La Pasion Desnuda del Actor de Jesus de La Pasion de Cristo
El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de Iztapalapa, pero el calor que me quemaba por dentro no tenía nada que ver con el clima. Yo, Karla, una morra de veintiocho tacos bien puestos, había llegado desde el DF solo para ver la famosa Pasión de Cristo. Neta, cada año es un desmadre, pero este año todo cambió cuando vi al actor de Jesús de La Pasión de Cristo. Se llamaba Rodrigo, un vato alto, moreno, con ojos verdes que hipnotizaban y un cuerpo esculpido como si Dios mismo lo hubiera tallado para pecar.
Desde mi lugar en la multitud, lo observé cargar la cruz, el sudor resbalando por su pecho lampiño, brillando bajo el aceite que usaban para resaltar los músculos. Su túnica raída se pegaba a sus muslos firmes, y cuando gritó "Padre, perdónalos", su voz grave me erizó la piel.
¡Órale, Karla, contrólate! Esto es Semana Santa, no un antro, me dije, pero mi concha ya palpitaba como tambor de banda. El olor a incienso y sudor masculino flotaba en el aire, mezclado con el aroma de las tortas de tamal que vendían por ahí. No pude evitar imaginar esas manos fuertes, marcadas con pintura roja de llagas, tocándome en secreto.
Al final del vía crucis, cuando lo bajaron de la cruz y la gente aplaudía, me quedé rezagada. Él se quitó la corona de espinas falsa y sacudió el cabello largo y ondulado. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, una sonrisa pícara que no pegaba con el Jesús sufriente. ¿Me estás cachando? pensé, y antes de darme cuenta, mis pies me llevaron hasta él.
—Qué chido verte en persona, carnal —le solté, tratando de sonar casual, aunque mi corazón latía como con binigüis.
—Gracias, morra. ¿Vienes todos los años? —Su voz era ronca, como si el desierto lo hubiera secado de verdad. Olía a tierra caliente, a hombre después de un esfuerzo brutal.
Charlamos un rato entre la gente que se dispersaba. Me contó que era actor profesional, que este papel lo había hecho famoso en todo México. El actor de Jesús de La Pasión de Cristo, repetían las chavas a su alrededor, pero yo quería más que fotos. Lo invité a un cafecito cercano, uno de esos con terraza y vista al cerro, nada de tugurios. Aceptó, y mientras caminábamos, su brazo rozó el mío, enviando chispas por mi espina.
En el café, el vapor del cappuccino subía entre nosotros, y el sol se ponía tiñendo todo de naranja. Hablamos de todo: de cómo el papel lo ponía en forma, de las fans locas que le mandaban panties. Reí, pero por dentro ardía.
Si supiera lo que le haría si estuviéramos solos...Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, intencional. El roce era eléctrico, piel contra piel a través de la tela delgada de mis shorts.
—¿Sabes? Interpretar a Jesús me hace pensar en tentaciones —dijo bajito, sus ojos clavados en mis labios.
Mi pulso se aceleró. —Neta, ¿tú tentado? Imposible.
Se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. —Ven, te enseño dónde nos cambiamos. Hay algo que quiero mostrarte.
Acto dos: la escalada. Lo seguí a los trailers detrás del escenario principal, un lugar discreto con aire acondicionado y posters de pasiones pasadas. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto estábamos solos. El espacio olía a loción aftershave y cuero viejo. Rodrigo se quitó la camisa, revelando el torso perfecto, aún con rastros de maquillaje en las costillas.
—Mira, las marcas —dijo, acercándose. Sus dedos trazaron las líneas rojas falsas en su piel, y yo tragué saliva. El calor de su cuerpo me envolvió, su aliento cálido en mi cuello.
¡No seas pendeja, Karla, tómalo!Mis manos temblaron al tocar su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la piel suave, el latido fuerte de su corazón. Él gimió bajito, un sonido que me mojó al instante. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a café y deseo puro. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona.
—Qué rica estás, morrita —murmuró contra mi boca, mientras me levantaba sobre una mesa improvisada. Le desabroché los jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, las venas marcadas. Él jadeó, y yo me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su piel, aspirando su aroma masculino intenso. Chúpala como se debe, pensé, y lo hice, metiéndomela hasta la garganta mientras él enredaba sus dedos en mi pelo.
Pero no era solo físico. Entre jadeos, me confesó: —Siempre fantaseo con una devota que me adore de verdad. Tú lo haces realidad. —Sus palabras me encendieron más, un conflicto interno de culpa santa y placer pecaminoso. Lo empujé a la cama plegable, me quité la blusa, dejando mis tetas libres. Él las devoró, chupando pezones duros como piedras, mordisqueando suave hasta que grité de placer.
La tensión crecía como tormenta. Rozábamos cuerpos sudorosos, piel resbaladiza, olores mezclados de sexo y pasión. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, deslizándose dentro con maestría, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear.
¡Ay, wey, no pares!Gemí, montándolo al revés primero, sintiendo su verga llenarme centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El slap slap de carne contra carne llenaba el trailer, junto con nuestros ayes en mexicano puro: —¡Chíngame más duro, Jesús mío!
Volteamos, él encima, embistiéndome profundo, sus caderas chocando las mías con ritmo hipnótico. Sudor goteaba de su frente a mi boca, salado y adictivo. El orgasmo me golpeó como cruz cayendo, ondas de placer sacudiéndome, concha apretando su verga mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como león.
Nos quedamos jadeando, cuerpos entrelazados en el colchón revuelto. El aire olía a semen y nosotras, satisfechas. Rodrigo me besó la frente. —Eres mi María Magdalena, Karla.
El cierre perfecto. Después, en la ducha improvisada del trailer, el agua tibia lavó el maquillaje y el sudor, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas recorrieron mi cuerpo otra vez, suaves, tiernas. Salimos a la noche fresca de Iztapalapa, luces de kermés lejanas. Caminamos de la mano, riendo de lo prohibido.
Ahora, cada Semana Santa, revivo esa pasión. El actor de Jesús de La Pasión de Cristo no fue solo un papel; fue mi redentor carnal. Y neta, volvería a pecar con él mil veces. El deseo no muere, solo espera la próxima cruz.