Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Larga Pasión Desenfrenada Larga Pasión Desenfrenada

Larga Pasión Desenfrenada

7368 palabras

Larga Pasión Desenfrenada

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina y a esas fogatas que los vendedores ambulantes armaban para asar mariscos. El aire cálido me rozaba la piel como una caricia prohibida, y el sonido de las olas rompiendo contra la arena se mezclaba con la cumbia que retumbaba desde el bar playero. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad de México, huyendo del estrés del jodido trabajo en la oficina. Quería soltarme el pelo, neta, y esa noche me puse un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa del deseo.

Allí estaba él, recargado en la barra, con una cerveza en la mano y una sonrisa que prometía problemas del bueno. Se llamaba Marco, un moreno alto, de ojos cafés intensos y brazos tatuados que hablaban de horas en el gym o quién sabe trabajando en el mar. Nuestras miradas se cruzaron mientras pedía un michelada, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría. "Órale, güerita, ¿vienes a conquistar la playa?" me dijo con esa voz ronca, cargada de acento tapatío que me erizó la piel.

Nos pusimos a platicar, riendo de tonterías. Él era pescador de oficio, pero con un lado emprendedor que lo tenía armando tours en yates. Yo le conté de mi vida citadina, de cómo el tráfico y los jefes pendejos me tenían harta. La química era palpable; cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba chispas directas a mi entrepierna. Bailamos salsa bajo las luces parpadeantes, su cuerpo pegado al mío, el sudor mezclándose, el ritmo de sus caderas guiando las mías. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a tequila y hombre. "Estás cañón, Ana. Me traes loco", murmuró, y yo solo pude responder con un "Ven y compruébalo, wey".

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Caminamos por la arena hasta su cabaña al final de la playa, el viento nocturno revolviendo mi cabello. Mi corazón latía fuerte, anticipando lo inevitable. Adentro, el lugar era sencillo pero acogedor: una cama king size con sábanas blancas, velas aromáticas a coco y el sonido del mar filtrándose por las ventanas abiertas. Nos besamos por primera vez allí, un beso hambriento, sus labios suaves pero firmes, su lengua explorando la mía con urgencia. Saboreé la sal de su piel, el leve dulzor de la cerveza en su boca.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es una locura, pero se siente tan bien. Hace meses que no me siento así de viva, tan deseada.

Sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando el vestido, rozando la piel sensible detrás de mis rodillas. Gemí bajito cuando sus dedos encontraron mis bragas ya húmedas. "Estás mojada para mí, nena", dijo con esa voz que me derretía, y yo solo asentí, arqueando la espalda. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto: el valle entre mis senos, el ombligo, el borde de mis caderas. Su boca era fuego, chupando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris palpitante.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, admirando su pecho moreno, marcado por el sol, con vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su abdomen. Mis uñas rasguñaron su espalda mientras lo besaba con furia, mordiendo su labio inferior. Olía a mar y a sudor masculino, un aroma que me volvía loca de deseo. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. La saqué libre, gruesa y venosa, latiendo en mi palma. "Qué chingona está", le dije juguetona, y él rio, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

Nos tumbamos en la cama, cuerpos enredados. Él se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza pero firmeza. Su lengua trazó un camino desde mi tobillo hasta mi panocha, deteniéndose en el interior de mis muslos para mordisquear. Cuando llegó al centro, lamió mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hicieron jadear. El sonido de mi propia humedad mezclada con su saliva era obsceno, excitante. "Sabrosa, como mango maduro", gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mi cuerpo se convulsionaba, caderas moviéndose solas contra su boca. El orgasmo me tomó por sorpresa, una ola que me dejó temblando, gritando su nombre mientras el placer me inundaba.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mi culo, abriéndome las nalgas para lamer mi ano con delicadeza perversa. Sentí su verga rozando mi entrada, caliente y resbalosa por mi excitación. "Dime si quieres que pare", susurró, siempre atento, y yo respondí "No pares, cabrón, métemela ya". Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse profundo. El slap de piel contra piel, nuestros gemidos mezclándose con las olas, el olor almizclado del sexo llenando la habitación.

Aceleró, sus manos agarrando mis caderas, embistiéndome con fuerza controlada. Yo me arqueé, empujando hacia atrás, queriendo más. "Así, pinche dura", jadeé, y él obedeció, cambiando a misionero para mirarme a los ojos. Sus pupilas dilatadas, sudor goteando de su frente al mío. Nuestros cuerpos resbalaban, el tacto de su pecho contra mis senos era eléctrico. Sentí la larga pasión desenfrenada construyéndose, ese fuego que no se apaga, que consume todo. Él me besó mientras follábamos, lenguas enredadas, y yo clavé mis uñas en su espalda, marcándolo como mío.

Esto es lo que necesitaba, esta conexión salvaje, este hombre que me hace sentir invencible.

El clímax se acercaba para ambos. Sus embestidas se volvieron erráticas, su verga hinchándose dentro de mí. "Me vengo, Ana", avisó, y yo apreté mis músculos internos, ordeñándolo. Él explotó primero, chorros calientes llenándome, su gruñido animal resonando en mi oído. Eso me llevó al borde: mi segundo orgasmo me destrozó, visión borrosa, cuerpo convulsionando, un grito ahogado escapando de mi garganta. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.

Después, en el afterglow, nos quedamos así, enredados en las sábanas revueltas. Su mano acariciaba mi cabello, mi nariz rozaba su cuello, inhalando su esencia post-sexo. El mar susurraba afuera, una brisa fresca enfriando nuestra piel ardiente. "Eres increíble, wey", le dije, y él sonrió, besando mi frente. Hablamos bajito de nada y todo: de sueños, de la vida en la playa versus la ciudad. No hubo promesas, solo esa conexión profunda, esa pasión desenfrenada que nos unió por una noche larga y eterna.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con un beso salado. Caminé de vuelta al hotel con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos y caricias. Sabía que volvería, que esa larga pasión desenfrenada era solo el comienzo de algo que mi alma necesitaba. La playa me vio partir, pero guardaba el secreto de nuestra noche, un recuerdo que me haría sonreír cada vez que oliera el mar.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.