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Pasión Por La Música Que Nos Desnuda

6813 palabras

Pasión Por La Música Que Nos Desnuda

La noche en el corazón de la Ciudad de México olía a tacos al pastor y a cerveza fría, pero dentro del antro La Bataca, el aire vibraba con el ritmo de la salsa viva. Yo, Ana, siempre he tenido esa pasión por la música que me hace olvidar el mundo. Esa noche, el sudor perlaba mi piel morena mientras bailaba sola, mis caderas moviéndose al son de los trompetazos y el tumbao del conga. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y sentía los ojos de los demás sobre mí, pero no me importaba. La música era mi amante esa noche.

De repente, lo vi. Diego, el percusionista del grupo, con su camisa negra abierta hasta el pecho, dejando ver el brillo de su piel bronceada bajo las luces neón. Sus manos, fuertes y callosas, golpeaban el tambor con una furia que me erizaba la piel. Nuestras miradas se cruzaron durante un solo de timbales, y juro que sentí un escalofrío desde la nuca hasta el coxis. ¿Qué carajos? pensé, mientras mi cuerpo respondía sin permiso, mis pezones endureciéndose contra la tela delgada del vestido.

Cuando terminó la rola, bajé del escenario imaginario en mi mente y me acerqué a la barra. Pedí un ron con cola, el hielo tintineando en el vaso como un eco del ritmo. Él apareció a mi lado, oliendo a sudor masculino mezclado con colonia barata y algo más primitivo, como tierra húmeda después de la lluvia. "Qué chida tu forma de moverte, morra", dijo con esa voz ronca que parecía salida de un corrido prohibido. Sonreí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. "Es mi pasión por la música, wey. No puedo evitarlo".

Hablamos de ritmos, de Celia Cruz y de cómo la salsa te hace sentir vivo. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no era tonta: notaba cómo su mirada bajaba a mis labios, a mis tetas que subían y bajaban con cada risa. "Ven, baila conmigo la próxima", me dijo, tomándome la mano. Su palma era áspera, como lija suave contra mi piel suave, y un cosquilleo me recorrió el brazo hasta el vientre.

Este pendejo me va a volver loca, pensé, mientras su cuerpo se pegaba al mío en la pista. Sus caderas contra las mías, guiándome en un vaivén que imitaba algo mucho más sucio.

La segunda act del antro era puro fuego. La banda tocaba "La Vida Es Un Carnaval", y Diego me hacía girar, sus manos en mi cintura apretando justo lo suficiente para que sintiera sus dedos hundiéndose en mi carne. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, y olía a él: salado, intenso, con un toque de tabaco. Mi coño palpitaba al ritmo de la música, húmedo ya, traicionándome con cada roce. "Sientes eso, ¿verdad?", murmuró en mi oído, su aliento cálido rozando mi lóbulo. "La música nos está follando". Reí nerviosa, pero asentí, mordiéndome el labio. Neta, este wey sabe lo que hace.

Salimos del antro hechos un desastre, riendo como chavos. Caminamos por las calles empedradas de la Condesa, el viento nocturno refrescando nuestra piel ardiente. "Ven a mi depa, está cerca. Tengo vinilos que te van a volar la cabeza", propuso. No lo pensé dos veces. Su departamento era un caos chido: posters de rock en español, una cama deshecha y un tocadiscos viejo en la esquina. Puso un disco de Tito Puente, el mambo llenando el aire como un pulso compartido.

Nos sentamos en el piso, bebiendo tequila straight del fondo de la botella. El líquido quemaba mi garganta, dulce y ahumado, despertando cada nervio. Hablamos de nuestra pasión por la música, de cómo nos salvaba de la pinche rutina. Sus dedos rozaron mi muslo accidentalmente –o no–, y el toque fue eléctrico. Lo miré, y ahí estaba: el deseo crudo, sin máscaras. "Ana, no aguanto más", gruñó, y me jaló hacia él.

Nuestros labios chocaron como dos olas en tormenta. Su boca sabía a tequila y a hambre, su lengua invadiendo la mía con la misma pasión que ponía en sus tambores. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. "Qué chulas, mamacita", jadeó, lamiendo un pezón con la punta de la lengua, suave al principio, luego chupando fuerte hasta que arqueé la espalda. Sentí su verga dura presionando mi muslo a través del pantalón, gruesa y lista.

Lo empujé al piso, montándome encima. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, liberando su pija erecta, venosa y palpitante. Olía a macho puro, a deseo acumulado. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso latiendo contra mi palma. "Métetela, Ana", suplicó, sus ojos vidriosos. Me acomodé sobre él, frotando mi clítoris mojado contra su glande, lubricándonos mutuamente. Lentamente, me hundí, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme. ¡Qué rico, cabrón! El estiramiento era perfecto, dolorcito placentero que se volvía éxtasis.

Cabalgamos al ritmo de la música que aún sonaba, mis caderas girando como en la pista. Sus manos amasaban mis nalgas, abriéndome más, sus dedos rozando mi ano en un tease que me volvía loca. Sudábamos juntos, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de nuestros cuerpos mezclándose con los redobles del disco. "Más fuerte, Diego, ¡dame verga!", grité, perdida en la intensidad. Él embestía desde abajo, sus bolas golpeando mi culo, el olor de nuestros jugos llenando la habitación: almizclado, dulce, pecaminoso.

Cambié de posición, de rodillas en la cama, él detrás. Me penetró de nuevo, profundo, una mano en mi cadera y la otra en mi clítoris, frotando en círculos rápidos. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el placer acumulándose como una ola. "Me vengo, Ana, ¡conjunto!", rugió. Grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, leche caliente inundándome mientras yo explotaba, estrellas detrás de mis párpados cerrados. El orgasmo duró eternidades, mi cuerpo temblando, jugos chorreando por mis muslos.

Nos derrumbamos, jadeantes, envueltos en sábanas húmedas. Su brazo alrededor de mi cintura, su nariz en mi cuello inhalando mi aroma. La música se había acabado, pero el eco de nuestra pasión por la música –y por nosotros– aún latía en el aire. "Eso fue chingón, morra", murmuró, besando mi hombro. Sonreí, satisfecha, el cuerpo pesado y feliz. La música siempre trae lo mejor, pensé, mientras el sueño nos llevaba, unidos en el afterglow de una noche inolvidable.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos con besos lentos. No hubo promesas, solo la promesa de más ritmos compartidos. Salí de ahí con las piernas flojas, pero el alma llena. La pasión por la música no solo mueve el cuerpo; desata el alma.

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