Novela Completa de Pasión Prohibida
La fiesta en la hacienda de mi familia cerca de Guadalajara estaba en su apogeo. El aire olía a barbacoa asada, a mezcal ahumado y a las flores de cempasúchil que adornaban las mesas. Banda sonaba a todo volumen, con trompetas que retumbaban en el pecho y guitarras que invitaban a mover las caderas. Yo, Valeria, de treinta años, con mi vestido rojo ceñido que realzaba mis curvas, me sentía como una reina entre primos, tíos y amigos. Pero mis ojos no dejaban de buscarlo a él: Diego, el esposo de mi mejor amiga Lupita.
¿Por qué carajos me pongo así cada vez que lo veo? me pregunté mientras tomaba un trago de tequila reposado, sintiendo el ardor bajar por mi garganta. Diego era alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de ranchero chingón, y unos ojos cafés que me desnudaban sin piedad. Lupita y él llevaban cinco años casados, pero yo sabía que las cosas andaban frías entre ellos. Ella me lo confesaba en nuestras pláticas de café: "Ya no me prende, Vale, es como un mueble". Y yo, pendeja, siempre fantaseando con lo prohibido.
Lo vi recargado en una columna del porche, con una chela en la mano, riendo con unos cuates. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubiera comido un chile habanero entero. Se acercó, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese olor macho que me volvía loca.
"Qué onda, Valeria, ¿ya te cansaste de bailar con pendejos?" dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave retumbando sobre la música.
"Simón, Diego, busco uno que sepa mover el esqueleto de verdad", le contesté coqueta, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Hablamos de tonterías: del trabajo en la fábrica de tequila donde él era capataz, de mis clases de baile en la ciudad. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como el fuego de una fogata. Sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote, y yo cruzaba las piernas para calmar el pulso entre mis muslos.
La noche avanzaba. Lupita se había ido temprano con dolor de cabeza, dejándonos solos en esa novela completa de pasión prohibida que yo imaginaba en mi cabeza. Bailamos un corrido, sus manos en mi cintura, fuertes y callosas del trabajo, presionando justo lo suficiente para que sintiera su calor a través de la tela. Mi piel erizada, el roce de su pecho contra el mío, el ritmo de su respiración acelerada contra mi oreja.
No puedo seguir así, pero neta que lo quiero. ¿Y si nos descubren? Al diablo, esta noche mando yo.
Nos escabullimos hacia el establo, lejos de las luces y la gente. El olor a heno seco y caballos llenaba el aire, mezclado con el nuestro, ese aroma dulce de deseo que se palpaba. Diego me acorraló contra una pila de fardos, sus labios rozando los míos en una pregunta silenciosa.
"Valeria, esto está mal, pero me traes loco desde la primera vez que te vi", murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza.
"Cállate y bésame, wey", le respondí, y nuestras bocas se fundieron. Fue un beso hambriento, lenguas danzando como en un vals prohibido, sus manos explorando mi espalda, bajando a mis nalgas, apretándolas con urgencia. Gemí contra su boca, sintiendo mi cuerpo responder, mis pezones endureciéndose bajo el vestido.
Me quitó el vestido con impaciencia, dejando al aire mi piel morena bajo la luz de la luna que se colaba por las rendijas. Él se desabrochó la camisa, revelando un torso musculoso, marcado por el sol y el esfuerzo. Lo toqué, sintiendo la aspereza de su vello, el latido fuerte de su corazón bajo mi palma. Su piel sabe a sal y aventura, pensé mientras lamía su cuello, bajando por su pecho.
Diego me levantó como si no pesara nada, sentándome en un fardo. Sus dedos hábiles bajaron mis bragas, rozando mi humedad. "Estás chingona de mojada, mamacita", gruñó, y yo reí bajito, arqueándome cuando su boca encontró mi centro. Su lengua experta lamió despacio, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. El placer subía en oleadas, mis manos enredadas en su cabello, jadeos escapando de mis labios. Olía a mi excitación, a tierra húmeda, sonidos húmedos mezclados con mis gemidos ahogados.
No aguanté más. "Te quiero adentro, Diego, chingame ya". Se puso de pie, bajándose el pantalón. Su verga erecta, gruesa y venosa, me hizo salivar. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Lo masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos, su respiración entrecortada.
Me penetró de un solo empujón, llenándome por completo. ¡Dios, qué rico! Grité bajito, mis uñas clavándose en su espalda. Empezó a moverse, ritmado, profundo, cada embestida enviando chispas por mi espina. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas, el establo lleno de nuestros jadeos, el crujir del heno bajo nosotros. Sudor goteando, mezclado, su olor almizclado invadiendo mis sentidos. Aceleró, yo enrosqué mis piernas alrededor de su cintura, pidiéndole más, "Más fuerte, cabrón, no pares".
El clímax llegó como un volcán. Sentí las contracciones en mi vientre, oleadas de placer que me hicieron ver estrellas. Él gruñó mi nombre, "¡Valeria!", y se derramó dentro de mí, caliente y abundante. Nos quedamos unidos, temblando, besándonos lento mientras el mundo volvía a enfocarse.
Nos vestimos en silencio, pero con sonrisas cómplices. Afuera, la fiesta seguía, ajena a nuestra travesura. Caminamos de regreso, su mano rozando la mía disimuladamente.
"Esto no puede ser la última vez", susurró.
"Neta que no, pero Lupita no se entera", le contesté, el corazón latiendo aún desbocado.
Esta es mi novela completa de pasión prohibida, y apenas empieza el segundo capítulo.
De vuelta en la fiesta, bailamos como si nada, pero cada roce era eléctrico, promesa de más noches robadas. El sabor de él en mis labios, el fantasma de su toque en mi piel. Me sentía viva, empoderada, dueña de mi deseo. Al amanecer, cuando todos dormían, nos miramos una última vez, sabiendo que la prohibición solo avivaba el fuego.