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Abismo de Pasión Personajes

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Abismo de Pasión Personajes

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas y el dulzor de los cocteles de coco. Yo, Ana, había llegado sola buscando un poco de aventura después de una semana estresante en la oficina de Guadalajara. El vestido rojo ceñido a mi piel bronceada se pegaba un poco por el calor húmedo, y sentía el arena tibia entre los dedos de los pies mientras caminaba hacia la fiesta improvisada. La música ranchera retumbaba desde unos bocinas, con trompetas alegres que invitaban a bailar.

Allí lo vi. Luis, alto, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y unos ojos negros que brillaban como el abismo de pasión que prometían. Era el tipo de personaje que sale en las novelas eróticas mexicanas, el galán que te hace temblar con solo una mirada. Me acerqué a la barra improvisada, pedí un michelada bien fría, y él se paró a mi lado, rozando mi brazo con el suyo. ¿Casualidad o destino? pensé, mientras el hielo tintineaba en mi vaso.

¿Qué hace una chava como tú sola en una noche como esta? me dijo con voz grave, ese acento tapatío que suena tan cabrón sexy. Olía a colonia fresca con un toque de sudor varonil, y su aliento traía el picor del tequila.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Buscando problemas, güey respondí juguetona, y reímos juntos. Hablamos de todo y nada: de la playa de noche, de cómo el mar susurra secretos, de lo chido que es soltarse. Sus manos grandes gesticulaban, y cada vez rozaban las mías. El deseo inicial era como una chispa, pero ya sentía la tensión creciendo, ese calor entre las piernas que me hacía apretar los muslos.

Nos fuimos a bailar. Sus caderas contra las mías al ritmo de un corrido norteño remixado, el sudor perlando su cuello, el mío goteando entre mis senos. Quiero probarte, pensé, mientras su aliento caliente me rozaba la oreja. Eres fuego, Ana murmuró, y yo respondí con un beso robado, sus labios salados y firmes, lengua juguetona que sabía a tequila y limón.

En ese momento, nos convertimos en personajes del abismo de pasión, cayendo sin red.

La primera acto de nuestra noche acababa de empezar, pero el conflicto ya ardía: ¿solo una aventura o algo más profundo? Lo arrastré hacia las sombras de las palmeras, lejos de las risas y el fuego crepitante. Nuestras bocas se devoraban con hambre, sus manos subiendo por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. Sentí el aire fresco de la noche en mi piel desnuda, pezones endureciéndose al contacto con su pecho.

Acto dos: la escalada. Caminamos tambaleantes hacia su cabaña en la playa, un lugar chulo con hamaca y vista al mar. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Adentro, el olor a madera y velas de coco impregnaba el aire. Me empujó contra la pared suave, besando mi cuello mientras sus dedos exploraban mi humedad. Estás chorreando, nena, susurró, y yo gemí bajito, arqueando la espalda.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra mi piel ardiente. Le quité la camisa, lamiendo el sudor salado de su abdomen marcado, bajando hasta el borde de sus pantalones. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Despacio, cabrona, que me traes loco dijo, volteándome para devorarme con la boca. Su lengua experta trazaba círculos en mi centro, saboreando mis jugos dulces, mientras yo me retorcía, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con el suyo. El sonido de las olas rompiendo afuera sincronizaba con mis jadeos, pulsos acelerados latiendo en oídos y entrepierna.

Internamente luchaba: Esto es puro vicio, pero qué rico vicio. Lo quería dentro, ya. Lo subí encima, guiando su verga dura y gruesa hacia mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, pendejo, qué grande! exclamé riendo entre gemidos, y él embistió con ritmo, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor embriagador de sexo puro.

La intensidad subía: cambiábamos posiciones como en una coreografía salvaje. De misionero a vaquera, yo cabalgándolo con las tetas rebotando, sus manos amasando mi culo firme. Él desde atrás, jalándome el pelo suave, mordiendo mi hombro mientras el placer psicológico se volvía físico. Eres mi abismo, Ana jadeó, y yo respondí Y tú mi personaje favorito, sintiendo la conexión emocional en medio del fuego carnal. Pequeñas resoluciones: confesiones susurradas de deseos reprimidos, risas entre embestidas que aliviaban la tensión solo para avivarla más.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Sus bolas contra mí, mi clítoris frotándose en cada thrust profundo. Olía a nosotros, a pasión desatada, escuchaba sus gruñidos roncos, sentía el latido de su corazón contra mi espalda. No pares, no pares, rogaba en silencio, hasta que explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como terremoto, paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Él se derramó dentro, caliente y abundante, cuerpo temblando sobre el mío.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos enredados, respiraciones agitadas calmándose al unísono con el vaivén del mar. Su semen goteaba entre mis muslos, pegajoso y satisfactorio. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el resto de sal y sudor. Qué chingonería de noche murmuró, acariciando mi pelo revuelto.

Habíamos salido del abismo de pasión personajes que nos envolvió, pero con el alma marcada para siempre.

Nos duchamos juntos bajo agua tibia que lavaba los restos, pero no el recuerdo. Jabón de coco espumoso deslizándose por curvas y músculos, dedos juguetones prolongando el placer. Salimos envueltos en toallas, compartiendo un porro no, mejor un café de olla caliente que preparó, oliendo a canela y piloncillo. Hablamos del futuro incierto: Vuelve a Guadalajara conmigo propuse medio en serio, y él sonrió Si el destino quiere, mi reina.

Al amanecer, el sol tiñó el cielo de rosa y naranja, reflejándose en el Pacífico. Caminamos por la playa, manos entrelazadas, arena fresca ahora entre pies. El cierre emocional llegó natural: no promesas rotas, solo gratitud por esa caída al abismo. Me dejó en mi hotel con un beso profundo, prometiendo mensajes y quizás más noches así.

De regreso en Guadalajara, cada vez que siento el calor subir, recuerdo esa noche. Luis y yo, personajes perfectos en nuestro abismo de pasión, donde el deseo no tiene fondo pero el placer es infinito. Y sonrío, sabiendo que la vida guarda más capítulos calientes.

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