El Rostro de Jesus en la Pasion de Cristo en Mi Carne
Era Viernes Santo en la Condesa, y el aire de mi departamento olía a incienso quemado de la iglesia de la esquina. Yo, Ana, una morra de treinta tacos que trabaja en una galería de arte, me recosté en el sillón de terciopelo rojo con mi laptop en las piernas. Afuera, las procesiones pasaban con sus pasos lentos y sus murmullos devotos, pero adentro, yo buscaba algo más carnal. Encendí La Pasión de Cristo, esa película que siempre me revuelve las tripas de una forma que no le cuento a nadie. El rostro de Jesús, ese semblante sufriente y hermoso de Jim Caviezel, me hipnotizaba. Sus ojos atormentados, la sangre resbalando por su frente, la mandíbula tensa... Neta, me ponía caliente sin saber por qué. Sentí un cosquilleo entre las piernas mientras lo veía azotado, y mi mano se coló bajo mi falda de algodón sin pensarlo dos veces.
¿Qué carajos me pasa? Este wey sufriendo en la cruz y yo aquí mojadita como si fuera una porno blasfema.Me mordí el labio, el sabor salado de mi propia piel en la lengua, y aceleré el roce sobre mi clítoris hinchado. El sonido de los latigazos retumbaba en los bocinas, sincronizándose con mi respiración jadeante. Pero no era suficiente. Saqué mi cel y le marqué a Marco, mi amante de los últimos meses, un carnal alto y moreno que labora como fotógrafo y que siempre me hace gritar como loca.
—Órale, ven pa'cá ya —le dije cuando contestó, mi voz ronca—. Estoy viendo la película esa y... neta, necesito que me chingues ahorita.
Él se rio bajito, ese ronroneo que me eriza la piel. —Sale, güerita. Llego en veinte.
Me levanté de un salto, el corazón latiéndome como tambor en procesión. Me metí a bañar rápido, el agua caliente resbalando por mis tetas firmes y mi culo redondo, imaginando sus manos ásperas en vez del jabón. Me puse un baby doll negro transparente que deja ver mis pezones duros, y rocié perfume de vainilla en el cuello y entre las piernas. El espejo me devolvió una chava con ojos brillantes de deseo, lista para pecar.
Acto primero: la llegada. Sonó el interfón y lo subí. Marco entró como rey, con su chamarra de cuero gastada y jeans que marcaban su paquete generoso. Olía a colonia fuerte y a cigarro, un aroma que me hace débiles las rodillas.
—¿Qué onda con la Pasión de Cristo? —preguntó, besándome el cuello mientras cerraba la puerta.
—Ven, siéntate —lo jalé al sillón, pausando la peli justo en la escena del huerto de Getsemaní—. Mira el rostro de Jesús en la Pasión de Cristo. ¿No te calienta esa mirada?
Él se sentó a mi lado, su muslo musculoso pegado al mío. Reinicié la película, y mientras Jesús sudaba sangre, su mano grande se posó en mi muslo desnudo. Sentí el calor de su palma subiendo despacio, rozando el encaje de mi tanga. Mi pulso se aceleró con los gemidos de dolor en pantalla, y giré la cara para mirarlo. Sus ojos oscuros brillaban con la misma intensidad devota.
—Neta, Ana, eres una pinche loca —murmuró, su aliento caliente en mi oreja—. Pero me encanta.
Nos besamos entonces, lento al principio, como si rezáramos. Sus labios gruesos sabían a menta y tequila de la tarde, su lengua invadiendo mi boca con hambre santa. Le quité la chamarra, mis uñas arañando su pecho velludo bajo la playera. Él metió la mano bajo mi baby doll, pellizcando mis pezones hasta que gimí contra su boca. El sonido de los clavos en la cruz nos envolvió, y el aire se cargó de nuestro sudor mezclado con el incienso del exterior.
Acto segundo: la escalada. La película avanzaba, Jesús cargando la cruz, y nosotros nos devorábamos. Marco me recostó en el sillón, su cuerpo pesado y duro encima del mío. Me arrancó el baby doll con un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Chupó un pezón con fuerza, succionando como si quisiera leche divina, mientras su otra mano bajaba a mi concha empapada.
¡Ay, cabrón, sí! Sigue, hazme sufrir de placer como a él en la cruz.
—Estás chorreando, mi reina —gruñó, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El squelch húmedo de mi jugo se mezclaba con los gritos de la multitud en la peli. Yo le desabroché los jeans, liberando su verga tiesa, venosa y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor como hierro candente, y la masturbé despacio, el prepucio deslizándose sobre el glande morado.
Nos pusimos de rodillas en la alfombra, él de espaldas al televisor donde el rostro de Jesús sangraba. Lo mamé como ofrenda, mi lengua lamiendo desde las bolas pesadas hasta la punta, saboreando el precum salado. Marco jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo largo.
—Métetela toda, pinche puta santa —dijo entre dientes, empujando sus caderas.
La tragadera profunda me ahogaba de placer, lágrimas en los ojos como las de la película. Luego me volteó, lamió mi culo y mi panocha desde atrás, su lengua experta en mi ano y clítoris. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada y su sudor varonil. Me corrí primero, temblando, gritando ¡Jesús! sin darme cuenta, mi concha contrayéndose alrededor de nada.
Pero quería más. Lo empujé al sillón y me subí encima, empalándome en su verga de un jalón. El estirón ardiente me llenó por completo, su grosor rozando mis paredes internas. Cabalgaba como endemoniada, mis tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel ahogando la banda sonora. Él me agarraba las nalgas, metiendo un dedo en mi culo para más placer.
—¡Chíngame más duro, Marco! Hazme sangrar de gusto —supliqué, clavando uñas en su pecho.
La tensión crecía, mis músculos tensos como los de Cristo en la cruz. Sudábamos a chorros, el sofá crujiendo bajo nosotros. En el clímax, miré su rostro contorsionado de éxtasis —ojos entrecerrados, mandíbula apretada, gotas de sudor en la frente— y juro que vi el rostro de Jesús en la Pasión de Cristo superpuesto al suyo. Esa visión profana me lanzó al abismo.
Acto tercero: la redención. Marco se corrió conmigo, su verga hinchándose y eyaculando chorros calientes dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeantes, su semen goteando por mis muslos. Apagó la tele, y el silencio solo roto por nuestros respiros nos envolvió. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, oliendo nuestra mezcla pecaminosa.
—Neta, Ana, eso fue... divino —dijo él, acariciándome el pelo.
Yo sonreí, besando su piel salada.
El rostro de Jesús en la Pasión de Cristo no era de dolor puro; era pasión, entrega total. Y en tus brazos, lo encontré en mi propia carne.
Nos quedamos así hasta que el sol se coló por las cortinas, listos para más procesiones privadas. En la Condesa, los santos velan, pero nosotros pecamos con gusto.