Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Imágenes de Pasión por el Fútbol Desatadas Imágenes de Pasión por el Fútbol Desatadas

Imágenes de Pasión por el Fútbol Desatadas

7638 palabras

Imágenes de Pasión por el Fútbol Desatadas

Estás en un bar chido de la Condesa, en el corazón de la Ciudad de México, rodeada de jerseys azules y crema del América. El estadio Azteca retumba en las pantallas gigantes, aunque estés aquí con tus cuates viendo el clásico contra Chivas. El aire huele a chelas frías, tacos al pastor chamuscados y ese sudor nervioso de la afición que se pega en la piel como una promesa. Tus ojos no se despegan de la tele: imágenes de pasión por el fútbol, dice el locutor con voz ronca, mientras los jugadores corren como poseídos, músculos tensos bajo las luces, el balón rebotando con un eco que te vibra en el pecho.

Te sientes viva, el corazón latiéndote a mil por hora con cada gol fallado. Llevas una playera ajustada del América que marca tus curvas, shorts cortos que dejan ver tus piernas bronceadas por el sol de Polanco. Tus cuates gritan "¡Vamos, cabrones!", pero tú solo sientes ese calor subiendo desde el estómago, una pasión que no es solo por el equipo. De repente, lo ves: un pendejo guapísimo, alto, con barba de tres días y una camiseta de Chivas que se le pega al torso sudado. Está solo en la barra, con una cerveza en la mano, ojos fijos en la pantalla. Sus brazos fuertes, venas marcadas, te hacen imaginar cómo se sentirían envolviéndote.

Órale, ¿por qué un chiva como él me prende tanto? Neta, rival o no, ese tipo es puro fuego.

El partido se calienta, un penal que el portero ataja con un grito colectivo. Tú das un brinco, chocando contra él sin querer. Sus manos te estabilizan en la cintura, firmes pero suaves, y sientes su calor a través de la tela fina. "Cuidado, águila", te dice con una sonrisa pícara, voz grave como un rugido de estadio. "No vaya a ser que te caigas por un chiva". Ríes, el roce de sus dedos enviando chispas por tu espina. "Mejor que no te caiga yo encima, cabrón", le contestas coqueta, mordiéndote el labio.

El medio tiempo llega como un respiro, pero la tensión entre ustedes ya es palpable. Se quedan platicando, ignorando a la afición. Se llama Diego, jugador amateur en una liga local, cuerpo de goleador esculpido por horas de entrenamiento. Habla de imágenes de pasión por el fútbol que lo marcaron de niño, partidos eternos en la tele con su carnal. Tú le cuentas de tu viejo, fanático americanista hasta la muerte, cómo el fútbol te corre por las venas como sangre caliente. Sus ojos te recorren despacio, deteniéndose en tu escote, y tú sientes tu piel erizándose, pezones endureciéndose bajo la playera.

El segundo tiempo arranca con más intensidad. Cada pase, cada tackle, parece sincronizarse con el pulso acelerado entre ustedes. Se acercan más, hombros rozándose, muslos presionando. El olor a su colonia mezclada con sudor masculino te invade, embriagador, haciendo que tu boca se seque. "Si anota tu equipo, te invito una chela", te reta. "Y si el mío, ¿qué me das tú?". Sonríes maliciosa: "Lo que quieras, pero neta que vas a perder". El estadio en la pantalla explota en un gol del América. Tus cuates enloquecen, pero tú solo lo miras a él, victoriosa, mientras él suspira fingiendo derrota, su mano bajando casualmente a tu nalga, apretando suave. El toque es eléctrico, húmedo calor entre tus piernas.

El partido termina 2-1 para los tuyos, euforia colectiva. Tus cuates se van a celebrar, pero tú te quedas con Diego. "¿Vamos a caminar? Necesito aire", te dice, ojos brillando con algo más que fútbol. Salen a la noche tibia de la Condesa, calles iluminadas por faroles, música de mariachi lejano flotando. Caminan hombro con hombro, riendo de tonterías, pero la tensión crece como un contragolpe. En una esquina discreta, te jala contra una pared, su cuerpo presionando el tuyo. Sientes su verga endureciéndose contra tu vientre, dura, palpitante. "No aguanto más, nena. Esa pasión tuya me tiene loco", murmura contra tu cuello, labios rozando tu piel, aliento caliente con sabor a cerveza.

¡Qué chingón se siente esto! Rival o no, su cuerpo es mío esta noche.

Sus manos exploran, subiendo por tus muslos, dedos callosos de patear balones rozando tu piel suave. Gimes bajito cuando toca tu panocha por encima del short, ya mojada, hinchada de deseo. Tú no te quedas atrás: metes la mano bajo su camiseta, palpando abdominales duros, bajando hasta su paquete, masajeándolo lento. "Vamos a mi depa, está cerca", jadea él, voz ronca. Asientes, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un duelo húmedo, salado, como el sudor de un partido final.

Llegan a su departamento minimalista en una torre con vista al skyline. Puerta cerrada, ropa volando: tu playera cae, revelando senos firmes, pezones oscuros erectos. Él gime al verlos, chupándolos con avidez, lengua girando, dientes rozando suave. Sientes el placer como un golazo, rayos bajando directo a tu clítoris. Lo empujas al sofá, quitándole el pantalón: su verga salta libre, gruesa, venosa, cabeza brillante de pre-semen. La tocas, suave al principio, luego bombeándola firme, sintiendo su pulso acelerado bajo tu palma. "Qué rica verga, Diego. Pura pasión", le dices, lamiendo la punta, sabor salado-musgoso explotando en tu lengua.

Él te levanta como si nada, piernas alrededor de su cintura, caminando al cuarto. Te tumba en la cama king size, sábanas frescas oliendo a suavizante. Baja lento por tu cuerpo, besos húmedos dejando huella: cuello, senos, ombligo, hasta tu panocha depilada. Separa tus labios con dedos expertas, soplando aire caliente antes de lamer. ¡Ay, cabrón! Tu clítoris palpita bajo su lengua plana, chupando succionando, dos dedos entrando curvos, tocando ese punto que te hace arquear. Gritas su nombre, caderas moviéndose solas, jugos chorreando por sus barba. El sonido es obsceno: chapoteos, gemidos, tu aliento jadeante mezclándose con su gruñido animal.

La intensidad sube como prórroga. Te pone a cuatro patas, nalgadas suaves que arden delicioso. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote llena. "¡Qué chingona estás, tan apretada!", gruñe, manos en tus caderas. Empieza lento, salidas y entradas profundas, bolas golpeando tu clítoris. Aceleras el ritmo, piel contra piel cacheteando, sudor perlando vuestros cuerpos, olor a sexo crudo llenando la habitación. Tú empujas hacia atrás, cabalgándolo desde abajo, controlando. "Más fuerte, pendejo, dame todo", exiges empoderada.

Se voltean, tú encima ahora, montándolo como amazona. Senos rebotando, uñas clavándose en su pecho, verga tocando fondo cada bajada. Sus manos amasan tus nalgas, pulgares rozando tu ano juguetón. El clímax se acerca: tu vientre contrae, placer acumulándose como fouls antes del penal. "Me vengo, Diego, ¡ahora!", gritas, paredes internas ordeñándolo, jugos empapando sus bolas. Él ruge, hinchándose dentro, chorros calientes llenándote, pulsos interminables.

Colapsan juntos, cuerpos entrelazados, respiros entrecortados calmándose. Su semen gotea lento de ti, cálido recordatorio. Te besa la frente, suave: "Esa fue la mejor imagen de pasión por el fútbol de mi vida". Ríes bajito, acurrucándote en su pecho, corazón latiendo en sincronía. La noche se extiende en caricias perezosas, promesas de más clásicos juntos, rivalidad convertida en fuego eterno. Fuera, la ciudad duerme, pero en ti, la pasión arde imparable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.