Pasión de Gavilanes Capítulo 51 Completo al Desnudo
La noche en la hacienda caía como un manto de terciopelo negro punteado de estrellas. El aire olía a jazmín fresco y a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, ese aroma que me hacía sentir viva, conectada con mis raíces mexicanas. Yo, Sofía, estaba recargada en el amplio sofá de cuero de la sala principal, con las piernas cruzadas sobre la otomana, vestida solo con una blusa de seda ligera que se adhería a mis curvas como una caricia prohibida y unos shorts vaqueros que apenas cubrían mis muslos bronceados. Javier, mi hombre, mi chulo eterno, se sentó a mi lado con esa sonrisa pícara que me derretía las entrañas. Traía una playera ajustada que marcaba sus pectorales duros como rocas y unos jeans desgastados que no disimulaban el bulto creciente en su entrepierna.
"Mija, ¿qué tal si ponemos Pasión de Gavilanes capítulo 51 completo?", me dijo con voz ronca, mientras encendía la tele de pantalla gigante. Sus ojos cafés brillaban con malicia, recordándome esas noches en que la novela nos servía de pretexto para encender la mecha. Asentí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. La pantalla se iluminó con las imágenes apasionadas de los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo, esa trama de venganza y amor que nos tenía enganchados como adictos. El sonido de rancheras de fondo llenaba la habitación, mezclándose con el crepitar lejano de la chimenea.
Desde el principio del capítulo, la tensión sexual entre los personajes era palpable. Juan besaba a Norma con furia contenida, y yo no pude evitar apretar las piernas. Javier lo notó, el pendejo astuto. Su mano grande y callosa se posó en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo.
¡Ay, cabrón, ya me estás poniendo caliente!, pensé, mientras mi piel se erizaba bajo su toque áspero, como lija suave que despertaba cada nervio. El olor de su colonia mezclada con sudor masculino me invadió las fosas nasales, embriagador, como tequila añejo.
En la pantalla, la pasión escalaba: besos húmedos, manos explorando cuerpos. Javier se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "¿Te excita, corazón?", murmuró, lamiendo el lóbulo de mi oreja. Gemí bajito, asintiendo. Sus labios capturaron los míos en un beso profundo, lenguas danzando como en un tango ardiente. Saboreé su boca, salada y dulce a la vez, con ese toque de menta de su chicle. Mis manos se enredaron en su cabello negro revuelto, tirando suave para acercarlo más.
La novela seguía, pero ya no la veíamos. Javier me recostó en el sofá, su cuerpo pesado y delicioso cubriendo el mío. Desabotonó mi blusa con dedos temblorosos de deseo, exponiendo mis senos plenos al aire fresco. Chúpamelos, le supliqué en silencio. No se hizo rogar: su boca caliente se cerró sobre un pezón, succionando con fuerza que me arrancó un jadeo. Sentí su lengua girando, áspera y húmeda, mientras su mano libre bajaba a mis shorts, frotando mi monte de Venus a través de la tela.
¡Neta, este wey me sabe volver loca!El calor entre mis piernas crecía, mi panocha palpitando, mojada ya como un río en crecida.
"Quítate eso, mamacita", gruñó él, jalando mis shorts y tanga de un tirón. Me quedé desnuda ante él, vulnerable y poderosa a la vez. El sonido de su cremallera bajando fue como música erótica, seguido del slap de su verga dura liberándose, gruesa y venosa, apuntando a mí como un arma de placer. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. "Estás bien chingón, amor", le dije, masturbándolo lento, viendo perlas de precum brotar de la punta. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.
Me arrodillé en el suelo mullido, la alfombra persa acariciando mis rodillas. Acerqué mi boca a su miembro, inhalando su aroma almizclado, puro macho en celo. Lamí la cabeza, saboreando esa sal salada, luego lo engullí centímetro a centímetro hasta que tocó mi garganta. Javier jadeaba, sus caderas moviéndose instintivo. "¡Qué rico chupas, Sofía! ¡No pares!" Sus manos en mi cabeza guiaban sin forzar, puro acuerdo mutuo. El sabor de él, mezclado con mi saliva, me volvía loca. En la TV, un clímax de la novela sonaba de fondo, gemidos que se fundían con los nuestros.
Pero quería más. Lo empujé al sofá y me subí a horcajadas, frotando mi coñito empapado contra su polla. El roce era eléctrico, mis jugos lubricándolo. "Ya métemela, Javier, no aguanto", le rogué, ojos en los suyos. Él sonrió, agarrando mis nalgas firmes. Despacio, me penetró, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente.
¡Madre santa, llena hasta el fondo!Sentí cada vena, cada pulso, mientras bajaba hasta sentarme completa. El placer me atravesó como rayo, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Cabalgamos juntos, mis tetas rebotando con cada embestida. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue. El slap slap de carne contra carne, mis gemidos agudos, sus gruñidos roncos, todo orquestado con la banda sonora de la novela. Cambiamos: él encima, misionero profundo, besándome mientras me taladraba. Sus bolas golpeaban mi culo, su pubis frotando mi clítoris. Estoy cerca, pensé, uñas clavándose en su espalda. "¡Córrete conmigo, carnal!", gritó él, acelerando. El orgasmo explotó en mí primero, olas de éxtasis sacudiendo mi cuerpo, mi panocha ordeñándolo. Él se derramó segundos después, chorros calientes llenándome, su rostro contorsionado en placer puro.
Colapsamos jadeantes, entrelazados. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor, semen y mi esencia mezclados en perfume afrodisíaco. La tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 51 completo, pero el final era borroso ya. Javier me besó la frente, suave. "Te amo, mi reina", susurró. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.
Esto es mejor que cualquier novela, neta. Nos quedamos así, en afterglow, corazones latiendo al unísono, la hacienda testigo de nuestra pasión desatada. Mañana habría más, siempre más, porque nuestro amor era como esa telenovela: eterno, ardiente, completo.