Maquillaje Para Una Noche De Pasión
Me paré frente al espejo del baño, con el corazón latiéndome a mil por hora. La luz suave del foco iluminaba mi rostro, y ahí estaba yo, lista para aplicarme el maquillaje para una noche de pasión que había comprado esa misma tarde en la tienda de belleza del centro. Era un kit especial, con sombras ahumadas que prometían hacer que mis ojos brillaran como estrellas en la oscuridad, labios rojos intensos que gritaban deseo, y un toque de highlighter que haría que mi piel pareciera brillar bajo las luces tenues de la habitación. Neta, me sentía como una diosa mexicana lista para conquistar a su rey.
¿Y si esta noche todo cambia? Marco siempre ha sido el vato perfecto, pero hoy quiero que me vea diferente, que no pueda quitarse mis curvas de la cabeza.Pensé mientras untaba la base cremosa en mi piel. Olía a vainilla y jazmín, un aroma dulce que ya me ponía la piel chinita. Mis dedos temblaban un poquito al delinear mis ojos con ese delineador negro, grueso y sensual, como el trazo de un tatuaje temporal de lujuria. Me acordé de cómo nos conocimos en esa fiesta en Polanco, bailando salsa bajo las luces neón, sus manos en mi cintura, su aliento caliente en mi cuello. Desde entonces, cada encuentro era fuego puro, pero esta noche iba a ser épica.
Me puse el vestido negro ajustado que me marcaba las caderas y el escote justo lo necesario para volverlo loco. Un chorrito de perfume en el cuello y las muñecas: sándalo y musk, perfecto para que él lo oliera y perdiera la cabeza. El sonido del timbre me sacó del trance. Era él, puntual como siempre. Abrí la puerta y ahí estaba Marco, con su camisa blanca desabotonada un poco, mostrando ese pecho moreno y fuerte que tanto me gustaba acariciar.
—Órale, morra, estás cañona —dijo con esa sonrisa pícara, sus ojos devorándome de arriba abajo.
Lo jalé adentro, cerrando la puerta con un pie. Nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a tequila y promesas. Sus manos subieron por mi espalda, zippeando el vestido lo justo para sentir mi piel desnuda. Lo llevé a la sala, donde tenía unas velas encendidas y una botella de mezcal esperando. Nos sentamos en el sofá, charlando de la semana, pero la tensión era palpable. Cada roce de sus dedos en mi muslo mandaba chispas por mi cuerpo. Olía a su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero de anticipación.
Bebimos un trago, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome por dentro. Hablamos de tonterías, pero mis ojos no se despegaban de los suyos.
Quiero que me tome ya, que sienta lo mojada que estoy solo de pensarlo, me dije mientras cruzaba las piernas, sintiendo el calor entre ellas crecer. Él lo notó, porque su mano se posó en mi rodilla y subió despacio, explorando.
—No mames, Ana, ese maquillaje te hace ver como una pinche tentación andante —murmuró, su voz ronca rozando mi oreja.
Me reí bajito, jalándolo hacia mí. Nuestras lenguas bailaron, saboreando el mezcal en la boca del otro. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el punto donde latía mi pulso. Gemí suave, el sonido llenando la habitación como música prohibida. Lo empujé contra el sofá y me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través de la tela. Mis caderas se movieron solas, frotándome contra él en un ritmo lento y torturador.
Marco gruñó, sus manos amasando mis nalgas con fuerza. —Te quiero ya, güey —jadeé, mordiéndome el labio pintado de rojo pasión. Lo desvestí rápido, arrancando botones, revelando su torso esculpido por horas en el gym. Besé su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras él me quitaba el vestido, dejando mis tetas al aire. Sus pezones se endurecieron al sentir su boca caliente succionándolos, tirando suave con los dientes. El placer era eléctrico, bajando directo a mi clítoris hinchado.
Nos levantamos tambaleando, besándonos mientras caminábamos al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me tiró sobre ella con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó el pantalón, y ahí estaba su verga tiesa, gruesa y lista para mí. Me abrí de piernas, invitándolo con la mirada. Él se arrodilló entre mis muslos, besando mi interior, lamiendo despacio. Su lengua en mi coño era fuego líquido, chupando mi clítoris con maestría. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el perfume que aún quedaba en mi piel.
Neta, este vato me come como si fuera su última cena, pensé mientras arqueaba la espalda, mis uñas clavándose en las sábanas. Gemí más fuerte, el sonido rebotando en las paredes. —¡Sí, así, pendejo, no pares! —grité, y él obedeció, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca. El orgasmo me pegó como ola, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus dedos.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, levantándome las caderas. Sentí la cabeza de su verga rozando mi entrada, húmeda y ansiosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, su grosor pulsando dentro de mí. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi espina. El slap slap de su pelvis contra mis nalgas llenaba el aire, mezclado con nuestros jadeos. Sudor perlando su frente, goteando en mi espalda.
—Eres tan chingona, Ana, tan apretada para mí —gruñó, acelerando. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. Sus manos en mis caderas, guiándome, controlando el ritmo. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada salto, él las amasaba, pellizcando los pezones. El maquillaje se corría un poco, pero qué importaba; me veía salvaje, deseada. Su verga golpeaba mi G directo, y sentí el segundo orgasmo construyéndose, tenso como cuerda de guitarra.
—Vente conmigo, carnal —le pedí, y él obedeció. Sus embestidas se volvieron frenéticas, su polla hinchándose dentro de mí. Grité su nombre cuando exploté, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando contra el mío.
Nos derrumbamos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba rápido, yo con la cabeza en su hombro, oliendo su sudor mezclado con el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. —Ese maquillaje fue la neta, me volviste loco —dijo riendo bajito.
Me acurruqué contra él, sintiendo el latido de su corazón calmarse.
Esta noche de pasión fue todo lo que soñé, y más. Mañana me pongo otro, para repetirlo. La luna entraba por la ventana, bañándonos en plata, mientras el sueño nos envolvía, satisfechos y unidos.