Pasión Desbordada en el Reparto de Novela
En los estudios de Televisa en San Ángel, el aire olía a café recién molido y a ese perfume dulzón que usaban las maquillistas. Yo, Mariana, la protagonista de Pasión Novela, acababa de llegar al set. El reparto estaba convocado para el ensayo general de la escena clave: el beso bajo la lluvia artificial. Mi corazón latía con fuerza, no solo por las cámaras, sino por él. Alejandro, el galán principal, el wey que me ponía la piel chinita cada vez que me rozaba en los ensayos.
¿Por qué carajos me afecta tanto este pendejo? me pregunté mientras me ajustaba el vestido rojo ceñido que resaltaba mis curvas. Era el traje de la escena, pero lo sentía como una segunda piel, caliente y pegajosa bajo las luces. Alejandro entró al foro con esa sonrisa de comercial de cerveza, camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando ese tatuaje de águila que me volvía loca.
—Órale, Mari, ¿lista pa' mojarnos? —dijo con voz grave, guiñándome el ojo.
El director gritó acción, y las regaderas empezaron a caer. El agua fría me empapó al instante, haciendo que el vestido se pegara a mis tetas y mis caderas. Alejandro se acercó, sus manos grandes en mi cintura, y me besó como en el guion: apasionado, pero con los ojos cerrados. Solo que cuando abrió los ojos, vi fuego puro. Su aliento olía a menta y a algo más salvaje, como deseo crudo.
El ensayo terminó, pero la tensión no. En el camerino, mientras me secaba el cabello, sentí su presencia en la puerta.
—Neta, Mari, ese beso... no fue solo actuación, ¿verdad? —murmuró, cerrando la puerta con llave.
Mi pulso se aceleró. El espejo reflejaba mis pezones duros bajo la bata de felpa. Esto es el reparto de Pasión Novela, no podemos cagarla, pensé, pero mi cuerpo decía otra cosa.
Los días siguientes fueron un pinche infierno delicioso. En las lecturas de guion, su pie rozaba el mío bajo la mesa larga del salón. Olía a su colonia, esa que mezclaba madera y cítricos, y cada vez que reía por mis chistes tontos, sentía un cosquilleo entre las piernas. El reparto entero notaba la química, pero nadie decía nada. Éramos los reyes de Pasión Novela, la novela que hablaba de amores imposibles, y ahora lo vivíamos.
Una noche, después de una fiesta del equipo en Polanco, terminamos en su departamento en la Condesa. El tráfico de la Ciudad de México rugía abajo, pero adentro solo se oía nuestra respiración agitada. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, el líquido quemándome la garganta como su mirada.
—Mariana, desde el primer día en el reparto, te quiero comer a besos —confesó, acercándose. Sus dedos trazaron mi brazo, enviando chispas por mi espina.
Lo empujé contra la pared, mis uñas en su pecho. Al diablo el guion, esto es real. Nuestros labios chocaron, hambrientos. Su lengua sabía a tequila y sal, explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito, sintiendo su verga dura contra mi vientre. El aroma de su sudor fresco me mareaba, mezclado con el mío, ese olor almizclado de mujer excitada.
Me cargó como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mis manos. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como seda, me quitó la blusa despacio. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo gotas de sudor. Qué rico, wey, no pares, pensé, arqueándome.
—Eres una diosa, nena —gruñó, chupando un pezón. El placer era eléctrico, un rayo que bajaba directo a mi clítoris hinchado. Mis manos bajaron a su pantalón, liberando su miembro grueso, palpitante. Lo apreté, sintiendo las venas bajo mi palma, caliente como hierro forjado.
La intensidad subió como las olas en Acapulco. Alejandro me abrió las piernas con gentileza, pero sus ojos eran puro animal. Besó mi interior de muslos, su aliento caliente en mi coño mojado. Olía a mi propia excitación, dulce y salada. Su lengua tocó mi clítoris, lamiendo lento al principio, luego rápido, succionando como si fuera miel.
—¡Ay, cabrón, qué chido! —grité, mis caderas moviéndose solas. Mis dedos enredados en su cabello negro, tirando suave. El cuarto se llenaba de sonidos húmedos, mis jadeos y sus gruñidos roncos.
Esto es mejor que cualquier escena de Pasión Novela, pensé mientras el orgasmo se acercaba. Pero él se detuvo, subiendo para penetrarme. Su punta rozó mi entrada, lubricada por mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada, llenándome hasta el fondo. Nuestros cuerpos encajaban perfectos, piel contra piel sudada.
Empezamos a movernos, ritmo lento que viró a frenético. El colchón crujía, cabezas chocando contra la cabecera. Sus manos amasaban mis nalgas, azotando suave, el sonido seco retumbando. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos.
—Más fuerte, Alejandro, dame todo —supliqué, mi voz ronca.
Él obedeció, embistiéndome profundo, su pubis frotando mi clítoris. El placer crecía, una bola de fuego en mi vientre. Gemí su nombre, sintiendo las contracciones. Él se tensó, gruñendo:
—Me vengo, Mari... ¡juntos!
Explotamos al unísono. Mi coño apretándolo, ordeñándolo mientras su semen caliente me inundaba. Estrellas detrás de mis ojos, cuerpo temblando, olas y olas de éxtasis.
Después, enredados en las sábanas revueltas, el silencio era roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón volver a normal. Olía a nosotros, satisfechos, con ese afterglow que huele a paz y promesas.
—Esto cambia todo en el reparto de Pasión Novela, ¿no? —dijo, trazando círculos en mi ombligo.
Sonreí, besando su frente sudorosa.
—Simón, pero neta valió la pena. Ahora cada escena va a ser fuego puro.
Y así empezó nuestra propia novela, fuera de cámaras, llena de pasión real. El sol de la mañana entraba por las cortinas, tiñendo todo de dorado, como un final feliz que apenas comenzaba.