Devorando el Fruto de la Pasión
El sol de Michoacán caía a plomo sobre el huerto familiar, tiñendo de oro las hojas verdes y haciendo que el aire oliera a tierra húmeda y flores silvestres. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad pa' visitar a mi tía Lupe en su finca cerca de Uruapan. Hacía años que no pisaba este lugar, pero el aroma de las frutas maduras me trajo recuerdos de infancia, de correr entre los árboles persiguiendo mariposas. Qué chido volver, pensé, mientras cargaba mi maleta hacia la casa de adobe.
Ahí estaba él, Javier, el capataz de la finca. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que el sol mismo. Sus brazos fuertes, bronceados por el trabajo, cargaban una canasta llena de fruto de la pasión. Me vio y se acercó, quitándose el sombrero pa' saludar.
¡Órale, qué guapo está el wey! Se me aceleró el pulso solo de verlo.
¡Hola, Ana! ¿Ya regresaste de la gran ciudad? Tu tía me dijo que venías. Mira, acabo de cosechar estos. ¿Quieres uno?
Su voz era grave, como un ronroneo que me erizaba la piel. Me tendió una fruta morada, madura, que al partirla dejó ver su pulpa jugosa, llena de semillas negras brillantes. El olor dulce y ácido me invadió las fosas nasales, prometiendo un sabor explosivo.
—Neta, gracias, Javier. Hace rato que no pruebo uno tan fresco.
Me lo comí despacio, sintiendo el jugo resbalar por mi barbilla. Él me miraba fijo, con ojos que ardían. ¿Será que siente lo mismo que yo? Esa electricidad en el aire...
Pasamos la tarde charlando bajo un mango, platicando de la vida en el pueblo versus el desmadre citadino. Javier era viudo, con una hija ya grande en Morelia, y yo soltera después de un desamor con un pendejo de oficina. La tensión crecía con cada risa compartida, cada roce accidental de rodillas. El sol se ponía, pintando el cielo de rosas y naranjas, y el viento traía el perfume de jazmines.
Al día siguiente, mi tía nos mandó juntos al mercado de la plaza pa' vender fruta. En la camioneta vieja, con la radio sonando cumbias, su mano rozó la mía al cambiar de velocidad. Mi piel se encendió, un calor que subía desde el vientre.
—Ana, neta que estás más guapa que nunca. La ciudad te sienta bien, pero aquí luces... diferente. Más viva.
¡Ay, Dios! ¿Qué le digo? Me traes loca con esa mirada.
En el mercado, el bullicio de vendedores gritando "¡Frutas frescas, baratas!", el olor a tamales y elotes asados, nos envolvió. Vendimos rápido, y con el dinero en mano, Javier compró un elote pa' mí, untado de mayonesa y chile. Lo mordí, el sabor salado y picante me hizo gemir bajito. Él se rio.
—Si un elote te pone así, ¿qué te haría el fruto de la pasión?
Su voz era un susurro cargado de promesas. Regresamos a la finca al atardecer, y en vez de separarnos, él me invitó a su casita al fondo del huerto. "Pa' tomar un cafecito", dijo, pero ambos sabíamos que era pretexto. Entramos, el aire fresco olía a madera y a su colonia varonil, terrosa.
Se acercó despacio, sus ojos clavados en los míos. Mi corazón latía como tambor en fiesta. Extendí la mano y toqué su pecho, sintiendo el calor de su piel bajo la camisa. Él suspiró, atrayéndome contra él. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando, probando. Su lengua sabía a menta y deseo, y yo me derretí, presionando mi cuerpo al suyo.
—Javier... ¿estás seguro?
—Más que nunca, preciosa. Tú dime.
—Sí, quiero esto. Contigo.
Sus manos grandes recorrieron mi espalda, bajando a mis caderas, apretándome con urgencia contenida. Me quitó la blusa con delicadeza, besando mi cuello, mi clavícula. El roce de sus labios ásperos por el sol me hizo arquearme. Olía a sudor limpio, a hombre de campo, y yo inhalaba hondo, embriagada.
Caímos en su cama de láminas, un colchón firme cubierto de sábanas limpias. Él se desnudó primero, revelando un torso musculoso, marcado por el trabajo, y más abajo, su verga erecta, gruesa y palpitante. ¡Qué chulada! Me mojo solo de verla. Yo me quité el resto, quedando en tanga, y él gruñó de aprobación.
¡Mírate, Ana! Eres un sueño. Tus chichis perfectas, tu piel suave como seda.
Me tendió sobre las almohadas, besando mi vientre, bajando lento. Sus dedos juguetearon con mis pezones, endureciéndolos hasta doler de placer. Lamí su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras mis uñas arañaban su espalda. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, del crujir de la cama, del aroma almizclado de nuestra excitación.
Javier separó mis piernas con ternura, besando el interior de mis muslos. Su aliento caliente me volvía loca. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito, un "¡Ay, papi!" que escapó sin querer. Él lamió despacio, chupando mi humedad, introduciendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía rico. Mi cuerpo se tensaba, olas de placer subiendo desde el fondo.
—Sabe mejor que cualquier fruta, mi amor. Dulce y jugosa.
Lo jalé hacia mí, queriendo sentirlo dentro. Él se colocó, frotando su punta contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el tope. ¡Qué grande, qué perfecto! Gemí fuerte, clavando mis talones en su culo firme. Empezó a moverse, un ritmo pausado al principio, profundizando con cada embestida.
El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, se mezclaba con nuestros "¡Sí!", "¡Más duro!". Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos chocando. Él aceleró, yo lo apreté con mis paredes internas, ordeñándolo. La tensión crecía, un nudo en mi vientre listo pa' estallar.
Recordé el fruto de la pasión de ayer, su jugo chorreando. Ahora era yo la que chorreaba, por él. Javier me miró a los ojos, su rostro contorsionado de placer.
—Ven conmigo, Ana. Déjate ir.
El orgasmo me golpeó como tormenta, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras lo ordeñaba. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome con su leche caliente. Colapsamos, jadeantes, abrazados en un enredo de extremidades.
Después, yacimos en silencio, el ventilador zumbando sobre nosotros, secando nuestro sudor. Su mano acariciaba mi pelo, y yo trazaba círculos en su pecho.
Esto fue más que sexo. Fue conexión, pasión pura. ¿Volveré a la ciudad igual?
—Javier, neta que fue increíble. Como devorar el fruto más dulce.
Él rio bajito, besándome la frente.
—Y apenas empezamos, mi reina. Este huerto tiene muchos frutos pa' nosotros.
Salí al amanecer, el rocío besando la tierra, con el sabor de él aún en mi piel. La finca ya no era solo recuerdos de niña; ahora era el inicio de algo ardiente, jugoso, eterno. El fruto de la pasión nos había unido, y sabía que regresaría por más.