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Pasion por los Motores Ardientes

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Pasion por los Motores Ardientes

El rugido de los motores me erizaba la piel desde chiquita. Esa pasión por los motores que me corría por las venas como gasolina pura, neta que no había nada que me prendiera más que el olor a aceite quemado y caucho caliente en un autodromo. Vivía en el corazón de la CDMX, donde los talleres tuning retumban día y noche con esa sinfonía mecánica que me hacía vibrar hasta el alma. Yo, Ana, mecánica de profesión, con las manos siempre sucias de grasa y el corazón latiendo al ritmo de un V8.

Aquella tarde de sábado, el sol pegaba como plomo derretido sobre el asfalto del taller de mi carnal, el Taller Veloz en Polanco. Entré empujando la puerta metálica que chirrió como un gemido ronco, y ahí estaba él: Marco, el nuevo güey que mi hermano acababa de contratar. Alto, moreno, con brazos tatuados que parecían cables de alta tensión y una sonrisa que prometía curvas peligrosas. Llevaba una playera ajustada manchada de aceite, pegada al pecho sudado, y unos jeans rotos que marcaban cada músculo de sus piernas. Sus ojos negros me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortos y la blusa escotada que dejaba ver el brillo de sudor entre mis chichis.

Pinche hombre, parece un Mustang tuneado, listo para acelerar, pensé mientras mi pulso se disparaba como un turbo. Me acerqué al capó abierto de un Mustang rojo fuego que él pulía con un trapo. El motor brillaba, reluciente, y el aroma metálico se mezclaba con su sudor masculino, ese olor terroso y salado que me hacía mojarme sin remedio.

—Órale, güey, ¿ya le metiste mano a este fierro? —le dije, inclinándome para oler el bloque del motor, mis nalgas quedando justo a su altura.

Él soltó una risa grave, como el escape de un carro deportivo. —Sí, carnala, le cambié los pistones y le afiné la admisión. Esta belleza ahora ruge como leona en celo. ¿Quieres que te muestre?

Su voz ronca me recorrió la espina dorsal. Asentí, y él giró la llave. El motor cobró vida con un bramido ensordecedor que vibró en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran contra la tela. Sentí el calor del escape rozándome las piernas, y su mirada fija en mí, hambrienta.

La tensión creció mientras trabajábamos codo a codo. Nuestros brazos se rozaban, piel contra piel sudorosa, y cada roce era como una chispa en un tanque de gasolina. Él me explicaba los detalles del carburador, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a chicle de menta y hombre. Yo sentía mi pasión por los motores mezclándose con algo más salvaje, un deseo que me apretaba el estómago y humedecía mis panties.

No mames, Ana, este pendejo te va a volver loca, me dije, mientras lo veía agacharse para revisar el escape, sus músculos flexionándose bajo la luz fluorescente del taller. El suelo estaba salpicado de aceite, resbaloso, y el aire cargado de ese hedor adictivo a goma quemada y metal caliente.

De repente, su mano rozó mi muslo al levantarse. No fue accidental. Nuestras miradas chocaron, y el mundo se redujo al latido de mi corazón y al zumbido de los ventiladores del taller.

—Neta que tú entiendes de esto, ¿verdad? De pasiones que queman —murmuró, su dedo trazando una línea de grasa en mi brazo desnudo.

Me mordí el labio, el sabor salado de mi sudor en la lengua. —Más de lo que crees, Marco. Esta pasión por los motores me tiene loca... pero hay motores que prenden más fuego.

Él se acercó, su pecho casi tocando el mío. Sentí el calor de su cuerpo, el ritmo acelerado de su respiración mezclándose con la mía. Sus labios rozaron mi cuello, un beso ligero como el roce de un pistón. Gemí bajito, mis manos aferrándose a su cintura dura.

—Si quieres, te llevo a dar una vuelta en este Mustang... o prefieres que te meta mano aquí mismo —dijo, su voz un ronroneo grave.

El deseo me nubló la razón. —Aquí mismo, cabrón. Enséñame qué tan potente eres.

Nos besamos con furia, lenguas enredadas como cables sueltos, saboreando el salado de la piel y el dulzor de la adrenalina. Sus manos grandes me alzaron sobre el capó del Mustang, el metal aún tibio vibrando con el eco del motor apagado. El taller olía a sexo inminente: sudor, aceite y esa humedad traicionera entre mis piernas.

Me arrancó la blusa con un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco del ventilador. Sus labios las devoraron, chupando mis pezones duros como tuercas, mordisqueando hasta que arqueé la espalda con un grito ahogado. ¡Qué rico, pinche chulo, no pares! Mi piel ardía bajo su boca, cada lamida enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris palpitante.

Desabroché sus jeans, liberando su verga gruesa y venosa, latiendo como un motor a punto de explotar. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. Él gruñó, empujándome las piernas abiertas, rasgando mis shorts y panties de un jalón. El aire frío besó mi coño empapado, y él se hundió de rodillas, su lengua hurgando mis labios hinchados.

El sabor de mi propia excitación llegó a él, y lamió con hambre, succionando mi clítoris como si fuera el acelerador. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en el capó, el metal rayándose bajo mis dedos. El taller retumbaba con mis jadeos y el lamido húmedo, el olor a mi flujo mezclándose con el aceite.

—Estás chingona, Ana... tan mojada como un carburador en tormenta —jadeó, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para golpear ese punto que me hacía ver estrellas.

Me retorcí, mis caderas moviéndose solas, follando su boca y mano. El clímax se acercaba como un carro a 200 por hora, pero lo detuve, queriendo más. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. —Métemela ya, güey. Quiero sentirte ronronear dentro.

Empujó de un golpe, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente me arrancó un alarido de placer, su grosor pulsando contra mis paredes. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un rugido controlado que hacía temblar el auto. Sentía cada vena, cada latido, el sudor de su pecho goteando sobre mis tetas.

Acabé las piernas alrededor de su cintura, clavándolo más hondo. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el capó crujiendo bajo nosotros. Él aceleró, follando como un pistón enloquecido, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo puro: semen preeyaculatorio, mi crema y aceite.

¡Más fuerte, Marco! ¡Hazme rugir como tu motor!
grité, y él obedeció, su mano en mi garganta suave, dominante pero consensuado, aumentando la intensidad.

El orgasmo me golpeó como un choque frontal. Ondas de placer me sacudieron, mi coño apretándolo en espasmos, ordeñándolo. Él rugió, hundiéndose una última vez, su leche caliente inundándome, mezclándose con mis jugos.

Nos quedamos ahí, jadeantes, cuerpos pegajosos sobre el capó caliente. El taller volvía a su silencio, solo roto por nuestras respiraciones entrecortadas. Marco me besó suave, su lengua lamiendo el sudor de mi cuello.

—Neta que tu pasión por los motores es contagiosa, Ana. Pero la tuya por mí... eso sí que acelera.

Sonreí, mi mano acariciando su verga aún semidura dentro de mí. Esto apenas empieza, carnal. Hay muchos fierros por probar.

Nos vestimos entre risas y besos robados, el Mustang testigo mudo de nuestra fogata. Salimos al atardecer, el cielo naranja como escape al rojo vivo, listos para más vueltas. Mi corazón latía al ritmo de un nuevo motor: el nuestro, encendido para siempre.

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