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3 Ejemplos de Pasión

5781 palabras

3 Ejemplos de Pasión

Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y vivo en el corazón de la Ciudad de México, donde el pulso de la urbe late como un corazón en celo. Esa noche en el bar de Polanco, con el aire cargado de humo de cigarros electrónicos y risas estridentes, lo vi por primera vez. Javier, con su camisa ajustada que marcaba los músculos de su pecho y esa sonrisa pícara que prometía travesuras. Neta, wey, pensé, este tipo me va a volver loca.

Nos miramos desde la barra. Él pedía un tequila reposado, yo un margarita helado que me refrescaba la garganta seca. El sonido de la salsa retumbaba, cuerpos moviéndose al ritmo, pero yo solo sentía el calor subiendo por mi piel. Se acercó, oliendo a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que hace que las piernas tiemblen.

Órale, güerita, ¿bailas o nomás ves? —me dijo, su voz grave rozándome el oído como una caricia.

Le sonreí, sintiendo el cosquilleo en el estómago. —Si me convences, carnal.

Así empezó todo. Bailamos pegaditos, sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna dura. El deseo era palpable, como el vapor de los tragos calientes. Al final de la noche, en su depa en la Roma, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas, nos besamos por primera vez. Sus labios sabían a tequila y menta, su lengua explorando mi boca con hambre. Me cargó hasta la cama, y ahí vino el primer ejemplo de pasión.

Sus manos bajaron mi vestido rojo, exponiendo mi piel morena al aire fresco. Lamí su cuello, probando la sal de su sudor, mientras él gemía bajito, "Qué chingón, Ana, qué rica estás". Me quitó el brasier con dientes, mordisqueando mis pezones hasta que dolían de placer. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Insurgentes. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi monte de Venus, y lamió despacio, saboreando mi humedad como si fuera el mejor mezcal. ¡Madre mía!, pensé,

esto es puro fuego, no aguanto más
. Entró en mí de un empujón suave, su verga gruesa llenándome hasta el fondo. Nos movimos al unísono, piel contra piel, el slap slap de nuestros cuerpos chocando como aplausos obscenos. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió en dos, olas de placer recorriendo mi espina. Él se vino después, caliente dentro de mí, jadeando en mi oído "Eres mi vicio, pinche reina".

Despertamos enredados, el sol mañanero colándose por las persianas. Desayunamos chilaquiles en la cocina, riéndonos de tonterías, pero la tensión sexual no se iba. Sus ojos me devoraban mientras untaba salsa en los totopos. —Vente al gym conmigo, me propuso. Fuimos a un lugar chido en Condesa, con espejos por todos lados y música electrónica retumbando.

Ahí, en el vestidor vacío después de entrenar, sudorosos y jadeantes, vino el segundo ejemplo de pasión. El olor a esfuerzo físico nos envolvía, mezclado con mi perfume floral. Me acorraló contra la pared fría de azulejos, besándome con furia, sus manos resbalosas por el sudor bajando mis leggings. —Te quiero ahorita, no mames —gruñó. Me volteó, mi pecho aplastado contra el espejo, viendo mi cara de puta en celo reflejada. Su polla dura entró por atrás, embistiéndome fuerte, el eco de mis gemidos rebotando en las baldosas. Sentí cada vena pulsando dentro, el roce de sus bolas contra mi clítoris hinchado. ¡Qué rico, pendejo!, le susurré, arañando el espejo. Él me jaló el pelo, controlando el ritmo, hasta que explotamos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando el piso. Nos reímos después, limpiándonos con toallas, prometiendo más.

Los días siguientes fueron un torbellino. Mensajes calientes a media noche, "Pienso en tu culo, ven". Quedamos en su azotea una tarde de lluvia ligera, el skyline de la CDMX nublado y romántico. Preparamos tacos al pastor en la parrilla, el humo picante subiendo, cervezas frías en mano. Hablamos de la vida, de sueños locos, de cómo la pasión nos había cambiado. —Contigo he vivido tres ejemplos de pasión que no olvidaré, me dijo, mirándome fijo. Sonreí, sabiendo que él era mi musa.

La lluvia arreció, empapándonos mientras bailábamos descalzos. Sus manos mojadas en mi blusa blanca, ahora transparente, marcando mis tetas. Nos quitamos todo bajo el chorro, el agua tibia corriendo por nuestros cuerpos. Ahí, en la colchoneta de la azotea, el tercer ejemplo de pasión nos consumió. Me tendió boca arriba, el agua salpicando nuestros rostros, y me penetró lento, profundo, mirándome a los ojos. —Siente esto, amor, murmuró. Cada embestida era una ola, su pecho rozando mis pezones duros, el sabor de la lluvia en su boca. Acaricié su espalda musculosa, oliendo tierra mojada y sexo. El trueno retumbó cuando me corrí, temblando entera, gritando "¡No pares, cabrón!". Él aceleró, su verga hinchándose, y se derramó en mi vientre, caliente como lava.

Nos quedamos ahí, abrazados bajo la lluvia que amainaba, el corazón latiéndonos desbocado. El aroma de nuestros jugos mezclado con el ozono del aire fresco.

Esto es lo que busco, pasión que quema y reconstruye
, pensé, mientras él me besaba la frente.

Semanas después, seguimos viéndonos. Aquellos 3 ejemplos de pasión fueron solo el principio. Javier se volvió mi compañero de locuras, de noches eternas y mañanas perezosas. En la bulliciosa México, donde todo pasa rápido, nosotros aprendimos a saborear cada roce, cada mirada cargada de promesas. La pasión no es solo sexo; es el fuego que enciende el alma, y con él, la mía arde sin fin.

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