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No Encuentro Explicación Para Toda Esta Pasión

6530 palabras

No Encuentro Explicación Para Toda Esta Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de luces neón y risas que se mezclaban con el aroma a tacos al pastor y mezcal ahumado. Yo, Ana, acababa de salir de una junta eterna en la oficina, con el estrés acumulado como un nudo en el pecho. Decidí entrarle al bar de la esquina, uno de esos chidos con terraza y música banda que te hace mover las caderas sin querer. Pedí un tequila reposado, puro, con limón y sal, y me senté en la barra, sintiendo el fresco del vidrio contra mis labios calientes.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te desarma de un jalón. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y unos jeans que le quedaban como pintados. Se acercó con un tequila en la mano, saludando con un guiño. "¿Permiso, reina?" dijo, con voz grave que me erizó la piel. Me hizo espacio a su lado, y platicamos de pendejadas: del tráfico infernal de Reforma, de cómo el chile en nogada te hace sudar como loco. Se llamaba Diego, fotógrafo freelance, de esos que capturan atardeceres en la playa de Cancún y fiestas en la Roma.

La química fue inmediata, neta, como si nos conociéramos de toda la vida. Bailamos salsa en la pista improvisada, sus manos en mi cintura, mi espalda pegada a su pecho. Sentía su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y algo salvaje, masculino. Cada roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por mis muslos.

¿Qué carajos me pasa con este wey? No encuentro explicación para toda esta pasión que me quema por dentro.
Pensé, mientras su mano bajaba un poquito más, rozando la curva de mi cadera.

La tensión crecía con cada canción. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía dejar de morder mi labio, imaginando sus besos. "¿Te late seguir la fiesta en otro lado, preciosa?" murmuró al oído, su barba raspándome la oreja de forma deliciosa. Asentí, el corazón latiéndome a mil. Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche besándonos la piel sudada. Caminamos unas cuadras hasta su depa en una colonia trendy, con murales coloridos y olor a jazmín de algún jardín cercano.

Adentro, todo era minimalista: fotos en blanco y negro de mujeres sensuales en la pared, una cama king size con sábanas blancas impecables. Me sirvió un trago más, y nos sentamos en el sofá de piel suave. Hablamos de verdad ahora, de sueños rotos y pasiones contenidas. Él confesó que acababa de salir de una relación tóxica, yo le conté de mi ex que era un pendejo sin chispa. Nuestras rodillas se tocaban, y el silencio se llenó de promesas mudas.

Lo besé primero, harta de esperar. Sus labios eran firmes, sabían a tequila y deseo puro. Me respondió con hambre, su lengua explorando mi boca mientras sus manos subían por mi blusa, desabotonándola con dedos hábiles. Gemí bajito cuando tocó mis senos, los pezones endureciéndose bajo su pulgar. "Eres fuego, Ana", gruñó, bajando a mi cuello, chupando la piel hasta dejarme marca. Olía su colonia amaderada mezclada con sudor fresco, un afrodisíaco que me mojó entre las piernas.

Me quitó la falda despacio, besando cada centímetro de muslo expuesto. Yo le arranqué la camisa, clavando uñas en su pecho velludo, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas. Caímos en la cama, un enredo de piernas y risas nerviosas. Sus dedos se colaron en mi tanga, rozando mi clítoris hinchado. ¡Ay, wey! Jadeé, arqueándome. Me masturbó lento al principio, círculos perfectos que me hacían ver estrellas, el sonido húmedo de mi excitación llenando la habitación.

Esto no es normal, esta pasión me desborda. No encuentro explicación para cómo su toque me hace temblar así, como si fuéramos almas gemelas en cuerpos hambrientos.

Le bajé el zipper, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en mi mano. La acaricié de arriba abajo, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. Él gimió ronco, "Sigue, mami, no pares". Se la chupé con ganas, saboreando el precum salado, mi lengua girando en la cabeza mientras él me agarraba el pelo suave, guiándome sin forzar. El sabor era adictivo, mezclado con mi propia saliva, y sus jadeos me volvían loca.

Me volteó boca arriba, abriéndome las piernas con ternura feroz. Besó mi coño despacio, lamiendo los labios mayores, chupando el clítoris hasta que grité su nombre. Su barba me raspaba delicioso, y metió dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace explotar. Venía una y otra vez, olas de placer que me dejaban temblando, el olor a sexo impregnando el aire.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. "Cógeme, Diego, ya", supliqué, jalándolo hacia mí. Se puso condón rápido, profesional, y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Dios! Llenándome por completo, estirándome justo como soñaba. Empezó lento, mirándome a los ojos, nuestros alientos sincronizados. Luego aceleró, embistiéndome fuerte, la cama crujiendo, piel contra piel en palmadas húmedas. Sudábamos, resbaladizos, yo clavándole uñas en la espalda, él mordiéndome el hombro.

La intensidad subía, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. "Estás tan chingona, tan apretadita", jadeaba él, y yo respondía con gemidos guturales, "Más duro, cabrón, dame todo". Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, él amasándolas. Luego de lado, su mano en mi clítoris mientras me penetraba profundo. El clímax nos golpeó juntos; yo me corrí gritando, contrayéndome alrededor de él, y él se vació con un rugido, temblando dentro de mí.

Nos quedamos así, enredados, el corazón latiéndonos desbocado. Besos suaves ahora, caricias perezosas en la piel empapada. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. "Esto fue... inexplicable", murmuró, trazando círculos en mi vientre. Sonreí, besándolo la frente.

Neta, no encuentro explicación para toda esta pasión que surgió de la nada y nos consumió. Pero qué chido sentirla, vivirla, sin arrepentimientos.

Nos dormimos abrazados, con el amanecer filtrándose por las cortinas. Despertamos con café y más besos, planeando un viaje a la playa. Esa noche cambió todo; encontré en Diego no solo un amante, sino un fuego que avivaba el mío propio. Y aunque la explicación siga perdida en algún rincón, la pasión perdura, ardiente y eterna.

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