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La Pasión de Cristo Fue Real

6752 palabras

La Pasión de Cristo Fue Real

Era Viernes Santo en mi pueblo de Jalisco, el aire cargado de incienso y murmullos devotos. Las calles empedradas vibraban con el eco de las matracas y el lamento de las saetas. Yo, María, con mi huipil blanco ceñido al cuerpo por el calor pegajoso de la tarde, caminaba entre la multitud. Mis pechos subían y bajaban con cada respiración, sintiendo el roce de la tela contra mis pezones endurecidos por la brisa traicionera. No era solo la fe lo que me erizaba la piel; era él.

Lo vi primero desde la plaza, cargando la cruz de madera astillada sobre sus hombros anchos. Jesús, el actor que cada año encarnaba al Nazareno en nuestra representación de la Pasión. Alto, moreno, con ojos negros como el petróleo y una barba que le sombreaba la mandíbula fuerte. Sudor corría por su pecho desnudo, marcado por verdugones rojos de la flagelación fingida. Neta, güey, pensé, ese vato parece tallado por los dioses paganos, no por el Señor. Mi concha se humedeció al instante, un calor traidor que me hizo apretar los muslos mientras la gente gritaba "¡Perdónanos!" a su paso.

Después de la procesión, cuando el sol se hundía como una hostia sangrante, me quedé rezagada en el atrio de la iglesia. El olor a cera quemada y flores de cempasúchil me envolvía, pero nada comparado con el aroma masculino que se acercó por detrás. Sus manos, callosas y cálidas, rozaron mi cintura.

¿Qué hace una morra como tú aquí sola, con esa mirada de pecadora?

Su voz ronca, con acento tapatío puro, me erizó el alma. Me volteé y ahí estaba, sin la corona de espinas, solo con una sábana improvisada atada a la cadera. Olía a sudor fresco, tierra y algo salvaje, como el mezcal que se fermenta en tinajas ocultas.

Órale, Jesús, le dije juguetona, ¿ya resucitaste o nomás vienes a tentarme?

Se rio, un sonido grave que vibró en mi pecho. La pasión duele, pero también quema por dentro, murmuró, sus ojos clavados en mis labios. No pude resistir; lo jalé de la mano hacia el callejón atrás del templo, donde las buganvilias trepaban las paredes como venas hinchadas.

Ahí empezó todo. Sus labios capturaron los míos con hambre santa, su lengua invadiendo mi boca como un fuego divino. Sabía a sal y a vino bendecido, sus dientes mordisqueando mi labio inferior hasta sacarme un gemido ahogado. Mis manos exploraron su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la piel curtida por el sol. Carajo, qué prieto está este wey, pensé mientras él me aprisionaba contra la pared áspera, el yeso raspando mi espalda a través del huipil.

El beso se profundizó, sus caderas presionando las mías. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y palpitante, como la lanza que traspasó el costado de Cristo. Mi clítoris latía en respuesta, un pulso ardiente que me hacía jadear. Le arranqué la sábana, revelando su miembro erguido, venoso, coronado por un glande morado de deseo. ¡Madre santísima! El olor de su excitación subió hasta mí, almizclado y embriagador, mezclándose con el jazmín del aire nocturno.

Te quiero dentro de mí, Jesús, susurré, mi voz temblorosa. Que tu pasión me salve.

Me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. Sus dedos hurgaron bajo mi falda, encontrando mis bragas empapadas. Las rasgó con un gruñido animal, y el sonido del tejido partiéndose me hizo arquear la espalda. Tocó mi concha desnuda, resbaladiza de jugos, sus yemas gruesas frotando mi entrada con círculos lentos. Estás chorreando, nena, dijo, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, el eco rebotando en las paredes, mis uñas clavándose en sus hombros.

Esto es pecado, pero qué pecado tan delicioso. La pasión de Cristo fue real, neta, la siento en cada embestida de sus dedos.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba en mi cuello, succionando la piel hasta dejar marcas púrpuras; el slap-slap de su mano bombeando dentro de mí, el jugo chorreando por mis muslos; su aliento caliente en mi oreja, susurrando órale, muévete así, cabrona rica. Mi primer orgasmo llegó como un latigazo, mi concha contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros calientes salpicando su muñeca. Grité su nombre —no Jesús, sino su verdadero, Alejandro— mientras ondas de placer me sacudían.

Pero no paró. Me bajó despacio, mis rodillas flojas como gelatina, y me volteó de cara a la pared. Su verga presionó mi entrada desde atrás, resbalosa por mis propios fluidos. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome con un ardor exquisito. ¡Ay, wey, qué verga tan cabrona! El grosor me abría como una ofrenda, cada vena pulsando contra mis paredes internas. Empezó a bombear, lento al principio, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso y salado, goteando entre mis pechos.

Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, mis tetas rebotando libres ahora que el huipil estaba arremangado. Él alcanzó alrededor, pellizcando mis pezones duros como piedras de obsidiana, tirando hasta que dolió placer. Olía nuestra unión: sexo crudo, almizcle y tierra mojada por una llovizna repentina. El agua tibia caía sobre nosotros, haciendo todo más resbaloso, más intenso. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada embestida, enviando chispas por mi espina.

La pasión de Cristo fue real, pensé en un arrebato, mientras él aceleraba, su respiración entrecortada en mi oído. No era corona de espinas lo que necesitaba, sino esta verga clavándose en mí, redimiéndome. Gemí más fuerte, mis paredes apretándolo como un vicio. Él gruñó, me vengo, morra, y sentí su leche caliente inundándome, chorros potentes que me llevaron al borde otra vez.

Exploté con él, mi concha ordeñándolo, piernas temblando. Nos quedamos pegados, jadeando, el agua lavando nuestros pecados. Se salió despacio, su semen goteando por mis muslos, mezclado con lluvia.

Nos vestimos en silencio, pero sus ojos prometían más. Caminamos de vuelta a la plaza, donde las luces de las velas parpadeaban como estrellas caídas. Me besó la frente, suave ahora, como un padre redentor.

Esto no fue solo un polvo, fue revelación. La pasión de Cristo fue real, y la viví en su carne.

Desde esa noche, cada Viernes Santo lo busco en la procesión. No por fe ciega, sino por ese fuego que arde eterno en mi sangre. Y qué chingón arde.

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