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Pasión Capítulo 72 Fuego en las Venas

7230 palabras

Pasión Capítulo 72 Fuego en las Venas

Ana empujó la puerta del penthouse en Polanco con el pulso acelerado, el aroma a jazmín del pasillo invadiendo sus fosas nasales como un susurro prohibido. La luz tenue de las velas parpadeaba desde el balcón, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de cristal que daban a la ciudad bullendo allá abajo. Hacía años que no veía a Javier, pero esa noche, el mensaje en su celular había sido claro: Ven. No esperes más. Su piel erizada anticipaba el roce, el calor que siempre desataba entre ellos.

¿Y si esta vez es diferente? ¿Y si el tiempo nos ha cambiado tanto que solo quedarán cenizas?
pensó Ana mientras se quitaba los tacones, sintiendo el mármol fresco bajo sus pies descalzos. Pero no, el deseo era el mismo, esa hambre que le revolvía las tripas como un tequila añejo bien cargado.

Javier salió de la cocina con dos copas de mezcal ahumado, su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Órale, qué hombre, pensó ella, los ojos clavados en esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. –Mi morra favorita –dijo él con voz ronca, acercándose–. Te extrañé verga.

Se fundieron en un abrazo, los cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas olvidado. El olor de su colonia, madera y tabaco, le mareaba la cabeza. Ana hundió la nariz en su cuello, inhalando profundo, mientras sus manos subían por la espalda musculosa. Esto es lo que necesitaba, carnal, murmuró contra su piel salada.

Se sentaron en el sofá de cuero negro, las luces de la ciudad como estrellas caídas reflejándose en sus ojos. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de esa vez en la playa de Puerto Vallarta donde casi los pillan, de cómo la vida los había separado con trabajos y weyes que no importaban. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como tormenta en el desierto. Sus rodillas se rozaban, un accidente al principio, luego intencional. Javier le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, y el dedo índice se demoró en su lóbulo, enviando chispas por su espina dorsal.

–¿Sabes qué, Ana? Cada noche pienso en ti. En cómo me ponías como stallone. Su confesión salió cruda, mexicana hasta los huesos, y ella rio bajito, el sonido vibrando en su pecho.

No mames, Javier. Tú tampoco eras cualquier pendejo. Me tenías loca con tus besos de fuego.

El primer beso fue suave, exploratorio, labios rozándose como olas en la orilla. Pero pronto se volvió voraz, lenguas enredándose con sabor a humo y limón del mezcal. Ana sintió su verga endureciéndose contra su muslo, dura como piedra prehispánica, y un gemido se le escapó sin querer.

Pasión Capítulo 72, esto es, el capítulo donde el deseo nos consume enteros
, pensó, recordando cómo siempre numeraba sus encuentros en su diario secreto, como episodios de una telenovela privada.

La llevó en brazos al cuarto, el colchón king size hundiéndose bajo su peso. La ciudad zumbaba afuera, autos pitando lejanos, pero adentro solo existían ellos. Javier le quitó el vestido rojo con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire acondicionado erizaba sus pezones, pero su boca caliente los lamía, succionaba, haciendo que Ana arqueara la espalda con un ¡Ay, wey! que retumbó en las paredes.

Sus manos expertas bajaron por su vientre plano, deteniéndose en el encaje negro de las bragas. Estás mojada como el mar en tormenta, gruñó él, deslizando los dedos por su raja resbaladiza. Ana jadeó, el olor almizclado de su propia excitación mezclándose con el perfume de él. Lo empujó hacia atrás, queriendo tomar control. Le desabrochó el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba en su palma. La miró, desafiante: –Muéstrame cuánto la extrañaste, mi rey.

Se arrodilló entre sus piernas, el suelo alfombrado suave contra sus rodillas. La tomó en la boca, saboreando la sal pre-semen, la textura aterciopelada sobre su lengua. Javier gruñó, enredando los dedos en su cabello negro largo, guiándola sin forzar. Qué chido se siente tu boca, Ana. No pares, órale. Ella chupaba con hambre, la saliva goteando, los huevos pesados rozándole la barbilla. El ritmo aumentaba, su garganta relajándose para tragarlo más hondo, hasta que él la detuvo con un jadeo: –O me vengo ya, morra.

La tumbó boca arriba, abriéndole las piernas como un libro sagrado. Su lengua atacó su clítoris hinchado, lamiendo en círculos lentos, luego rápidos. Ana se retorcía, las sábanas satinadas pegándose a su sudorosa espalda. ¡Sí, ahí, pendejo! Más fuerte, suplicaba, las caderas elevándose para follarle la cara. El sabor de ella era dulce-agrio, como tamarindo maduro, y Javier lo devoraba con gemidos que vibraban contra su carne sensible.

La tensión subía como volcán en erupción.

Esto es Pasión Capítulo 72, el clímax que he esperado tanto
, se dijo Ana, mientras él se posicionaba encima, la punta de su verga rozando su entrada empapada. Se miraron a los ojos, un consentimiento mudo, profundo. –Te quiero dentro, Javier. Fóllame como en los viejos tiempos.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, llenándola hasta el fondo. Estás tan apretadita, tan caliente, murmuró él, empezando a moverse. Ritmo pausado, profundo, sus pelvis chocando con palmadas húmedas. El sudor les perlaba la piel, goteando entre sus pechos. Ella clavó las uñas en su culo firme, urgiéndolo más rápido.

El cuarto se llenó de sonidos: jadeos roncos, piel contra piel, la cama crujiendo como barco en tormenta. Javier le mordisqueaba el cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Ana le arañaba la espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. –Más duro, cabrón. Hazme tuya. Él obedeció, embistiéndola con fuerza animal, el clítoris frotándose contra su pubis en cada estocada.

El orgasmo la golpeó primero, como rayo en el Popo. Ondas de placer la sacudieron, la concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugos empapando las sábanas. ¡Me vengo, Javier! ¡No pares! gritó, las piernas temblando. Él la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava en sus entrañas.

Colapsaron juntos, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. El aire olía a sexo crudo, sudor y pasión gastada. Javier le besó la frente, suave ahora, tierno. –Eres lo máximo, Ana. Mi pasión eterna.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la yema del dedo.

Pasión Capítulo 72 completado. Pero habrá más, siempre más
, pensó, mientras la ciudad seguía su ritmo afuera, ajena a su mundo privado de fuego.

Se quedaron así hasta el amanecer, piel contra piel, el corazón latiendo al unísono. No había prisas, solo la promesa de capítulos venideros, de deseo que nunca se apaga en las venas mexicanas.

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