La Pasión Ardiente de Cristo con Ana Catalina Emmerich
Yo soy Ana Catalina, una mujer de treinta y tantos, con curvas que mamalan la mirada de cualquier carnal en las calles empedradas de Coyoacán. Vivo en un departamentito chulo con vista al jardín Bordo, donde los chiles rojos cuelgan del techo y el aroma del mole casero impregna el aire. Pero últimamente, mi cabeza anda en otra: la pasión de Cristo según Ana Catalina Emmerich. Ese libro viejo que encontré en una tiendita de antigüedades me tiene loca. Lo leo a escondidas, bajo la luz tibia de mi lamparita, y cada página despierta algo profundo en mí, un fuego que no es solo devoción.
Las visiones de esa beata alemana, con sus descripciones crudas del sufrimiento de Jesús, me revuelven el estómago y... abajo. Imagino el cuerpo sudoroso, los músculos tensos bajo la piel lacerada, el aliento entrecortado. Neta, no sé qué me pasa. Me toco despacito mientras leo, sintiendo el calor subir por mis muslos, el pulso acelerado en mi panocha. Pero es solo un alivio chiquito. Necesito más. Necesito carne de verdad.
Ahí entra él, mi Cristo particular. Se llama Cristóbal, pero yo lo llamo Cristo porque tiene esa mirada penetrante, barba recortada y un torso que parece esculpido en piedra, como el de las estatuas en la Catedral. Nos conocimos en un café de la Condesa, charlando de libros raros. Le conté de la pasión de Cristo Ana Catalina Emmerich, y sus ojos se encendieron. "Suena intenso, carnala", me dijo con esa voz grave que me eriza la piel. Desde entonces, quedamos de vernos. Hoy es la noche.
La puerta suena a las ocho en punto. Abro y ahí está, con camisa blanca pegada al pecho por el bochorno de la tarde, oliendo a jabón fresco y un toque de tabaco. Me abraza fuerte, sus manos grandes en mi cintura, y ya siento su calor filtrándose por mi blusa ligera. "¡Qué chingón verte, Ana!", murmura contra mi cuello, besándome la piel salada. Lo jalo adentro, cerrando la puerta con el pie. El aire huele a incienso que prendí antes, imitando las iglesias antiguas.
¿Y si le cuento todo? ¿Si le digo que su cuerpo me recuerda al de Él en esas páginas? No, pendeja, no lo espantes. Solo déjate llevar.
Nos sentamos en el sofá mullido, con una chela fría en la mano. Hablamos de todo y nada: del tráfico cabrón en Insurgentes, de la última vez que fuimos a Taxco. Pero mis ojos bajan a sus labios carnosos, a las venas marcadas en sus antebrazos. Saco el libro de la mesita. "La pasión de Cristo de Ana Catalina Emmerich", digo, pasándoselo. Él lo hojea, frunciendo el ceño. "Jefa, esto es heavy. Sudor, sangre, entrega total". Su dedo roza el mío al devolverlo, y un chispazo me recorre la espina.
Acto uno termina ahí, con la tensión latiendo como un tambor azteca. Me levanto a servir unos taquitos de cochinita, pero él me sigue a la cocina. Su cuerpo presiona mi espalda contra la encimera, sus caderas duras contra mis nalgas. "¿Sabes qué?", susurra, mordisqueándome la oreja. "Yo también lo leí. Me pone... caliente". Giro la cabeza, nuestros labios chocan. El beso es hambriento, lenguas enredadas con sabor a limón y chile. Sus manos suben por mi falda, acariciando mis muslos suaves, oliendo mi excitación que ya moja mis calzones.
Lo empujo suave al cuarto, quitándome la blusa en el camino. Mis tetas saltan libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él gime, quitándose la camisa. Su pecho es un mapa de músculos, sudor perlando la piel morena. Caemos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Sus besos bajan por mi cuello, lamiendo el valle entre mis senos. Siento su aliento caliente, el roce áspero de su barba. "Qué rico hueles, Ana, como jazmín y deseo".
Le cuento mis fantasías mientras sus dedos exploran. "En el libro, la pasión de Cristo Ana Catalina Emmerich describe cuerpos entregados, toques que duelen de placer". Él asiente, chupando mi pezón izquierdo, tirando suave con los dientes. Un gemido se me escapa, profundo, como un aullido en la noche mexicana. Mis uñas arañan su espalda, dejando surcos rojos que él adora. Baja más, besando mi vientre tembloroso, inhalando mi aroma almizclado. Sus dedos separan mis labios húmedos, frotando el clítoris hinchado. "Estás chorreando, mi reina".
La intensidad sube como la marea en Acapulco. Me voltea boca abajo, besando mi espinazo, lamiendo el sudor salado. Su verga presiona mi nalga, dura como hierro caliente, goteando precum que unto con mi mano. "Chíngame ya, Cristo", le ruego, voz ronca. Pero él es paciente, como en las visiones del libro. Me abre las piernas, su lengua invade mi concha, lamiendo jugos dulces y salados. Sabor a mar, a fruta madura. Grito, arqueándome, el placer punzando como espinas dulces.
Esto es mi pasión, mi Cristo vivo, no el de papel. Cada lamida es redención.
Sus dedos entran, dos primero, curvándose contra mi punto G. El sonido es obsceno: chapoteo húmedo, mis jadeos mezclados con su respiración agitada. El cuarto huele a sexo crudo, a piel sudada y velas de vainilla. Me corro primero, un tsunami que me sacude, chorros calientes mojando sus labios. Él lame todo, gruñendo de gusto. "Deliciosa, pendejita ardiente".
Ahora es mi turno. Lo monto, ojos en sus pupilas dilatadas. Su verga es gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La guío a mi entrada, bajando despacio. El estiramiento quema delicioso, centímetro a centímetro llenándome. "¡Ay, cabrón, qué grande!". Empiezo a moverme, caderas girando como en un baile de son jarocho. Sus manos aprietan mis nalgas, guiándome. El slap-slap de piel contra piel resuena, sudor volando. Veo sus músculos contraerse, oigo sus maldiciones gozosas: "¡Sí, así, Ana, rómpeme!".
La tensión crece, espiral infinita. Cambio a perrito, él embiste profundo, bolas golpeando mi clítoris. Cada thrust manda ondas de placer, mi concha apretándolo como vicio. Huele a almizcle puro, gusto a sal en mis labios cuando me besa desde atrás. Sus dedos en mi clítoris, frotando furioso. "Vente conmigo, mi pasión", ordena. Exploto otra vez, paredes convulsionando, ordeñándolo. Él ruge, llenándome de leche caliente, pulsos interminables.
Colapsamos, enredados, corazones galopando al unísono. Su semen chorrea lento por mis muslos, cálido y pegajoso. Me besa la frente, suave ahora. "Eres mi beata, Ana Catalina". Reímos bajito, cuerpos pegados, pieles resbalosas. Afuera, la ciudad murmura: cláxones lejanos, perros ladrando.
La pasión de Cristo Ana Catalina Emmerich fue solo el comienzo. Esta es la mía, eterna, carnal, mía.
Nos quedamos así horas, hablando susurros. Él promete leer más del libro conmigo, roleplay la próxima. Yo sonrío, satisfecha, el cuerpo zumbando aún. Mañana será otro día, pero esta noche, en sus brazos, encontré mi paraíso terrenal. Neta, qué chido ser viva, ser mujer, ser deseada.