Pasion Prohibida Capitulo 62 El Susurro Ardiente
Ana se recargaba en la puerta del viejo hotel en el corazón de Polanco, con el corazón latiéndole como tambor de mariachi en plena fiesta. El aire de la noche traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los tacos al pastor de la esquina, y ella lo inhalaba profundo, tratando de calmar los nervios que le revoloteaban en el estómago. Hacía meses que esta pasion prohibida la tenía atrapada, como en uno de esos capítulos de telenovela que no puedes soltar. Y esta noche era Pasion Prohibida Capitulo 62, el momento en que todo podía explotar o consumirse en llamas.
Desde que conoció a Diego en la boda de su prima, no había sido lo mismo. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que prometían pecados deliciosos, era el mejor amigo de su esposo Marco. Neta, qué ironía tan chueca. Marco, el hombre perfecto en papel: proveedor, cariñoso, pero en la cama... puro trámite, como pagar la luz. Diego era fuego puro, un wey que la hacía sentir viva, deseada, como si su cuerpo fuera un mapa que él exploraba con las manos y la lengua sin prisa.
El elevator ding del lobby la sacó de sus pensamientos. Ahí venía, con su chamarra de cuero negra ajustada al torso musculoso, el pelo revuelto por el viento y esa barba de tres días que le raspaba la piel de forma tan rica.
"¿Listos para el capítulo sesenta y dos, mi reina?"murmuró él al abrazarla, su aliento cálido oliendo a tequila reposado y menta. Ana sintió un escalofrío subirle por la espina, el roce de su pecho duro contra sus tetas que ya se endurecían bajo la blusa de encaje.
Subieron al cuarto sin decir mucho, solo miradas cargadas de promesas. La habitación era chida: cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban a revolcarse, velas aromáticas de vainilla encendidas que llenaban el aire de dulzor pecaminoso, y una botella de mezcal esperando en la mesita. Ana se quitó los tacones, sintiendo el piso fresco bajo sus pies cansados, y se acercó a la ventana. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, testigos mudos de su secreto.
¿Y si nos cachan? ¿Y si Marco se entera? pensó ella, el conflicto royéndole las entrañas. Pero el deseo era más fuerte, como un volcán a punto de reventar. Diego se paró detrás de ella, sus manos grandes posándose en su cintura, bajando despacio hasta las caderas.
"Déjate llevar, Ana. Esta noche solo existimos tú y yo."Su voz grave le vibró en el cuello, y ella arqueó la espalda, presionando su culo contra la verga que ya se ponía dura como piedra.
El beso empezó suave, labios rozándose como pluma, saboreando el salado de la piel y el dulzor del mezcal que compartieron en un trago largo. Pero pronto se volvió hambriento, lenguas enredándose en baile salvaje, mordidas juguetones que dejaban marcas rojas en el cuello de ella. Diego la volteó, levantándola en brazos como si no pesara nada, y la llevó a la cama. Sus manos expertas desabrocharon la blusa, exponiendo los senos llenos que él lamió con devoción, chupando los pezones hasta que Ana gimió bajito, órale, qué rico, sintiendo el calor humedecerse entre sus piernas.
En el medio del asunto, la tensión subió como la marea en Acapulco. Ana lo empujó sobre el colchón, queriendo tomar control.
"Hoy mando yo, pendejo"le dijo con una sonrisa traviesa, usando ese apodo cariñoso que solo entre ellos tenía sentido. Se subió a horcajadas, frotando su panocha empapada contra la protuberancia en sus jeans. El sonido de las cremalleras bajando fue como música prohibida, y cuando liberó esa verga gruesa, venosa, palpitante, se le hizo agua la boca. La olió primero, ese aroma almizclado de hombre excitado que la volvía loca, y luego la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum.
Diego gruñó, sus dedos enredándose en el pelo de ella, guiándola sin forzar. Esto es lo que amo de él, este respeto ardiente, pensó Ana mientras lo chupaba más profundo, sintiendo cómo se le hinchaba en la garganta. Pero no quería que terminara así; quería sentirlo dentro, llenándola hasta el fondo. Se quitó la falda y las tangas de un jalón, exponiendo su coño rasurado, brillando de jugos. El aire fresco le erizó la piel, y el calor de la mirada de Diego la quemó más.
Se posicionó sobre él, bajando despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentir cómo la estiraba, la llenaba perfecta.
"¡Ay, wey, qué chingón te sientes!"exclamó ella, empezando a moverse, subiendo y bajando en ritmo que aceleraba como cumbia brava. Las nalgas chocaban contra sus muslos con palmadas húmedas, el sudor perlando sus cuerpos, oliendo a sexo puro, a deseo acumulado de semanas robadas. Diego la agarraba de las caderas, embistiéndola desde abajo, sus ojos clavados en los de ella, compartiendo ese lazo invisible que ningún matrimonio podía romper.
La intensidad creció, los gemidos volviéndose gritos ahogados por la almohada. Ana sintió el orgasmo venir como ola gigante, tensando cada músculo, el clítoris rozando contra el pubis de él en chispas de placer. No pares, no pares, carajo, suplicaba en silencio mientras él la volteaba, poniéndola a cuatro patas. El espejo al frente les devolvía la imagen obscena: ella con la boca abierta, tetas balanceándose, él detrás como toro, metiendo duro, profundo, el sonido de carne contra carne mezclándose con sus jadeos.
El clímax la golpeó primero, un estallido que la dejó temblando, el coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos que ordeñaban hasta la última gota. Diego la siguió, gruñendo su nombre
"¡Ana, mi amor prohibido!", llenándola con chorros calientes que se desbordaban por sus muslos. Colapsaron juntos, piel pegajosa contra piel, corazones galopando al unísono, el olor a semen y sudor envolviéndolos como manta.
En el afterglow, yacían enredados, dedos trazando lazy patrones en la espalda del otro. El mezcal olvidado en la mesita, las velas parpadeando bajas. ¿Cuánto más podremos seguir con esta pasion prohibida? se preguntó Ana, pero por ahora, el capítulo 62 terminaba en paz. Diego la besó en la frente, suave, tierno.
"Mañana será el sesenta y tres, ¿verdad?"
Ella sonrió, asintiendo. La noche de México seguía bullendo afuera, pero adentro, su mundo era perfecto, prohibido y eterno. El deseo no se apagaba; solo esperaba la siguiente entrega.