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La Definicion de la Palabra Pasion

6495 palabras

La Definicion de la Palabra Pasion

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a esas flores tropicales que se abren solo de madrugada. El aire cálido me rozaba la piel como una caricia prohibida, mientras el ritmo de la cumbia retumbaba desde la fiesta en la playa. Yo, Ana, con mi vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por la humedad, bailaba descalza en la arena tibia. Mis pies se hundían en ella, suave como el polvo de cacao que mi abuela molía en el molcajete.

Allí estaba él, Marco, con esa sonrisa pícara que me hacía sentir mariposas en el estómago. Alto, moreno, con el pecho marcado bajo la camisa entreabierta y unos ojos negros que prometían travesuras. Nos conocimos esa misma tarde en el malecón, cuando me invitó un michelada helada, con limón y chile que picaba en la lengua. Órale, güerita, ¿vienes a bailar o nomás a verte bonita? me dijo, y su voz ronca me erizó la piel.

Ahora, en la pista improvisada, sus manos me rodeaban la cintura. El sudor de su cuello olía a colonia barata mezclada con hombre puro, ese aroma que te hace cerrar los ojos y morderte el labio. Bailábamos pegados, mis tetas rozando su torso firme con cada giro. Sentía su verga endureciéndose contra mi muslo, y una corriente eléctrica me subía por la entrepierna. Neta, esto es lo que necesitaba después de tanto tiempo sola, pensé, mientras el mar rugía de fondo como un testigo complaciente.

¿Qué carajos es la pasión? ¿Esta hambre que me quema por dentro, este pulso acelerado que me pide más?

La fiesta se desvanecía a nuestro alrededor. Gente riendo, chelas chocando, pero nosotros ya estábamos en nuestro mundo. Me jaló hacia la orilla, donde las olas lamían la arena como lenguas ansiosas. Ven, Ana, te enseño algo chido, murmuró, y su aliento cálido me rozó la oreja. Caminamos hasta su cabaña rentada, una choza de palapa con hamaca y vista al Pacífico. Adentro, velas de coco parpadeaban, llenando el aire de un humo dulce que se pegaba a la piel.

Acto primero: la chispa. Nos sentamos en la hamaca, balanceándonos despacio. Sus dedos trazaban círculos en mi rodilla, subiendo lento por el muslo. Yo le conté de mi vida en Guadalajara, de cómo el pinche estrés del trabajo me tenía harta. Él, pescador ocasional y DJ de fiestas, me escuchaba con esa mirada que dice te como con los ojos. Le di un trago a su ron con coco, dulce y ardiente en la garganta. Sabes, wey, siempre busqué la definicion de la palabra pasion en libros y películas, pero neta, aquí la estoy sintiendo, le solté, medio borracha de él.

Su risa fue grave, vibrando en mi pecho. ¿Y cómo te late hasta ahorita? Me besó entonces, suave al principio, labios carnosos probando los míos como si fueran mango maduro. Su lengua entró juguetona, saboreando el ron en mi boca. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo revuelto. El beso se volvió feroz, dientes mordisqueando, saliva mezclada. Sentí mis chones empapados, el calor subiendo como lava.

Acto segundo: el fuego avivado. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis pechos al aire salobre. ¡Qué chingonas tetas, Ana! Tan firmes, con pezones duros como piedritas, gruñó, chupándolos con hambre. Su boca era fuego líquido, lengua girando alrededor de los brotes sensibles. Yo arqueé la espalda, gimiendo fuerte, el sonido ahogado por el oleaje. Olía a su excitación, ese musk macho que te nubla la cabeza.

Le bajé los shorts, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel suave sobre acero duro, y la apreté suave. ¡Madre santa, qué pedazo de pito! Él jadeó, Así, mami, hazme lo que quieras. La masturbé lento, sintiendo el precum resbaloso en mi palma, mientras él metía dedos en mi coño empapado. Dos, tres, curvándose adentro, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. El squelch húmedo de mis jugos llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos roncos.

Nos volteamos en la hamaca, yo encima, cabalgándolo con las caderas. Su verga me abría entera, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando. ¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo! grité, mis uñas clavándose en su pecho. Él me amasaba el culo, azotándolo suave, el slap resonando. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Esto es la pasión, wey. No definiciones frías, sino este sudor, este latido compartido, esta entrega total que me hace temblar.

El ritmo subió, frenético. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras su glande golpeaba mi cervix con delicioso dolor. Gemidos se volvieron gritos: ¡Me vengo, Ana! ¡Chíngame! Su semen caliente me inundó, disparo tras disparo, mientras yo explotaba en oleadas, coño convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. El orgasmo me dejó ciega, oídos zumbando solo con su nombre.

Cayó la noche del segundo acto en un clímax que nos dejó jadeantes, cuerpos entrelazados en la hamaca que se mecía como cuna. Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, lamiendo mi culo desde atrás, lengua hurgando mi ano mientras dedos follaban mi coño aún sensible. Te voy a comer entera, preciosa, prometió, y su barba raspaba mis nalgas. Yo empujaba contra su cara, oliendo mi propia excitación en su aliento.

Acto tercero: la consumación plena. En la cama de lámina, con sábanas revueltas oliendo a sexo, me penetró de nuevo, misionero lento. Ojos en ojos, almas conectadas. Sus embestidas profundas, circulares, rozando mi clítoris con su pubis. Siento cada vena de su verga, cada pulso. Besos tiernos ahora, lenguas danzando perezosas. El clímax llegó suave, compartido, un temblor mutuo que nos unió en éxtasis prolongado.

Después, el afterglow. Yacíamos pegajosos, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El mar susurraba afuera, brisa trayendo olor a jazmín nocturno. ¿Ya encontraste tu definición? preguntó él, trazando círculos en mi vientre. Reí bajito, besando su frente salada. Sí, Marco. La pasión es esto: tú, yo, esta noche que no olvidaré. Calor de piel, sabor de besos, el eco de nuestros gemidos en el viento.

Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos enredados, almas saciadas. Puerto Vallarta nos regaló esa lección, y yo, Ana, supe por fin qué significa arder de verdad.

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