, círculos lentos que me hacían jadear, mis manos enredadas en su pelo negro y ondulado. Sentía cada roce como electricidad, pulsos que subían por mi espina dorsal. No pares, carnal, no pares, suplicaba en mi mente, mientras el placer se acumulaba como una ola gigante a punto de romper.

Pero él se detuvo, subiendo para besarme la boca, compartiendo mi sabor en sus labios.

"Quiero sentirte toda, Ana. Este amor pasional y amor verdadero no se apura."
Se quitó el short, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó contra mi muslo. La agarré, sintiendo su calor palpitante en mi palma, el velcro suave de la piel contra mi tacto. La apreté, moviendo la mano arriba y abajo, oyendo sus gruñidos roncos que vibraban en su pecho.

Nos volteamos, yo encima ahora, montándolo como una amazona. Froté mi concha contra su longitud, lubricándonos mutuamente, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. El sol se colaba por las cortinas, iluminando gotas de sudor en su torso. Olía a sexo, a nosotros, a sal y pasión. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. ¡Ay, Dios, qué grande está! grité en mi cabeza, mientras empezaba a mover las caderas en círculos lentos.

El ritmo aumentó, sus manos en mis nalgas guiándome, pellizcándome juguetón.

"Muévete así, mamacita, qué rico te sientes."
Yo cabalgaba más fuerte, mis pechos rebotando, el slap-slap de nuestros cuerpos uniéndose como música erótica. Sudábamos juntos, el olor almizclado envolviéndonos, sus gemidos mezclándose con los míos. Sentía su pulso dentro de mí, latiendo al compás del mío, ese lazo invisible de amor verdadero que hacía el amor pasional eterno.

Pero la tensión crecía, un nudo en mi bajo vientre que pedía explosión. Javier me volteó de nuevo, poniéndome de rodillas, entrando por detrás con un empujón profundo que me sacó un grito. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada estocada, rápido, fuerte, animal. Agarraba mi pelo con gentileza, tirando lo justo para arquearme más. Me vengo, me vengo, pensé, mientras el orgasmo me golpeaba como una tormenta, ondas de placer sacudiendo mi cuerpo, contrayéndome alrededor de él.

Él no tardó, gruñendo mi nombre,

"¡Ana, mi vida!"
mientras se derramaba dentro de mí, caliente, abundante, marcándome como suyo. Nos derrumbamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón tronándole en el pecho contra el mío. El aire olía a semen y sudor, a nosotros satisfechos.

Después, en la calma, nos quedamos abrazados, escuchando el mar. Javier me besó la frente, sus dedos trazando patrones perezosos en mi espalda.

"Esto es lo nuestro, ¿sabes? Amor pasional y amor verdadero, sin chingaderas."
Sonreí, sintiendo una paz profunda, ese glow post-sexo que ilumina el alma. Fuera, el sol se ponía, pintando el cielo de rosas y naranjas, pero adentro, nuestro mundo era perfecto, eterno.

Nos levantamos para ver el atardecer desde la terraza, desnudos aún, con cervezas frías en la mano. El viento jugaba con mi pelo, refrescando mi piel sensible. Javier me ceñía por la cintura, su calor contra mi espalda. Esto es la vida, pensé, saboreando la espuma fría en mis labios, el beso suave en mi cuello. No había prisas, solo nosotros, enredados en ese amor que ardía y perduraba.

La noche cayó, y volvimos a la cama, explorándonos de nuevo, más lento, más tierno. Sus labios en mis pezones, succionando hasta endurecerlos, mi mano en su verga reviviéndola. Hicimos el amor otra vez, misionero íntimo, mirándonos a los ojos, susurrando promesas.

"Te amo, corazón."
Y yo respondí con mi cuerpo, apretándolo, llevándolo al éxtasis compartido.

Al amanecer, con el canto de las gaviotas, nos despertamos enredados. Ese amor pasional y amor verdadero nos había transformado, fortalecido. En Puerto Vallarta, bajo el cielo mexicano, sabíamos que esto era para siempre, un fuego que no se apaga.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.