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Abismo de Pasión Capítulo 152 El Vórtice del Deseo

6967 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 152 El Vórtice del Deseo

Ana sentía el calor del sol poniente en su piel morena mientras caminaba por la playa de Puerto Vallarta. El mar Caribe lamía la arena con un chac-chac rítmico, como un susurro que invitaba a pecados olvidados. Llevaba un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas, y el viento jugaba con su cabello negro largo, oliendo a sal y coco de su loción. Hacía meses que no veía a Diego, su amor de toda la vida, pero esta vez era diferente. Habían prometido redescubrirse, lejos del ajetreo de la Ciudad de México.

Diego la esperaba en la terraza de la villa, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que siempre la derretía. Alto, musculoso, con tatuajes que serpenteaban por sus brazos como promesas de placer. Órale, nena, dijo al verla, su voz grave resonando en el aire salobre. Te ves como diosa, Ana. Ven pa'cá. Ella se acercó, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre, ese abismo de pasión que siempre los había unido desde jóvenes.

¿Cuántas veces hemos caído en esto, Diego? Cada roce es un capítulo nuevo en nuestra historia loca.

Acto primero: la chispa. Se sentaron en las hamacas tejidas, con los pies rozando la arena tibia. Él le pasó una michelita helada, y sus dedos se demoraron en los de ella. El sabor amargo de la cerveza se mezcló con el dulzor de su boca cuando la besó por primera vez esa noche. Suave al inicio, labios carnosos presionando los suyos, lengua explorando con pereza. Ana inhaló su aroma: colonia masculina, sudor fresco del día, y algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia. No mames, Diego, me vas a volver loca, murmuró ella contra su cuello, mientras sus manos subían por sus muslos firmes.

La tensión crecía como la marea. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico en la CDMX, de cómo extrañaban estas escapadas, de sueños postergados. Pero bajo las palabras, el deseo bullía. Ana sentía su pulso acelerado, el calor entre sus piernas humedeciéndose con cada mirada que él le echaba a sus pechos, que subían y bajaban con la respiración agitada. Él le confesó:

Desde que te vi llegar, mi verga no para de pensarte, mi reina. Eres mi abismo de pasión capítulo 152, el que nunca termina.

Ella rio bajito, un sonido ronco y sensual. ¿Capítulo 152? ¿Y qué pasa en este, cabrón? La respuesta fue su mano deslizándose por su espalda, desatando el nudo del bikini con maestría. Sus senos se liberaron al aire libre, pezones endureciéndose al roce del viento. Diego los miró con hambre, lamiéndose los labios. En este, te como entera.

El sol se hundió en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, mientras ellos entraban a la villa. La habitación principal olía a sábanas frescas de algodón egipcio y jazmín del jardín. Luces tenues de velas parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. Ana lo empujó a la cama king size, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían lentas, frotándose contra la dureza que crecía bajo sus shorts. El tacto de su erección contra su sexo cubierto solo por la tanga era eléctrico, como chispas en la piel.

Quiero devorarlo, sentirlo dentro hasta el fondo. Este abismo nos llama, y no hay vuelta atrás.

Acto segundo: la escalada. Diego volteó las tornas, poniéndola de espaldas contra el colchón mullido. Besó su cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que olían a su saliva salada. Bajó por su clavícula, deteniéndose en cada seno. Chupó un pezón con avidez, la lengua girando en círculos mientras su mano masajeaba el otro. Ana arqueó la espalda, gimiendo ¡ay, wey, qué rico! El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con sus jadeos. Sus uñas se clavaron en sus hombros anchos, oliendo el sudor que perlaba su piel.

Él siguió descendiendo, besando su vientre plano, lamiendo el ombligo. Llegó al borde de la tanga, inhalando profundo su aroma almizclado de excitación. Hueles a miel, nena, gruñó, antes de arrancarla con los dientes. Ana abrió las piernas, expuesta, vulnerable y poderosa a la vez. Su lengua la encontró primero: un lametón largo desde el ano hasta el clítoris hinchado. El sabor era salado-dulce, como mar y fruta madura. Ella gritó, caderas elevándose, mientras él la devoraba. Dedos entraron, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. ¡Más, Diego, no pares, pendejo! Usó pendejo con cariño, como en sus noches locas de juventud.

La intensidad subía. Ana lo jaló del cabello, poniéndolo de pie para desvestirlo. Sus shorts cayeron, revelando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La masturbó lento, saliva goteando de su boca para lubricar. Él gemía, ¡carajo, Ana, me vas a hacer venir ya! Ella sonrió, lamiendo la punta, saboreando el precum salado, antes de engullirlo entero. Su boca lo succionaba con maestría, garganta relajada, mientras sus manos masajeaban sus bolas pesadas.

Pero querían más. La volteó de rodillas, nalgas en alto. Él se posicionó atrás, frotando la cabeza contra sus labios vaginales empapados. ¿Me quieres adentro, mi amor? Sí, métemela toda, cabrón, suplicó ella. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido era húmedo, carnoso, piel contra piel. Comenzaron a moverse, él embistiendo profundo, ella empujando hacia atrás. El cuarto se llenó de slap-slap de cuerpos chocando, gemidos en español mexicano crudo: ¡qué chingón te sientes! ¡Dame más duro!

Este ritmo nos hunde en el abismo, capítulo tras capítulo de puro fuego. No hay fin, solo nosotros.

Acto tercero: la liberación. Cambiaron posiciones como en una danza ancestral. Ana encima, cabalgándolo salvaje, senos rebotando, sudor goteando de su frente al pecho de él. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, fluidos mezclados. Él pellizcaba sus nalgas, guiándola. ¡Me vengo, Diego! ¡Ya! gritó ella, su coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por su verga. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que sintió palpitar dentro.

Colapsaron juntos, entrelazados, pieles pegajosas resbalando. El afterglow era paz profunda: respiraciones sincronizadas, besos suaves en la sien. El mar seguía susurrando afuera, testigo de su unión. Ana trazó círculos en su pecho con el dedo, oliendo su mezcla en sus dedos.

Este fue el mejor capítulo, mi abismo de pasión capítulo 152, susurró él, riendo bajito.

Ella sonrió, sabiendo que vendrían más. En este vórtice del deseo, su amor era eterno, consensual, ardiente como el sol mexicano.

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