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Irina Baeva Pasión y Poder Carnal

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Irina Baeva Pasión y Poder Carnal

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón de los antros de lujo. Yo, Arturo Ramos, empresario de medios con más poder del que cualquier pendejo debería tener, entré al salón privado del hotel más chingón de la ciudad. El aire olía a perfume caro mezclado con cigarros cubanos y el leve aroma de whisky añejo. Ahí estaba ella, Irina Baeva, la reina de las telenovelas, con ese vestido rojo que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Irina Baeva, pasión y poder en carne viva, pensé mientras mi verga se despertaba solo de verla.

Sus ojos verdes me atraparon desde el otro lado de la sala. Ella charlaba con unos inversionistas, riendo con esa boca carnosa que prometía pecados. Yo la conocía de oídas: hija de una familia rival en el negocio del entretenimiento, dueña de su propio imperio de producciones. Pero esa noche, en medio de la gala por el estreno de su última novela, Pasión y Poder, algo cambió. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un chispazo, como si el aire se cargara de electricidad estática.

¿Qué carajos hace este cabrón mirándome así? Se nota que quiere comerme con los ojos. Pero yo no soy cualquier tonta, Arturo Ramos. Tengo mi propio poder.

Me acerqué con una copa en la mano, el hielo tintineando suave. "Irina, qué gusto verte tan... radiante", le dije, mi voz ronca por el deseo que ya me quemaba las entrañas. Ella giró, su perfume floral invadiéndome, un olor dulce como jazmín mezclado con su piel caliente.

"Arturo, el rey de los medios. ¿Vienes a espiar o a conquistar?" respondió con una sonrisa pícara, sus labios rojos curvándose. Tocó mi brazo de leve, y juro que su uña rozando mi piel envió ondas hasta mi entrepierna. Hablamos de negocios, de rivalidades, pero el roce de sus caderas contra la barra, el calor de su aliento cuando se inclinaba, todo gritaba tensión sexual.

La música latina retumbaba, un ritmo de cumbia sensual que hacía vibrar el piso. La invité a bailar, y ella aceptó con un guiño. Sus tetas perfectas presionadas contra mi pecho, su culo redondo moviéndose al compás. Sentí su coño rozando mi muslo, caliente, húmedo a través de la tela fina. Chingado, esta mujer es fuego puro.

Acto uno cerrado: salimos al balcón privado, el skyline de la CDMX brillando abajo, luces parpadeando como estrellas caídas. El viento fresco contrastaba con el calor de nuestros cuerpos pegados. La besé entonces, sin pedir permiso pero con su consentimiento en los ojos. Sus labios sabían a tequila y miel, su lengua danzando con la mía, feroz, dominante.

Adentro de la suite presidencial, la puerta se cerró con un clic suave. Irina me empujó contra la pared, sus manos explorando mi pecho bajo la camisa. "Quítatela, carnal, quiero sentirte", ordenó, su voz un ronroneo mexicano cargado de slang callejero. Me desvestí rápido, mi verga saltando libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Ella se lamió los labios, ojos fijos en ella.

¡Mira esa verga chingona! Más grande de lo que imaginé. Hoy mando yo, pero él me va a follar hasta el alma.

La ayudé con el vestido, zipper bajando lento, revelando piel cremosa, pezones rosados endurecidos. Olía a sexo ya, ese aroma almizclado de su excitación mezclándose con su perfume. La cargué a la cama king size, sábanas de seda crujiendo. Besé su cuello, mordiendo suave, saboreando el salado de su sudor. Bajé a sus tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ella gemía, "¡Ay, sí, cabrón, así!", arqueando la espalda, uñas clavándose en mi nuca.

La tensión subía como lava. Mis dedos bajaron por su vientre plano, tocando el calor de su panocha depilada, labios hinchados y mojados. Introduje un dedo, luego dos, curvándolos contra su punto G. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, su jugo chorreando por mi mano. Olfatea eso, puro néctar de diosa. Ella se retorcía, caderas empujando, "¡Más rápido, pendejo, no pares!".

Pero no la dejé correrse aún. La volteé boca abajo, admirando su culo perfecto, redondo, invitador. Le separé las nalgas, lengua lamiendo desde su clítoris hasta el ano, saboreando su esencia salada y dulce. Ella gritaba placer, almohada ahogando sus aúuuuhs guturales. Mi verga rozaba sus muslos, pre-semen goteando, piel contra piel ardiente.

Escalada: la puse de rodillas, ella tomó mi verga en mano, mirándome con esos ojos de poder. "Ahora te chupo yo, para que veas quién manda". Su boca caliente envolviéndome, lengua girando en la cabeza, succionando profundo hasta la garganta. Sentí su saliva tibia chorreando, bolas apretadas contra su barbilla. Gemí fuerte, carajo, esta mamada es de campeonato. La cogí del pelo suave, follando su boca consensual, ella gimiendo vibraciones en mi tronco.

La tensión psicológica ardía: éramos rivales, pero en la cama éramos aliados en éxtasis.

Este hombre me tiene loca, su poder me excita tanto como el mío. Pasión y poder, juntos somos invencibles.
La penetré entonces, de misionero primero, verga abriendo su coño apretado, centímetro a centímetro. Ella jadeaba, "¡Qué grande, me llenas toda, chingón!". Empujé lento al inicio, sintiendo cada pliegue, su calor envolviéndome como guante de terciopelo húmedo.

Ritmo acelerando: la puse a cabalgar, sus tetas rebotando hipnóticas, sudor brillando en su piel olivácea. Manos en sus caderas, guiándola, ella clavando uñas, gritando "¡Sí, Arturo, fóllame duro!". El slap-slap de carne contra carne, olor a sexo intenso, su clítoris frotando mi pubis. Internamente luchaba: No quiero correrme aún, quiero prolongar esta delicia.

Cambiando posiciones, perrito salvaje: su culo alzado, yo embistiendo profundo, bolas golpeando su clítoris. Alcancé alrededor, frotando su botoncito hinchado. Ella explotó primero, coño contrayéndose en espasmos, chorros de squirt mojando sábanas, grito primal "¡Me vengo, cabrón, aaaah!". Su orgasmo me arrastró: verga hinchándose, semen caliente disparándose dentro, pulso tras pulso, hasta desbordar.

Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, corazón latiendo desbocado contra el mío. El aire olía a nuestro clímax compartido, dulce y salado. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.

"Eso fue... pasión y poder puro, Irina", murmuré, acariciando su cabello sedoso.

Ella rio bajito, "No seas pendejo, Arturo. Esto apenas empieza. Mañana volvemos a ser rivales, pero en la cama... somos reyes".

Irina Baeva, pasión y poder encarnados. Esta noche cambió todo, pero el deseo queda, latiendo como promesa.

Nos quedamos así, en afterglow, ciudad murmurando afuera, nuestros cuerpos exhaustos pero almas encendidas. El poder no estaba en los negocios, sino en esa unión carnal, consensual y ardiente. Mañana el mundo seguiría girando, pero yo llevaría su sabor en la piel para siempre.

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