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Pasión Telenovela Elenco Ardiente

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Pasión Telenovela Elenco Ardiente

En los estudios de Televisa en San Ángel, el bullicio del set de Pasión era como un volcán a punto de estallar. Ana, la protagonista que interpretaba a la fogosa Camila, ajustaba su corsé ajustado mientras el director gritaba ¡acción! El elenco de Pasión telenovela sudaba bajo las luces abrasadoras, pero para ella, el verdadero calor venía de Diego, su coprotagonista, el galán que encarnaba a Ricardo con una mirada que prometía pecados imperdonables.

Ana sentía el roce de la tela contra su piel arrebolada cada vez que Diego se acercaba en la escena. Ese día filmaban el beso prohibido en el establo ficticio, con heno falso crujiendo bajo sus pies y el olor a madera vieja impregnando el aire. Qué güey soy, pensando en él así, se dijo mientras sus labios rozaban los de él. La cámara capturaba el momento, pero Ana juraba que el pulso acelerado de Diego latía contra su pecho como un tambor chamánico. Sus manos, fuertes y callosas de tanto ensayar escenas de lucha, se posaron en su cintura con una presión que ya no era solo actuación.

¿Por qué carajos me moja tanto solo con su aliento? Neta, desde que entré al elenco de Pasión telenovela, este pendejo me tiene loca.

El director cortó la toma con un ¡perfecto!, y el equipo aplaudió. Diego no se apartó de inmediato. Sus ojos café oscuro la devoraban, y Ana olió su colonia fresca mezclada con sudor masculino, un aroma que le erizaba la piel. Órale, carnal, ¿vas a decir algo o qué? pensó ella, mordiéndose el labio.

—Ey, Ana, ¿vamos por un cafecito? —preguntó él con esa voz ronca que hacía derretir a las extras.

—Chido, pero mejor algo más fuerte. Mi tráiler está libre —respondió ella, guiñándole un ojo. El deseo ya bullía entre ellos como el tequila en una fiesta de pueblo.

En el tráiler, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que emanaba de sus cuerpos. Ana se sirvió un trago de mezcal del minibar, el líquido ambarino quemándole la garganta con sabor a humo y tierra. Diego se acercó por detrás, sus manos rodeándola sin pedir permiso, pero ella arqueó la espalda contra él, invitándolo. Sí, así, pendejo, tócame como en la novela pero de a de veras.

—Neta, desde el primer día en el elenco te vi y dije: esta morra es fuego puro —murmuró él contra su cuello, inhalando el perfume de jazmín que ella usaba, mezclado ahora con el almizcle de su excitación creciente.

Ana giró, presionando sus senos contra el pecho duro de él. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una ranchera apasionada. Él sabía a menta y deseo, y ella gemía bajito, sintiendo cómo su verga se endurecía contra su vientre. Las manos de Diego bajaron a su culo, amasándolo con fuerza, mientras ella tiraba de su camisa, rasgando un botón que rodó por el suelo con un tintineo metálico.

Me encanta cómo me mira, como si yo fuera la reina del mundo. Qué chingón es saber que esto es nuestro, no de los guionistas.

La ropa voló: el corsé de Ana cayó con un suspiro de tela liberada, revelando pezones rosados endurecidos por el aire fresco y la anticipación. Diego se arrodilló, besando su ombligo, bajando hasta lamer la curva de su cadera. Ella enredó los dedos en su cabello negro revuelto, oliendo el champú de hierbas que usaba. ¡Ay, wey, no pares! Su lengua trazó un camino ardiente hasta su concha húmeda, saboreándola con deleite. Ana jadeó, el sonido ecoando en el tráiler como un secreto compartido. El roce húmedo, el chasquido de su boca succionando su clítoris, la volvía loca. Sus jugos dulces y salados lo empapaban, y él gruñía de placer, vibrando contra ella.

Pero Ana quería más. Lo empujó al sofá de cuero, que crujió bajo su peso. Se montó a horcajadas, frotando su humedad contra la protuberancia en sus pantalones. —Quítatelos, papi —exigió con voz ronca, mexicana hasta la médula.

Diego obedeció, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta perlada de precum. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor satinado, el pulso furioso bajo su palma. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía ¡carajo, Ana, qué rica mamada! Ella lo chupaba profundo, garganta relajada por práctica y deseo, bolas pesadas rozando su mentón.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Ana se incorporó, guiando su verga a su entrada resbaladiza. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente. Es enorme, neta, me parte en dos pero qué gusto. Empezaron a moverse, ella cabalgando con ritmo de cumbia sensual, senos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de piel contra piel, los jadeos entrecortados, el olor a sexo crudo llenando el tráiler.

Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas sobre el sofá. Sus manos agarraron sus caderas, embistiéndola fuerte, profundo. Ana gritaba placer, uñas clavándose en el cuero.

¡Sí, Diego, chíngame así, hazme tuya como en Pasión pero mejor!
Él aceleró, bolas golpeando su clítoris, una mano bajando a frotarlo en círculos. El orgasmo la golpeó como un rayo, cuerpo convulsionando, concha apretando su verga en espasmos lechosos. Él la siguió, gruñendo como toro, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos.

Colapsaron juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Diego la besó suave, trazando círculos en su espalda. —Eres lo máximo, morra. En el elenco de Pasión telenovela, tú eres mi verdadera pasión —dijo él, voz suave como atardecer en Guadalajara.

Ana sonrió, lamiendo el sudor de su cuello, sabor salado y adictivo. Esto no es ficción, es nuestro pedazo de cielo. Afuera, el set seguía zumbando, pero dentro, el mundo era solo ellos, envueltos en sábanas imaginarias de deseo satisfecho.

Mientras el sol se ponía sobre la Ciudad de México, Ana pensó en las escenas por venir. Ahora, cada mirada en el elenco sería un secreto ardiente, cada roce un preludio. La telenovela continuaba, pero su pasión era eterna, real, mexicana hasta el hueso.

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