Emmanuel Palomares Pasion Y Poder
Sofía entró al salón de eventos del Camino Real en Polanco con el corazón latiéndole a mil por hora. El aire estaba cargado del aroma dulce de las gardenias frescas mezcladas con el perfume caro de los invitados, esa crema de la alta sociedad mexicana que brillaba bajo las luces de cristal. Vestía un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una segunda piel, y se sentía chida, poderosa, lista para conquistar la noche. Pero nada la preparó para él.
Emmanuel Palomares. Lo reconoció de inmediato por las fotos en las revistas: el empresario que había construido un imperio inmobiliario desde cero, con esa mirada intensa que prometía tanto dominio como entrega. Alto, moreno, con una mandíbula cuadrada y ojos negros que devoraban todo a su paso. Estaba rodeado de admiradores, pero cuando sus miradas se cruzaron, el mundo se detuvo. Él sonrió, una curva lenta y depredadora en los labios, y avanzó hacia ella como si el salón entero fuera suyo.
¿Bailamos?
murmuró cerca de su oído, su voz grave como un ronroneo que le erizó la piel. Olía a sándalo y cuero fresco, un olor que se le metió en la nariz y le calentó el vientre.
Sofía asintió, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. ¿Qué carajos estoy haciendo? pensó, pero su cuerpo ya respondía, pegándose a él en la pista. Sus manos grandes la guiaron con firmeza por la cintura, el calor de sus palmas traspasando la tela del vestido. La música ranchera moderna llenaba el aire, con trompetas que vibraban en el pecho, y cada roce de sus caderas contra las de ella era una chispa eléctrica.
—Eres distinta a todas aquí —le dijo él, su aliento cálido rozándole el cuello—. No finges. Neta, me intrigas.
—Y tú eres Emmanuel Palomares —respondió ella, juguetona—. El rey de pasion y poder. He leído sobre ti. Ese libro tuyo que todos comentan.
Él rio bajito, un sonido que le vibró en el esternón. —Ese es mi manifiesto. Emmanuel Palomares Pasion Y Poder. Enseña que la vida se vive al límite, con fuego en las venas. ¿Quieres que te lo demuestre?
El deseo inicial era como un cosquilleo en la piel, pero ya empezaba a arder. Hablaron horas, sentados en una mesa apartada, con copas de tequila reposado que quemaban la garganta y soltaba las lenguas. Él le contó de sus viajes por la Riviera Maya, de deals cerrados en yates al atardecer; ella, de su carrera como diseñadora, de cómo luchaba por abrirse paso en un mundo de machos. Cada palabra era un puente, cada mirada un roce invisible que la hacía apretar los muslos bajo la mesa.
Al final de la noche, cuando el salón se vaciaba, él la tomó de la mano. —Ven conmigo. Mi penthouse está arriba. Sin presiones, Sofía. Solo... curiosidad.
El ascensor era un capullo de acero y espejos, reflejando sus siluetas entrelazadas. Ella sentía el latido de su propio corazón retumbando en los oídos, el roce de su muslo contra el de él enviando ondas de calor. Esto es una locura, pero qué chingón se siente, se dijo, mientras sus labios finalmente se encontraban. Fue un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta, manos explorando sin prisa pero con urgencia contenida.
La puerta del penthouse se abrió a un mundo de lujo: ventanales del piso al techo con vista a la ciudad iluminada, el skyline de Reforma parpadeando como estrellas caídas. El aire olía a limón fresco y a él, ese sándalo embriagador. Emmanuel la llevó al sofá de piel suave, besándola con más profundidad, sus dedos deslizándose por su espalda, bajando la cremallera del vestido con maestría.
—Eres preciosa —susurró, mientras el vestido caía al suelo como una cascada roja—. Déjame adorarte.
Sofía temblaba, no de frío sino de anticipación. Su piel expuesta al aire fresco de la noche, pezones endureciéndose bajo la mirada ardiente de él. Se quitó la camisa con lentitud, revelando un torso esculpido, músculos que se contraían al ritmo de su respiración agitada. Ella lo tocó, dedos recorriendo el vello oscuro de su pecho, bajando hasta el cinturón. El sonido del metal desabrochándose fue como un disparo en la quietud.
Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel ardiente. Emmanuel besó su cuello, lamiendo la sal de su sudor, bajando por los senos. Su boca capturó un pezón, succionando con gentileza al principio, luego con hambre, haciendo que ella arqueara la espalda y gemiera bajito. ¡Órale, qué rico! pensó, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros anchos.
Las manos de él exploraban más abajo, rozando el encaje de sus bragas, sintiendo la humedad que ya empapaba la tela. —Estás lista para mí —dijo, voz ronca—, pero vamos despacio. Quiero saborearte toda.
La tensión crecía como una tormenta: besos en el vientre, lengua trazando círculos en el ombligo, luego más abajo. Sofía jadeaba, el olor almizclado de su propia excitación mezclándose con el de él. Cuando su boca llegó a su centro, separando los pliegues con dedos hábiles, ella gritó su nombre. Lengua caliente lamiendo el clítoris, succionando suave, dedos curvándose dentro de ella encontrando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su boca, sus gemidos vibrando contra su piel, la llevaron al borde una y otra vez, pero él se detenía, torturándola deliciosamente.
—Por favor... —suplicó ella, voz quebrada.
—Pídemelo —exigió él, ojos brillando con ese poder que tanto la atraía.
—Cógeme, Emmanuel. Con toda tu pasion y poder.
Él se posicionó, su verga dura y gruesa presionando contra su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con un placer que dolía de lo bueno. Sofía sintió cada vena, cada pulso, el calor envolviéndola. Empezaron a moverse, ritmos sincronizados: él embistiendo profundo, ella clavando talones en su espalda, uñas marcando su piel. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con jadeos y ¡ay, cabrón! y ¡qué rico, wey!. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo y pasión desatada.
La intensidad escaló: él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas con fuerza, penetrándola más hondo. Sofía se tocaba el clítoris, círculos rápidos, mientras él gruñía como animal. El orgasmo la golpeó primero, un tsunami que la hizo convulsionar, paredes internas apretándolo como un puño. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, calor inundándola.
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Emmanuel la besó la frente, suave ahora, tierno. —Eso fue... increíble. Tú me das poder, Sofía. Y pasión sin límites.
Ella sonrió, acurrucada en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. La ciudad brillaba afuera, pero adentro solo existían ellos, en esa burbuja de satisfacción. Neta, esto es lo que necesitaba, pensó, mientras el sueño los envolvía. Mañana sería otro día, pero esa noche, Emmanuel Palomares le había mostrado el verdadero significado de pasion y poder.