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Leyendas de Pasion Actores Desenfrenados

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Leyendas de Pasion Actores Desenfrenados

El calor de los reflectores en el set de filmación me quemaba la piel como un beso del sol de mediodía en el desierto de Sonora. Yo era Lucía, la protagonista de Leyendas de Pasión, una película que prometía ser el hit del año en México. Vestida con un huipil transparente que apenas cubría mis curvas, sentía el aire cargado de anticipación. Al otro lado del set, Javier, mi coestrella, uno de esos actores que hacen suspirar a medio país con su mandíbula cuadrada y ojos color tequila. "Leyendas de Pasion Actores", murmuraban los chismes en redes, pero nadie imaginaba lo que se cocía entre bastidores.

¡Acción! —gritó el director, y Javier se acercó con esa mirada que me ponía la piel chinita. En la escena, éramos amantes prohibidos en una hacienda colonial, rodeados de velas que olían a vainilla y jazmín. Su mano rozó mi cintura, y juro que un escalofrío me recorrió desde los dedos de los pies hasta la nuca. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace apretar las piernas sin querer.

¿Por qué carajos este güey me acelera el pulso así? Es solo acting, Lucía, contrólate
, me dije mientras él susurraba su línea: —Tu fuego me consume, mi reina.

El toque fue eléctrico. Sus dedos se hundieron en mi cadera, y por un segundo, el mundo se redujo a su aliento caliente en mi cuello. Cortamos la toma porque el director quería más intensidad, pero Javier no soltó mi mano del todo. —Estás cañón hoy, nena —me dijo bajito, con esa sonrisa pícara que lo hacía irresistible. Yo reí, fingiendo desinterés, pero adentro bullía un volcán. Después de horas de repeticiones, el set se vació. Solo quedamos nosotros dos, recogiendo accesorios bajo la luz mortecina de las lámparas.

La noche caía sobre los estudios en Polanco, y el tráfico de la Ciudad de México rugía a lo lejos como un amante impaciente. Javier se acercó por detrás, su pecho rozando mi espalda. —¿Quieres practicar la escena del río? Aquí no hay cámaras —propuso, su voz ronca como grava. Sentí su calor filtrándose por mi blusa, y el olor a su piel, terroso y salado, me invadió las fosas nasales. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Esto es una locura, pero ¿y si no? ¿Y si lo dejo ir?

Nos escabullimos a un rincón del set decorado como un río tropical, con plantas falsas y una fuente que gorgoteaba agua fresca. Me quitó el huipil con lentitud, sus ojos devorando cada centímetro de mi piel expuesta al aire. Mis pezones se endurecieron al instante, traicioneros, bajo su mirada hambrienta. —Eres una diosa, Lucía —murmuró, y sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a menta y deseo puro. Nuestras lenguas danzaron, explorando, probando, mientras sus manos recorrían mis senos, amasándolos con una ternura que me hacía gemir bajito.

Lo empujé contra una pila de cojines que simulaban la orilla del río, y me subí a horcajadas sobre él. Su verga ya estaba dura como piedra bajo los pantalones, presionando contra mi entrepierna húmeda. La tela de mi tanga se empapaba, y el roce me arrancaba jadeos. —Quítamelos, Javier, no aguanto —le supliqué, mi voz temblorosa. Él obedeció, deslizando la prenda por mis muslos, y cuando sus dedos tocaron mi clítoris hinchado, vi estrellas. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros resuellos agitados.

Me incliné para morderle el lóbulo de la oreja, saboreando el salado de su sudor. —Te quiero adentro, carnal, hazme tuya —le dije, usando ese tono juguetón que nos sale natural en México. Él se desabrochó el cinturón con prisa, liberando su miembro grueso y venoso que palpitaba en mi mano. Lo acaricie despacio, sintiendo las venas saltar bajo mis dedos, el calor irradiando como brasa. El olor a sexo nos envolvía, almizclado y adictivo, mientras yo lo guiaba hacia mi entrada resbaladiza.

Me hundí sobre él centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me llenaba. Su grosor me estiraba deliciosamente, tocando puntos que me hacían arquear la espalda. Comenzamos a movernos en ritmo sincronizado, como en las mejores escenas de Leyendas de Pasión, pero esto era real, crudo, nuestro. El slap-slap de piel contra piel resonaba en el set vacío, acompañado de mis gritos ahogados: —¡Más fuerte, pendejo, rómpeme! —Él obedecía, embistiéndome con fuerza controlada, sus manos clavándose en mis nalgas, guiándome arriba y abajo.

El sudor nos unía, resbaloso y pegajoso, mientras el vapor de la fuente nos envolvía en una neblina cálida. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, cada contracción de mis músculos apretándolo más.

Esto es mejor que cualquier leyenda, es nuestra pasión
, pensé entre oleadas de placer. Javier se incorporó, chupando mis tetas con avidez, su lengua girando alrededor de los pezones hasta que dolió de lo rico. Cambiamos de posición; él me puso de rodillas sobre los cojines, penetrándome por detrás con un gruñido animal.

El ángulo era perfecto, su glande golpeando mi punto G sin piedad. Mis uñas se clavaron en la tela, el olor a cuero viejo mezclándose con nuestro jugo. —Me vengo, Javier, no pares —jadeé, y el orgasmo me azotó como tormenta en el Pacífico. Ondas de éxtasis me recorrieron, mi panocha contrayéndose en espasmos que lo ordeñaban. Él rugió mi nombre, hinchándose dentro de mí antes de explotar, chorros calientes inundándome hasta que goteamos juntos.

Colapsamos enredados, nuestros pechos subiendo y bajando al unísono, el aire espeso con el aroma post-sexo: semen, sudor y esencia floral de las velas apagadas. Javier me besó la frente, su mano acariciando mi cabello revuelto. —Eres mi leyenda favorita, Lucía —susurró, y yo sonreí contra su pecho, sintiendo su corazón galopante igual que el mío.

Al amanecer, mientras el sol teñía de oro los sets, nos vestimos en silencio, compartiendo miradas cargadas de promesas. La filmación de Leyendas de Pasión continuaría, pero ahora éramos actores y amantes, con un secreto que ardía más que cualquier guion. Caminamos hacia la salida, su brazo alrededor de mi cintura, listos para el próximo take... o lo que viniera después. El deseo no se apaga con una noche; en nosotros, las leyendas de pasión apenas comenzaban.

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