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Las 80 Melodias de Pasion

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Las 80 Melodias de Pasion

En el corazón de la Roma, donde las luces neón parpadean como promesas calientes, Ana entró al bar clandestino que tanto le habían recomendado sus cuates. El aire estaba cargado de humo dulce de tabaco y ese olor a tequila reposado que te hace agua la boca. La música retumbaba desde los altavoces, un ritmo sensual que vibraba en su pecho, haciendo que sus caderas se movieran solas. Qué chido lugar, pensó, mientras pedía un paloma en la barra. Sus ojos se posaron en el escenario improvisado, donde un tipo alto, de piel morena y sonrisa pícara, afinaba su guitarra eléctrica.

Él era Diego, el alma de la noche. Con una playera ajustada que marcaba sus músculos y jeans desgastados que colgaban perfectos en sus caderas, parecía salido de un sueño mojado. Ana sintió un cosquilleo en el estómago cuando sus miradas se cruzaron. Neta, este güey me trae loca, se dijo, mordiéndose el labio. Diego le guiñó el ojo y empezó a tocar. "Esta noche", anunció al micrófono con voz ronca, "vamos a sumergirnos en las 80 melodías de pasión, un playlist que compuse para encender el fuego que todos traemos adentro".

La primera melodía explotó: un bolero fusionado con reggaetón lento, con notas que se deslizaban como caricias. Ana se acercó al escenario, su vestido rojo ceñido rozando sus muslos. Diego la vio y dedicó la segunda melodía solo para ella. "Para la morena que ilumina la noche", dijo, y el público aplaudió. Ella rio, sintiendo el calor subirle por el cuello. Después del set, él bajó y se plantó frente a ella. "¿Cómo te llamas, reina?"

"Ana. Y tú eres el que me tiene sudando con esas 80 melodías de pasión". Diego soltó una carcajada profunda, que resonó en su piel como un tambor. "Órale, carnala, ¿vamos por un trago? Quiero saber qué te prende de verdad". Caminaron a una mesa apartada, donde el olor a jazmín de su perfume se mezcló con el sudor fresco de él. Hablaron de todo: de la vida loca en la CDMX, de tacos al pastor a media noche, de cómo la música les corría por las venas. Cada roce accidental de sus rodillas bajo la mesa era una chispa. Ana sentía su pulso acelerado, el deseo latiendo entre sus piernas como un bajo grave.

¿Y si me lo llevo? Neta que sí, esta noche no hay peros. Quiero sentirlo todo.

La tercera melodía del playlist sonaba de fondo, suave y envolvente. Diego la tomó de la mano. "Baila conmigo". En la pista improvisada, sus cuerpos se pegaron. Ella sintió la dureza de su pecho contra sus senos, el calor de su aliento en su oreja. "Me traes al borde, Ana", murmuró él, mientras sus manos bajaban por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas. Ella arqueó la espalda, presionando contra su erección creciente. El beso llegó natural, como la siguiente nota: labios suaves al principio, luego hambrientos, lenguas danzando con el ritmo. Saboreó el tequila en su boca, salado y dulce.

Salieron del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego interno. Caminaron unas cuadras hasta el depa de Diego, un loft chiquito pero con vibe: posters de rock en español, una cama king size y un sistema de sonido que prometía pecados. "Siéntate", dijo él, poniendo play a las 80 melodías de pasión completas. La cuarta y quinta melodías llenaron el espacio, ondas sonoras que masajeaban su piel. Ana se recargó en la cama, viéndolo quitarse la playera. Sus abdominales brillaban bajo la luz tenue, un rastro de vello oscuro bajando hacia su cinturón.

Él se acercó despacio, arrodillándose frente a ella. "Déjame adorarte". Sus manos subieron por sus piernas, abriéndole los muslos con gentileza. Ana jadeó cuando sintió sus labios en el interior de su rodilla, subiendo lento, besando la piel sensible. Qué rico, no pares, pensó, mientras el aroma de su excitación llenaba el aire. Diego levantó su vestido, exponiendo sus bragas de encaje negro. Las deslizó con dientes, inhalando profundo. "Hueles a deseo puro, nena". Su lengua la encontró, lamiendo suave al principio, círculos lentos alrededor de su clítoris hinchado. Ana se arqueó, agarrando sus mechones negros, el placer subiendo como una ola. La melodía número diez retumbaba, sincronizándose con sus gemidos.

Pero ella quería más. Lo jaló arriba, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. "Ven, cabrón, fóllame ya". Diego sonrió pícaro, rodando un condón con maestría. Se posicionó entre sus piernas, frotando la punta contra su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ana gritó de placer, sintiendo cada vena, el calor llenándola. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, siguiendo la undécima melodía. Sus caderas chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando sus cuerpos. Él chupaba sus pezones duros, mordisqueando suave, mientras ella clavaba uñas en su espalda.

La tensión crecía con cada canción. En la vigésima melodía, aceleraron: él la volteó a cuatro patas, embistiéndola profundo desde atrás. Ana sentía sus bolas golpeando su clítoris, el placer acumulándose como una tormenta. "¡Más duro, Diego, no pares!" gritaba, mientras él gruñía "Eres tan chingona, tan apretada". El olor a sexo crudo, almizcle y sudor, impregnaba todo. Sus pechos rebotaban con cada thrust, el sonido de piel contra piel mezclándose con la música.

No puedo más, voy a explotar. Que siga, que no acabe esta noche.

Pasaron a la posición del misionero, mirándose a los ojos. La trigésima melodía era un tango ardiente, perfecto para su vaivén desesperado. Diego aceleró, su frente sudada goteando en su cuello. Ana envolvió sus piernas alrededor de su cintura, apretándolo más adentro. El orgasmo la golpeó primero: un estallido blanco, contracciones que lo ordeñaban. "¡Sí, carajo, vengo!" chilló, lágrimas de placer en los ojos. Él la siguió segundos después, rugiendo su nombre mientras se vaciaba dentro del condón, temblores sacudiéndolo.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, la música bajando a melodías suaves, la número cuarenta y uno envolviéndolos como una cobija. Diego la besó tierno, trazando círculos en su vientre. "Eres increíble, Ana. Esas 80 melodías de pasión nunca sonaron tan bien como contigo". Ella rio bajito, acurrucándose en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El aroma de sus cuerpos entrelazados, salado y satisfecho, era el mejor perfume. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en ese loft, el mundo se había detenido en un afterglow perfecto.

Mientras la playlist seguía, Ana pensó en las melodías restantes. ¿Y si nos quedamos hasta la ochenta? Diego la apretó más, como leyendo su mente. "Mañana hay más, mi reina. Pero esta noche, solo tú y yo". Durmieron así, piel con piel, soñando con ritmos que aún no tocaban.

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