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Pasion Prohibida Capitulo Final

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Pasion Prohibida Capitulo Final

El sol del atardecer teñía de naranja las colinas de Jalisco, mientras Ana caminaba por el sendero escondido detrás de la hacienda familiar. Su corazón latía con fuerza, como un tambor en fiesta, sabiendo que él la esperaba al final del camino. Pasion prohibida capitulo final, pensó, recordando las noches de mensajes robados y caricias a hurtadillas. Marco, el hijo del ranchero vecino, el que su familia odiaba por una vieja riña de tierras. Pero ¿qué importaba eso ahora? Habían esperado demasiado, y esta noche todo cambiaría.

El aire olía a tierra húmeda y jazmín silvestre, mezclado con el leve aroma a cuero y sudor de caballo que siempre traía Marco. Lo vio recostado contra un mezquite, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho moreno y musculoso, forjado por años de domar potros. Sus ojos negros la devoraron al instante, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos.

—Ven acá, mamacita —murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel—. Ya no aguanto más esta pasión prohibida.

Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en sus venas. Sus manos temblaban al tocar su rostro, áspero por la barba de tres días. Lo besó con hambre contenida, saboreando el gusto salado de su piel y el leve dulzor del mezcal que había bebido. Sus lenguas se enredaron en un baile febril, mientras el viento susurraba entre las hojas, como un cómplice secreto.

Acto primero: la chispa. Habían empezado como un juego inocente, miradas cruzadas en la feria del pueblo, roces accidentales en la plaza. Pero la pasión prohibida creció como fuego en paja seca. Su familia la quería casar con un contador de Guadalajara, un güey soso sin chispa. Marco era todo lo contrario: salvaje, apasionado, con ese acento tapatío que la volvía loca. "Neta, Ana, eres lo más chido que me ha pasado", le había dicho una vez, y desde entonces no pudieron parar.

Él la levantó en brazos, fuerte y seguro, y la llevó hasta una manta extendida bajo el árbol. El suelo estaba tibio, vibrando con el eco lejano de los grillos. Ana sintió su erección presionando contra su muslo, dura y prometedora, mientras él le quitaba la blusa con dedos impacientes. Sus pechos se liberaron al aire fresco, los pezones endureciéndose al instante bajo su mirada ardiente.

¿Y si nos descubren? pensó ella, pero el miedo solo avivaba el deseo. Marco lamió su cuello, bajando hasta un seno, succionando con una succión que la hizo arquear la espalda. El sonido húmedo de su boca, el roce de su barba contra su piel sensible, el olor almizclado de su excitación... todo la envolvía en una niebla de placer.

Órale, qué rica estás —gruñó él, mordisqueando suavemente—. Quiero comerte entera.

Acto segundo: la escalada. Sus manos expertas desabrocharon su falda, deslizándola por sus caderas curvas. Ana jadeaba, el corazón retumbando en sus oídos como un mariachi enloquecido. Él se arrodilló, besando su vientre plano, inhalando el aroma dulce y salado de su sexo a través de las bragas de encaje. Con un tirón juguetón, se las quitó, exponiéndola al aire nocturno.

Marco separó sus muslos con gentileza, admirando su humedad reluciente.

—Mírate, toda mojada por mí. Eres mi reina, Ana.
Su lengua trazó un camino lento desde su clítoris hasta la entrada, saboreándola como un tequila añejo. Ana gimió, clavando las uñas en la manta, el placer subiendo en oleadas. El sabor de ella lo volvía loco; lamía con devoción, chupando su botón hinchado mientras dos dedos se hundían en su calor apretado.

Ella lo miró, su rostro contraído en éxtasis, el sudor perlando su frente. Esto es nuestro capítulo final de la espera, se dijo, mientras el orgasmo se acercaba como tormenta. Pero no quería venir aún. Lo jaló hacia arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando con presemen. Ana la tomó en mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y masculina.

¡Pendejo caliente —rió ella entre lamidas, juguetona—. Me vas a hacer gritar hasta Guadalajara.

Él rio, un sonido gutural que vibró en su pecho. La posicionó a cuatro patas, el trasero en alto, y frotó su glande contra sus labios húmedos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, mientras él la llenaba por completo. El sonido de carne contra carne empezó suave, un chapoteo rítmico que se aceleró con sus embestidas.

El conflicto interno rugía en su mente: la familia, el escándalo, el futuro incierto. Pero Marco la abrazaba por la cintura, susurrando en su oído:

—Te amo, carnalita. Al diablo con todo. Esta es nuestra pasión prohibida, capítulo final. Mañana nos vamos pa'l norte, empezamos de cero.

Las palabras la deshicieron. Él aceleró, golpeando profundo, su saco chocando contra su clítoris. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor y fluidos mezclados. Ana empujaba hacia atrás, cabalgándolo con furia, sus pechos balanceándose. El placer crecía, tenso como cuerda de guitarra, hasta que explotó. Gritó su nombre, el mundo disolviéndose en estrellas, su coño contrayéndose en espasmos alrededor de él.

Marco la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel.

Acto tercero: el resplandor. La luna iluminaba sus cuerpos entrelazados, el sudor enfriándose en la brisa. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido calmado de su corazón. El aroma a jazmín se mezclaba ahora con el de su unión, un perfume íntimo y eterno.

Neta, güey, valió la pena cada riesgo —dijo ella, trazando círculos en su abdomen con el dedo.

Él la besó la frente, suave, protector.

—Y ni un poquito de arrepentimiento. Eres mía, Ana. Para siempre.

Se quedaron así hasta el amanecer, planeando su huida. La pasión prohibida había encontrado su cierre perfecto, no en tragedia, sino en libertad. El sol salió tiñendo el cielo de rosa, prometiendo un nuevo comienzo. Ana sonrió, sintiendo por primera vez paz verdadera, el cuerpo saciado y el alma en llamas contenidas.

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