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Pasion Prohibida Capitulo 36 El Susurro Ardiente

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Pasion Prohibida Capitulo 36 El Susurro Ardiente

Sofía caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía juego con el fuego que le bullía en las entrañas. Hacía meses que esta pasión prohibida la consumía, y hoy, en lo que ella llamaba en su mente su pasion prohibida capitulo 36, todo iba a explotar. Su marido, ese pendejo ambicioso que pasaba más tiempo en juntas de negocios en la CDMX que en su cama, ni se enteraba de que ella había encontrado en Alejandro el hombre que la hacía sentir viva. Alejandro, el arquitecto chingón que diseñaba las casas de los ricos del pueblo, era el hermano de su mejor amiga. Prohibido total, neta. Pero ¿quién podía resistirse a esos ojos cafés profundos y a esas manos callosas que prometían placeres olvidados?

El aire olía a jazmín y a tierra húmeda después de la lluvia ligera de la tarde. Sofía ajustó el escote de su vestido rojo ceñido, sintiendo cómo la tela rozaba sus pezones endurecidos por la anticipación. ¿Y si nos cachan? ¿Y si mi carnala se entera? pensó, pero el pulso en su entrepierna le gritaba que valía la pena el riesgo. Llegó a la puerta del hotel boutique, un rincón escondido con balcones de hierro forjado y luces tenues que invitaban a los pecados. Tocó dos veces, como habían acordado, y ahí estaba él, Alejandro, con una sonrisa pícara que le derretía las rodillas.

"Ven, mi reina", murmuró él, jalándola adentro con un brazo fuerte alrededor de su cintura. La puerta se cerró con un clic suave, y de inmediato sus labios se encontraron. Besos hambrientos, con sabor a tequila reposado que él había tomado para calmar los nervios. Sofía sintió su barba incipiente raspando su piel suave, un toque áspero que la erizaba toda. "Te extrañé, wey", jadeó ella contra su boca, mientras sus manos exploraban el pecho ancho bajo la camisa de lino.

Esto es lo que necesitaba. No más noches solas, no más fingir con ese mamón de mi esposo. Aquí estoy yo, Sofía, la que manda en su deseo.

La habitación era un paraíso: cama king con sábanas de algodón egipcio, velas parpadeando y lanzando sombras danzantes en las paredes de adobe. El sonido distante de un mariachi en la plaza abajo se mezclaba con sus respiraciones agitadas. Alejandro la levantó en brazos como si no pesara nada, y la depositó en la cama con gentileza. "Mírate, tan chula, tan caliente", dijo, sus ojos devorándola mientras le subía el vestido por los muslos. Sofía arqueó la espalda, oliendo su colonia amaderada mezclada con el sudor fresco de excitación. Sus dedos trazaron la curva de sus caderas, deteniéndose en el encaje negro de sus panties, ya empapadas.

"Desnúdate para mí", ordenó ella, con voz ronca, tomando el control que tanto le gustaba. Alejandro obedeció, quitándose la camisa despacio, revelando abdominales marcados por horas en el gym y un vello oscuro que bajaba hasta su boxer abultado. Sofía se lamió los labios, imaginando el sabor salado de su piel. Se incorporó y lo jaló hacia ella, besando su cuello, mordisqueando el lóbulo de su oreja. "Me traes loca, cabrón", susurró, mientras sus uñas arañaban levemente su espalda.

El beso se profundizó, lenguas danzando en un ritmo frenético. Alejandro deslizó una mano entre sus piernas, frotando con maestría sobre la tela húmeda. Sofía gimió, el sonido ahogado contra su boca, sintiendo chispas de placer subir por su espina. "Estás chorreando, mi amor", gruñó él, quitándole las panties con un tirón suave. El aire fresco rozó su sexo expuesto, haciendo que se estremeciera. Él se arrodilló al pie de la cama, separando sus muslos con reverencia. "Déjame probarte".

Sofía se recargó en los codos, viendo cómo su cabeza morena se hundía entre sus piernas. La primera lamida fue eléctrica: lengua plana lamiendo desde la entrada hasta el clítoris hinchado, saboreando su miel dulce y salada. "¡Ay, Dios! Sí, así...", jadeó ella, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca. El sonido húmedo de su chupeteo llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos guturales. Olía a sexo puro, a deseo desatado. Sus dedos se enredaron en el cabello de él, guiándolo más profundo, mientras oleadas de placer la recorrían. No pares, no pares nunca, rogaba en silencio, sintiendo sus bolas tensas contra el colchón.

Pero Alejandro era un chingón en esto; subió, besando su vientre, sus senos liberados del vestido. Chupó un pezón rosado, endurecido como piedra, mordiéndolo suave hasta que ella gritó de placer-dolor. "Te quiero dentro, ya", suplicó Sofía, jalando su boxer. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con pre-semen en la punta. La tocó, suave al principio, sintiendo el calor y la dureza que la volvía loca. "Qué chula está tu pija", murmuró, lamiendo la cabeza, probando el sabor almendrado.

Él se posicionó, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. "¿La quieres?", preguntó con voz juguetona, torturándola. "¡Sí, pendejo, métela!", exigió ella, riendo entre jadeos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono; el sonido de carne contra carne empezó suave, luego más rápido. Sofía envolvió sus piernas alrededor de su cintura, clavando talones en su culo firme. El sudor les perlaba la piel, goteando y mezclándose, oliendo a sal y pasión. Cada embestida profunda golpeaba su punto G, enviando explosiones de éxtasis.

Esto es mío. Esta pasión prohibida es mi capítulo 36, el que me hace mujer de verdad.

La tensión crecía como una tormenta. Alejandro aceleró, sus bolas chocando contra su culo con palmadas húmedas. "Me aprietas tan rico, Sofi...", gruñó, besándola feroz. Ella clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana le recordarían esta noche. El placer se acumulaba, un nudo apretado en su bajo vientre listo para romperse. "Me vengo, cabrón... ¡ahora!", gritó, su concha convulsionando alrededor de él, ordeñándolo. Oleadas y oleadas, visión nublada, cuerpo temblando como hoja.

Alejandro la siguió segundos después, embistiendo profundo una última vez, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo. "¡Sí, mi amor!", rugió, colapsando sobre ella. Permanecieron unidos, respiraciones entrecortadas sincronizadas, piel pegajosa y cardíacos latiendo al unísono. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del balcón abierto.

Después, en la afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas. Alejandro le acariciaba el cabello húmedo, besando su frente. "Neta, esto no puede acabar", murmuró. Sofía sonrió, trazando círculos en su pecho. ¿Y mi marido? ¿La familia? pensó, pero por primera vez, no importaba. Esta pasión prohibida la había empoderado, le había devuelto el control. "No acabará, mi chulo. Esto es solo el principio de muchos capítulos más", respondió, sellando la promesa con un beso lento, saboreando el futuro dulce que les esperaba.

La noche se extendió en susurros y caricias perezosas, el mariachi lejano ahora un fondo romántico. Sofía se durmió en sus brazos, sintiendo por fin paz en medio del fuego que ardía eterno.

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