Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad El Color de la Pasión Capítulo 121 El Color de la Pasión Capítulo 121

El Color de la Pasión Capítulo 121

7111 palabras

El Color de la Pasión Capítulo 121

La noche en Polanco se pintaba de rojos intensos, como si el cielo mismo ardiera con el color de la pasión. Ana, con su piel morena brillando bajo la luz tenue del departamento, se recargaba en el sofá de cuero negro. Tenía veintiocho años, curvas que volvían loco a cualquiera, y esa noche el capítulo 121 de su telenovela favorita acababa de terminar. En la pantalla, los amantes se devoraban con besos furiosos, y Ana sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas. Hacía una semana que Javier y ella no se veían bien, por una pendejada de celos mutuos. Él, con su metro ochenta de puro músculo tatuado, trabajando como arquitecto en la colonia Roma, siempre tan machote pero tierno cuando quería.

El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín que Ana se había echado esa mañana. Apagó la tele con un suspiro, imaginando que era ella la protagonista, no esa actriz flaca.

¿Y si Javier llega ahora? ¿Le digo que lo extraño o lo mando a la chingada?
Pensó, mordiéndose el labio inferior. El sonido de la llave en la cerradura la sacó de su trance. Ahí estaba él, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a colonia cara y a la ciudad húmeda después de la lluvia.

Mamacita, ¿ya viste el capítulo? —dijo Javier con esa voz grave que le erizaba la piel, dejando las llaves en la mesa de mármol.

Ana se levantó despacio, sintiendo cómo sus pechos se tensaban bajo la blusa de encaje. —Sí, güey, y me dejó caliente como demonios. Tú y tus pinches juntas de trabajo...

Él se acercó, con esa sonrisa pícara que prometía problemas. El roce de su mano en la cintura de ella fue eléctrico, como un rayo que subía por su espina dorsal. Javier la atrajo contra su cuerpo duro, y Ana inhaló su olor: sudor limpio, tabaco y deseo puro. Sus labios se rozaron apenas, un juego de tentación. Ella lo empujó juguetona. —No tan rápido, pendejo. Primero discúlpate.

La tensión inicial era deliciosa, como el primer trago de tequila reposado que quema la garganta pero sabe a gloria. Javier la miró a los ojos, oscuros como el chocolate amargo que ella adoraba. —Perdóname, mi reina. Eres la única que me pone así de loco.

Acto uno cerrado. Ahora, el deseo empezaba a bullir.

En la cocina, con la ciudad zumbando allá abajo desde la ventana panorámica, Javier sirvió dos copas de mezcal ahumado. El humo del cigarro que él encendió se enredaba en el aire, y Ana lo observaba, hipnotizada por cómo sus bíceps se marcaban al mover los brazos. Se sentó en la isla de granito frío, cruzando las piernas para que la falda corta subiera un poco más.

Quiero que me mire, que se muera por tocarme
, pensó ella, mientras el mezcal bajaba ardiente por su gaznate, calentándole el vientre.

Él se paró frente a ella, entre sus rodillas abiertas. Sus dedos trazaron la curva de su muslo, subiendo despacio, dejando un rastro de fuego. Ana jadeó bajito, el sonido ahogado por el tráfico lejano. —Chulo, ¿sabes lo que me hace el capítulo de hoy? Esa pasión roja, como sangre caliente.

Javier apagó el cigarro y la besó, esta vez sin juegos. Sus lenguas se enredaron con hambre, saboreando el mezcal y el salado de sus pieles. Ella metió las manos por su camisa, sintiendo los abdominales duros, el vello áspero que le raspaba las palmas. Él gruñó contra su boca, bajando las manos a sus nalgas, amasándolas con fuerza. El encaje de las bragas se humedeció al instante, y Ana se frotó contra su entrepierna, notando la erección creciente, dura como piedra.

—Te voy a comer viva —murmuró él, mordiéndole el cuello. El dolor placentero la hizo arquearse, oliendo su propio aroma de excitación mezclado con el jazmín. La llevó en brazos al sofá, tirándola suave sobre los cojines. Ana se quitó la blusa con un movimiento fluido, dejando ver sus senos plenos, pezones oscuros ya tiesos. Javier se arrodilló, besando su ombligo, bajando despacio. Sus manos separaron sus muslos, y el aire fresco la hizo temblar.

La escalada era imparable. Lengua experta lamiendo el encaje mojado, chupando hasta que ella gritó: —¡Ay, cabrón, no pares! El sabor salado de su deseo lo volvía loco, y Ana se retorcía, clavando las uñas en su cabello negro revuelto.

Esto es el color de la pasión, rojo vivo, latiendo en mis venas
.

Pero no era solo físico. En su mente, Ana revivía sus peleas tontas, cómo él la hacía sentir reina y puta al mismo tiempo. Javier subió, desnudándose rápido, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Ella la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que emanaba. Lo masturbó lento, viéndolo cerrar los ojos, gimiendo su nombre.

—Dentro de mí, ahora —exigió ella, empoderada, guiándolo. Se hundió en ella de un golpe suave, llenándola por completo. El estiramiento delicioso, el roce de piel contra piel húmeda, los jadeos sincronizados. Se movían al ritmo de una cumbia sensual imaginaria, él embistiendo profundo, ella clavando talones en su espalda.

El sudor les pegaba los cuerpos, el olor almizclado llenaba la habitación. Ana lamía el sal en su cuello, mordiendo su oreja mientras él la follaba más fuerte, el sofá crujiendo bajo ellos.

La intensidad subía como el volcán que late en el corazón de México. Javier la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, dándole nalgadas suaves que resonaban. Entró de nuevo, agarrando sus caderas, el slap slap de carne contra carne mezclándose con sus gemidos. —¡Más, mi amor, rómpeme!

Él obedecía, sudando, el cabello pegado a la frente. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola roja en su interior, como el capítulo que habían visto.

Esto es nuestro, puro fuego mexicano
.

Acto dos culminaba en explosión.

El clímax llegó como un trueno. Ana se convulsionó primero, gritando su nombre, las paredes de su coño apretándolo en espasmos lecherosos. Javier la siguió, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que desbordaban. Colapsaron juntos, él encima, protegiéndola, besando su espalda empapada. El afterglow era puro éxtasis: pulsos calmándose al unísono, el olor a sexo y mezcal impregnando todo, el sabor de sus besos post-orgasmo, dulces y salados.

Se quedaron así, enredados, mirando las luces de la ciudad por la ventana. Javier le acarició el cabello. —Eres mi pasión, Ana. Nada de celos, ¿va?

Ella sonrió, girando para mirarlo. —Va, carnal. Pero la próxima vez, vemos el capítulo juntos y lo recreamos.

En ese momento, el mundo era perfecto. El color de la pasión no era solo rojo; era el tono de sus pieles unidas, el brillo en sus ojos, el latido compartido. Reflexionaron en silencio, sabiendo que esto fortalecía su lazo, un amor ardiente como el sol de Coyoacán. Mañana sería otro día, pero esta noche, eran invencibles.

Fin del capítulo 121. La pasión seguía latiendo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.