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Telenovela Minas de Pasión Desatada

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Telenovela Minas de Pasión Desatada

El sol del mediodía caía a plomo sobre las Minas de Pasión, ese laberinto de tierra roja y vetas de plata que devoraba a los hombres como yo los devoraba a mí con su hambre insaciable. Yo era Javier, el capataz, con los músculos curtidos por años de picar roca, el pecho ancho marcado por el sudor que olía a tierra húmeda y esfuerzo varonil. Ese día, como todos, bajé al pozo principal, el eco de mis botas retumbando contra las paredes irregulares, el aire cargado de polvo y ese aroma metálico que se te pega a la piel como un amante posesivo.

Ahí la vi por primera vez de cerca. Ana, la hija del dueño, con su falda ajustada que marcaba las curvas de sus caderas anchas, el escote de su blusa blanca dejando ver el valle entre sus senos firmes, bronceados por el sol zacatecano. Sus ojos negros brillaban como las minas mismas, profundos y llenos de promesas prohibidas. Venía a inspeccionar los libros, decía, pero yo sabía que era por mí. Nuestras miradas se cruzaron en la entrada del túnel, y sentí un cosquilleo en la verga, un calor que subía desde las bolas hasta el pecho.

¿Qué chingados hace esta morenaza aquí abajo? Si supiera lo que le haría en la oscuridad de este pozo...

—Javier, ¿todo en orden? —preguntó con voz suave, como miel de maguey, acercándose tanto que olí su perfume, jazmín mezclado con el sudor fresco de su piel.

—Sí, señorita Ana, todo chido. Pero este calor... te va a derretir —le dije, con la voz ronca, tragando saliva mientras mis ojos bajaban a sus labios carnosos, rojos como chiles de árbol.

Ella sonrió, juguetona, mordiéndose el labio inferior. —Pues ayúdame a refrescarme, carnal.

El corazón me latía como tambor de banda en feria. Subimos juntos por el túnel lateral, el aire más fresco pero cargado de humedad. Sus pasos resonaban cerca de los míos, y cada roce accidental de su mano contra mi brazo era como una descarga eléctrica. En la oficina improvisada, un cuartito de tablas con un catre viejo para las guardias, la tensión estalló. Cerré la puerta, el cerrojo chasqueando como un beso robado.

Acto primero de nuestra telenovela Minas de Pasión: el encuentro que enciende la mecha. La tomé por la cintura, su cuerpo suave y cálido presionándose contra el mío, duro como la roca que pico. —Ana, esto es una locura. Tu papá me mataría —murmuré contra su cuello, inhalando su aroma dulce, sintiendo el pulso acelerado bajo mi boca.

¡Pendejo! —rió bajito, sus uñas clavándose en mi espalda a través de la camisa—. ¿Y qué? Yo te quiero desde que te vi cargar esas sacas, todo sudado y macho.

Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como serpientes en el calor del pozo. Sabía a tequila y a deseo puro, sus dientes mordisqueando mi labio inferior mientras gemía suave. Mis manos bajaron a sus nalgas redondas, amasándolas con fuerza, sintiendo la carne ceder bajo mis dedos callosos. Ella arqueó la espalda, presionando su pubis contra mi erección, que palpitaba dolorida dentro de los pantalones ásperos.

La recosté en el catre, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Le quité la blusa despacio, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Los lamí con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, su piel salada y tibia en mi lengua. —¡Ay, Javier, qué rico! —jadeó, sus manos enredándose en mi pelo negro, tirando suave.

El segundo acto empezó con la escalada del fuego. Le bajé la falda, las bragas de encaje negro empapadas de su excitación. El olor almizclado de su coño me volvió loco, fresco y dulce como mango maduro. Metí la cara entre sus muslos, lamiendo despacio desde el clítoris hinchado hasta su entrada húmeda, saboreando cada gota de su néctar. Ella se retorcía, las caderas alzándose, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes de madera.

Esto es mejor que cualquier telenovela, su panocha es un manjar, chingada sea, no voy a parar hasta que se corra en mi boca.

—Más, mi amor, chúpame más fuerte —suplicó, las piernas temblando alrededor de mi cabeza. Introduje dos dedos gruesos en su interior apretado, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. El jugo chorreaba por mi mano, el sonido chapoteante mezclándose con sus quejidos. La sentí contraerse, su orgasmo explotando en oleadas, el cuerpo convulsionando mientras gritaba mi nombre, el eco prolongándose como un juramento.

Pero yo no había terminado. Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y gruesa, la cabeza brillando de precúm. Ana la miró con hambre, lamiéndose los labios. —Ven, cabrón, métemela toda —dijo, abriendo las piernas invitadora.

Me coloqué encima, rozando mi glande contra sus labios vaginales resbaladizos, torturándola un segundo eterno. Luego empujé lento, centímetro a centímetro, sintiendo su calor envolviéndome como terciopelo húmedo. —¡Qué chingón estás! —gimió ella, clavándome las uñas en los hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso.

Empecé a bombear, primero suave, el catre chirriando al ritmo de mis embestidas. Su coño me chupaba como boca ansiosa, cada thrust enviando chispas por mi espina. El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de carne contra carne llenando el aire. Aceleré, mis bolas golpeando su culo, el placer subiendo como lava de volcán.

En el clímax del medio acto, cambiamos posiciones. La puse a cuatro patas, admirando su espalda arqueada, el cabello negro cayendo en cascada. Agarré sus caderas, embistiendo profundo, viendo mi verga desaparecer en su profundidad rosada. Ella empujaba hacia atrás, follándome tanto como yo a ella, gritando obscenidades mexicanas: —¡Dame verga, Javier, rómpeme la madre!

El olor a sexo impregnaba todo, sudor, semen y su esencia femenina. Mis manos subieron a sus tetas balanceantes, pellizcando pezones mientras la taladraba. Sentí sus paredes contraerse de nuevo, ordeñándome, llevándome al borde.

El tercer acto, la liberación. La volteé boca arriba, queriendo ver su cara de éxtasis. Entré de nuevo, besándola feroz mientras la follaba con todo, el catre amenazando romperse. —Me vengo, Ana, ¡me vengo! —rugí, y ella apretó las piernas alrededor de mi cintura.

¡Córrete adentro, lléname! —ordenó, y exploté. Chorros calientes inundándola, mi semen mezclándose con sus jugos, el placer cegador sacudiéndome entero. Ella se corrió conmigo, uñas en mi carne, ojos en blanco de puro gozo.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, el corazón martilleando en unisono. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. La besé suave en la frente, su piel pegajosa contra la mía.

Esto es nuestra telenovela Minas de Pasión, capítulo uno. ¿Habrá más? Chingado, claro que sí.

Después, en la quietud, hablamos bajito. —Javier, esto no puede ser solo una vez. Eres mi minero de plata, mi pasión enterrada —dijo ella, trazando círculos en mi pecho con el dedo.

—Y tú mi dueña, Ana. Volveremos aquí, a las minas, donde nadie nos ve. —Le prometí, sabiendo que el deseo renacería con cada amanecer.

Salimos al atardecer, el sol tiñendo las rocas de rojo pasión. Caminamos separados, pero unidos en secreto. Las Minas de Pasión guardaban nuestro secreto, testigos mudos de amores que arden más que el sol de Zacatecas. Y así, nuestra historia continuaba, llena de promesas calientes y noches de fuego.

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