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Cuánto Dura La Pasión En Una Pareja

7207 palabras

Cuánto Dura La Pasión En Una Pareja

Me llamo Ana, y vivo en ese departamento chido en la Condesa, con vistas al Parque México donde los fines de semana todo el mundo sale a pasear como si la vida fuera eterna. Mi carnal, o mejor dicho, mi marido Marco, y yo llevamos ocho años juntos. Al principio era puro fuego, neta, nos comíamos a besos en cada esquina, hacíamos el amor en la cocina mientras se cocía el mole, y el aire se llenaba de ese olor a piel sudada y deseo que te hace jadear. Pero últimamente, con el trabajo y la rutina, me preguntaba cuánto dura la pasión en una pareja. ¿Se apaga como vela en el viento, o hay forma de avivarla?

Era viernes por la noche. Marco llegó temprano del gym, con esa playera pegada al pecho que marcaba sus pectorales, sudado y oliendo a hombre fresco, a ese desodorante que me vuelve loca. "Ey, morra, ¿qué onda? Hoy nos la armamos, ¿va?", me dijo con esa sonrisa pícara que me derrite. Yo estaba en la sala, con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, el cabello suelto cayendo en ondas sobre los hombros. Lo miré de arriba abajo, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que no había sentido en meses. "Órale, wey, ¿y qué traes en mente?", respondí juguetona, mordiéndome el labio.

Me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas rozando mi piel a través de la tela fina. Su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta del chicle que masticaba. "Vamos a cenar en ese lugar de tacos al pastor que te gusta, y después... ya verás". Su voz ronca me erizó la piel. Caminamos por las calles iluminadas, el bullicio de la ciudad envolviéndonos: risas de parejas, música de mariachi lejano, el aroma de carne asada girando en los trompos. En la taquería, nos sentamos pegaditos en una mesa de plástico rojo, compartiendo una orden de gringas con extra piña. Cada bocado era una excusa para rozar dedos, para que su rodilla presionara la mía bajo la mesa. Sentía mi pulso acelerarse, el calor subiendo por mis muslos.

¿Cuánto dura la pasión en una pareja? Neta, esta noche parece que no tiene fin

De regreso a casa, en el Uber, su mano se coló bajo mi vestido, acariciando mi muslo suave, subiendo despacio hasta rozar el encaje de mis panties. "Estás mojada ya, ¿verdad, mi reina?", susurró al oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Asentí, sin palabras, solo un gemido ahogado. El chofer ni se inmutó, gracias a Dios. Llegamos al depa y apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared del pasillo. Sus labios devoraron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a salsa verde y piña dulce. Manos por todos lados: las suyas amasando mis nalgas, las mías clavándose en su espalda musculosa.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó al cuarto. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras en su piel morena. Me tiró en la cama king size que compramos en IKEA, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa de un jalón, revelando ese torso esculpido por horas de pesas. "Quítate eso, Ana, déjame verte toda", ordenó con voz grave, pero juguetona. Obedecí lento, provocándolo: el vestido cayó al piso con un susurro de tela, quedando solo en bra y tanga negra. Sus ojos se oscurecieron de lujuria, recorriéndome como si fuera la primera vez.

Se acercó gateando sobre la cama, su peso hundiéndola. Besos en el cuello, succionando suave hasta dejar una marca rosada. Bajó a mis pechos, liberándolos del encaje. Sus labios capturaron un pezón, lengua girando alrededor, dientes rozando lo justo para que arqueara la espalda. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mis manos se enredaban en su cabello negro revuelto. Olía a su colonia, a sudor limpio, a pasión pura. Sus dedos bajaron, deslizándose por mi vientre plano, hasta meterse en mis panties. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, frotando mi clítoris con círculos expertos. Gemí alto, las caderas moviéndose solas contra su mano.

Pero no quería que terminara tan rápido. Lo empujé boca arriba. "Ahora yo, pendejo", le dije riendo, montándome a horcajadas. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitando contra mi palma. La tomé, masturbándolo lento, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Se le escapó un jadeo ronco: "¡Carajo, Ana, me vas a matar!". Bajé la cabeza, lamiendo la punta, saboreando el precum salado. Lo chupé profundo, garganta relajada, mientras mis tetas rozaban sus muslos. Él gemía, manos en mi cabeza guiándome, pero dejándome el control.

La tensión crecía como tormenta. Me quité la tanga de un tirón, empapada, y me posicioné sobre él. Rozando su glande contra mi entrada húmeda, lubricada por el deseo. "Te quiero adentro, ya", suplicó. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme, estirándome delicioso. Dios, qué grande se siente. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El slap slap de piel contra piel, mis gemidos mezclados con los suyos, el olor a sexo impregnando el aire: almizcle, sudor, fluidos.

Aceleré, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él se incorporó, abrazándome fuerte, besos fieros mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando mi punto G. "¡Sí, así, cabrón!", grité, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Sudor perlando su frente, goteando en mi piel. Cambiamos: me puso en cuatro, entrando por atrás con un thrust brutal pero placentero. Sus bolas chocando mi clítoris, mano en mi cadera, otra pellizcando mi pezón. "Eres mía, Ana, toda mía", rugió. Yo solo podía jadear: "¡Más, no pares!".

El clímax llegó como explosión. Sentí contracciones en mi coño apretándolo, oleadas de placer desde el útero hasta las yemas de los dedos. Grité su nombre, temblando, piernas flojas. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como animal, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, enredados, respiraciones agitadas sincronizadas. Su semen goteando entre mis muslos, piel pegajosa de sudor.

Nos quedamos así un rato, él acariciando mi espalda, yo con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. "¿Ves, mi vida? Cuánto dura la pasión en una pareja depende de nosotros. Podemos hacerla eterna", murmuró, besándome la frente. Sonreí, sintiendo un calor nuevo en el alma. No era solo sexo; era conexión, amor con fuego.

Nos bañamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso en cuerpos sensibles. Risitas tontas, besos suaves. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos chilaquiles de la fonda de la esquina para recargar energías. Mientras comíamos en la cama, pensé: La rutina nos había apagado, pero una noche así reaviva todo. Y mañana, ¿quién sabe? Quizás en la playa de Acapulco.

Durmió abrazándome, su brazo pesado y protector. Yo me quedé despierta un rato, oliendo su pelo, sintiendo su calor. La pasión no muere; se transforma, se enciende con un chispazo. Y en nuestra pareja, durará lo que queramos.

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