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Esmeralda Pimentel El Color de la Pasión

6893 palabras

Esmeralda Pimentel El Color de la Pasión

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón de los restaurantes elegantes. Tú, un fotógrafo freelance que cubre eventos de la farándula, te cuelas en la fiesta privada de la premiere de una nueva serie. El aire huele a perfumes caros mezclados con el humo de cigarros electrónicos y el dulce aroma de tequilas reposados. De repente, la ves: Esmeralda Pimentel, radiante en un vestido rojo que abraza sus curvas como una segunda piel, evocando justo el color de la pasión que tanto la hizo famosa en esa telenovela inolvidable.

Te quedas clavado, el corazón latiéndote como tamborazo en una fiesta de pueblo. Sus ojos cafés profundos barren la sala, y por un segundo, se clavan en los tuyos. Neta, piensas, esto no puede ser real. Te armas de valor, tomas tu copa de mezcal y te acercas.

¿Y si me dice que me largue, pendejo?
le susurras a tu mente mientras das los pasos.

—Qué chido verte en persona, Esmeralda. Siempre me flipó tu papel en El Color de la Pasión, esa intensidad que ponías... pura pasión mexicana —le dices, con la voz un poco ronca por los nervios.

Ella sonríe, esa sonrisa que derrite pantallas y ahora te derrite a ti. Su piel morena huele a vainilla y jazmín, un perfume que te envuelve como niebla caliente. —Gracias, güey. ¿Tú quién eres? No pareces de los chismosos de siempre —responde, con ese acento norteño juguetón que la hace tan accesible.

Charlan un rato, el ruido de la fiesta se apaga mientras sus risas se entremezclan. Hablan de la tele, de la presión de ser Esmeralda Pimentel, de cómo el color de la pasión le enseñó a soltar el fuego interior. Sientes su mano rozar tu brazo, un toque eléctrico que sube por tu espina. El deseo crece, lento pero imparable, como el volcán que late bajo la ciudad.

La fiesta avanza, pero ustedes dos se aíslan en un rincón. Sus labios carnosos se humeden cuando ríe, y tú no puedes dejar de imaginar su sabor.

Esto es ahora o nunca, carnal
, te dices. Le propones ir a un lugar más tranquilo, y ella asiente, con ojos que prometen tormenta.

Acto segundo: la escalada

Suben al penthouse de su hotel en Reforma, el elevador sube lento, el zumbido del motor vibrando en tus venas. Adentro, la suite es puro lujo: sábanas de 500 hilos, vista al Ángel de la Independencia iluminado, y una botella de Don Julio abierta en la mesa. El aire acondicionado susurra fresco, pero el calor entre ustedes es sofocante.

Esmeralda se quita los zapatos, sus pies perfectos pisando la alfombra mullida. —Ven, siéntate conmigo —te dice, palmeando el sofá de cuero. Te sientas cerca, demasiado cerca. Su muslo roza el tuyo, la tela de su vestido cruje suave. Hablan más profundo ahora: de soledades en sets de filmación, de pasiones contenidas por cámaras.

Siento su aliento en mi cuello, huele a menta y deseo
, piensas mientras su mano sube por tu pierna.

—En El Color de la Pasión, mi personaje ardía por dentro. ¿Sabes? A veces quiero arder de verdad —murmura, sus labios a centímetros. No esperas más: la besas. Sus labios son terciopelo caliente, saben a tequila ahumado y a promesas. Gime bajito, un sonido que te eriza la piel, y te devuelve el beso con hambre, lengua danzando salvaje.

Las manos exploran. Deslizas las tuyas por su espalda, sientes la curva de su cintura, el calor de su piel a través del vestido. Ella te quita la camisa, uñas rozando tu pecho, dejando rastros rojos que arden delicioso. Qué rico tu piel, susurra, mordiendo tu lóbulo. El olor de su arousal sube, almizclado y dulce, mezclándose con el jazmín de su perfume.

La recuestas en el sofá, el cuero frío contra su espalda ardiente. Bajas el vestido, exponiendo sus pechos firmes, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los besas, chupas suave, y ella arquea la espalda, órale, qué chido, jadea. Tus manos bajan, encuentran su tanga húmeda. La quitas lento, admirando su panocha depilada, reluciente de jugos.

No puedo creer que esté tocando a Esmeralda Pimentel, neta es un sueño húmedo
.

Le das placer oral, lengua lamiendo sus labios hinchados, saboreando su miel salada y dulce. Gime fuerte, manos en tu pelo, caderas moviéndose al ritmo. —¡Ay, cabrón, no pares! —grita, temblando. La llevas al borde, pero te detienes, queriendo más.

Se pone de rodillas, te baja el pantalón. Tu verga salta libre, dura como piedra. Mmm, qué rica, dice, mirándote con ojos lujuriosos. La mete en su boca, chupando profundo, saliva resbalando, el sonido obsceno de succión llenando la habitación. Sientes su garganta apretarte, lengua girando, y luchas por no explotar.

La levantas, la llevas a la cama. Se monta encima, guiando tu verga a su entrada caliente. Entra despacio, centímetro a centímetro, su concha apretada envolviéndote como guante de terciopelo mojado. ¡Chíngame fuerte! pide, y obedeces. Cabalga salvaje, pechos rebotando, sudor perlando su piel morena. El slap-slap de carne contra carne, sus gemidos roncos, el olor a sexo crudo: todo te envuelve.

Cambian posiciones: de lado, ella de perrito, tú embistiéndola profundo, nalgadas suaves que enrojece su culo perfecto. Sientes sus paredes contraerse, ordeñándote.

Esto es el color de la pasión pura, como en su novela, pero mil veces mejor
.

La intensidad sube, pulsos acelerados, respiraciones entrecortadas. Ella grita tu nombre —inventado en el calor—, cuerpo temblando en orgasmo, jugos chorreando. Tú la sigues, explotando dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador como fuegos artificiales en el Zócalo.

Acto tercero: el resplandor

Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en tu pecho, escuchas su corazón galopante calmarse. El aire huele a sudor salado, semen y ella. Besas su frente, piel pegajosa y tibia.

—Qué padre estuvo eso, ¿verdad? Como si el color de la pasión cobrara vida —dice riendo bajito, trazando círculos en tu abdomen.

Tú asientes, aún flotando.

Nunca olvidaré esta noche con Esmeralda Pimentel, el fuego que desató en mí
. Hablan susurros, de volver a verse, de pasiones futuras. El amanecer pinta la ventana de rosas y naranjas, reflejando en su piel el verdadero color de la pasión.

Se despiden con un beso lento, prometedor. Sales al pasillo, piernas flojas, sonrisa boba. La vida, carnal, a veces es más chingona que cualquier telenovela.

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